Amigos aficionados…
Cerraremos con esta entrega los temas relacionados con el aniversario número 96 de la Plaza de Toros Mérida, el emblema de la tauromaquia del sureste mexicano.
Y lo que merece la pena decir, sacando conclusiones y en consenso con varios aficionados (de todas las generaciones posibles), es que la tarde cumplió con la expectativa. Si no se cerró con una frase que gustaba leer de nuestro apreciado Ele Carfelo (“salir toreando de la plaza”) sí con la apreciación de muchos con un “qué buena tarde de toros”.
Escribe el contador Carlos Pasos Novelo en un grupo del Whatsapp al que bautizamos “Universidad Taurina” que, por si fuera poco, “da gusto ver una plaza llena”.
Eso, sin duda: que los tendidos de esta Plaza Mérida, altiva, elegante, se mantengan así. Y que cada tarde, y el siguiente año vayamos, si el Señor lo permite.
A lo mejor somos muy sentimentalistas, pero, de verdad, qué grato es encontrarse a tanta gente apreciada, desde las gradas, los que trabajan en la plaza, los toreros, sus asistentes. De blanco la gran mayoría, como los monosabios, los torileros (Jorge Peniche, que abre la puerta de los sustos, de mestizo).
¿La materia prima? Interesante el encierro enviado por el ganadero de Bernaldo de Quirós, que, en su despedida en el callejón, expresó su beneplácito porque, afirmó, “hubo una buena corrida de toros”. En otras plazas mexicanas la bravura brilla por su ausencia.
La otra parte: los toreros.
¡Qué clase de Sebastián Castella! En la coincidencia con varios espectadores, es la figura más importante entre los que están en la lid, por su forma de torear, pésele a quien le pese. No le habíamos visto aquí, a como se vio el domingo. Fino con las manos con capote y muleta, templando, actuando en un palmo de terreno. Ni se diga ese electrizante cambio por la espalda al iniciar la faena al cuarto de la tarde.
Joselito Adame es igual un torerazo, el más importante de México, peleando en todas las plazas. Y Héctor Gutiérrez, con el lote menos propicio, estuvo en plan importante, entregado.
También los de plata. Parezazo de Héctor García y gran vara de un joven mexicano, César Morales hijo, parte de una dinastía grande de picadores mexicanos.
Lo dicho: tarde interesante. Sin salidas en hombros (que a veces no faltan), pero de mucho contenido. Mereció la pena: toros, toreros y aficionados. Gaspar Silveira.
Publicado en El Diario de Yucatán






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