Ayer domingo se despidió Pablo Hermoso de Mendoza en la ciudad de Huamantla, en Tlaxcala. La plaza se llenó, a pesar del cuarto de siglo de venir a México, el rejoneador sigue teniendo tirón en la taquilla.
Desde aquel noviembre de 1999, Pablo fue recibido con gusto, con admiración, cuando debutó en la plaza México. Entre sus cabalgaduras trajo al famoso “Cagancho” y a “Chicuelo”. El jinete gustó inmediatamente, montando a “Cagancho” toreando de costado, se ponía cerca, exponía, se la jugaba con todas las de la ley, tanto que el caballo negro fue herido el día del debut.
Hermoso de Mendoza se convirtió en una figura en México. Le dio una categoría al rejoneo que en México no existía. Dejó de ser el aperitivo “del caballito” para convertirse en el plato fuerte de la toreada.
Durante algunos años, su toreo fue auténtico, emocionante, había ilusión por verlo actuar, llenaba todas las plazas. Los empresarios se lo peleaban. Alternaba con toreros relegados, porque era una forma de disminuir la papeleta y dar una oportunidad para que torearan. Eso sí, Hermoso decidía el orden en que actuaban. Él casi nunca fue primer espada.
El poderoso jinete se hizo imprescindible en todas plazas, se dio cuenta que al torear no tenía que meter todo el acelerador, que el público se conformaría con poco que le diera.
Empezaron los abusos, el rejoneador compraba camadas de toros, dependiendo lugar él decidía qué ganadería a qué plaza. Le bajó al trapío, se la pasaba la mano al despuntar la cornamenta. No despunta, mutila.
En México, así ha sido una considerable etapa de la carrera profesional del hispano Pablo Hermoso de Mendoza Cantón, oriundo de Estella, población de la provincia de Navarra, donde nació el 11 de abril de 1966; la alternativa se la concedió Manuel Vidrié en Tafalla, España, el 18 de agosto de 1989.
Pablo inició su campaña de despedida en 2023 en España, luego vino a México a la gira del adiós, parecía que el 5 de febrero del año pasado sería la última, pero de buenas a primeras anunció una segunda parte de despedidas.
Suele sonar chungo eso de segunda sesión de despedidas, pero a los empresarios mexicanos les vino de maravilla. No hay toreros mexicanos que tengan jalón para la taquilla en todo el país, algunos en ciertas regiones. Es cierto que en feria la gente asiste a las corridas, pero nada más, se tienen que ayudar con coletas fuereños.
Hermoso de Mendoza continúa llenando los tendidos, en cualquier lugar; inclusive, despidiéndose en plazas en las que nunca toreó. El español genera una generosa derrama económica que beneficia a la localidad donde actúa. Aunque se anuncian corridas de toros, los toros son secundarios.
Todo es cuestión de dinero.
El domingo en Huamantla, en los linderos de la plaza, parecía un día de la feria de agosto, cerraron la calle de la plaza. Hubo lana para los que venden recuerdos, artesanías, las fotos de Pablo se vendían como pan caliente, restaurantes, negocios que no tienen mercancía taurina. Pablo se lleva su buena lana y le da a ganar a mucha gente; inclusive, ajena al toro.





A su modo, él se encarga de cuidar lo que sucede en el ruedo, sabe que no tiene que salir a dar todo. La gente está feliz con probaditas de toreo, sonrisas, carreritas a caballo. Que si castiga en exceso a los toros y se paran pronto, que si carecen de trapío, a la gente no le importa. Su carisma, su buena monta, sus detalles taurinos, son suficientes para olvidar las incomodidades que provoca una plaza repleta. En Huamantla, sin realizar algo extraordinario, salió a hombros.
Pablo Hermoso de Mendoza en México sigue siendo la gran figura del toreo. En realidad, se le da un trato que taurinamente no merece, porque da al público probaditas de su tauromaquia, pero genera parné para mucha gente y, dicen, dinero mata todo.
Parafraseando a Francisco de Quevedo, “poderoso caballero es don Hermoso”.
Fotos y Texto: Jaime Oaxaca.






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