La fiesta brava: un desafío de verdad y valor.

Por Jaime Alberto Tovar.

«Hay quien habla sin saber, y no es ignorancia, sino pereza del alma, porque conocer exige un esfuerzo que no todos están dispuestos a pagar.» Con esta sentencia afilada, Sándor Márai desenmascara la flaqueza de nuestro tiempo: una era donde la mentira se pavonea vestida de virtud y la verdad, vapuleada y esquiva, reclama corazones valientes que la defiendan.

Hoy, 18 de marzo de 2025, la mentira y la sinrazón se celebran con estridencia: se aplauden las farsas que aliena en lugar de liberar, se festeja la quimera de géneros intercambiables como si la vida fuera un juego de disfraces. Pero la afrenta más ruin, la más cobarde, ha caído sobre la tauromaquia: 61 votos medrosos han intentado desvirtuarla, edulcorarla, prostituirla en una versión light que traiciona su esencia. No tuvieron siquiera el arrojo de prohibirla de un tajo; les faltó gallardía hasta para ser verdugos.

Vivimos tiempos de engaño ensalzado, donde la falsedad se proclama libertad y la verdad exige un coraje que escasea. Séneca, en De la ira, lo vio claro: «El necio se irrita por lo que no entiende, y en su torpeza culpa al mundo en lugar de a sí mismo.» Esa irritación ciega, nacida de la pereza y la cobardía, ha parido esta reforma legislativa vergonzosa que mutila la fiesta brava.

Sófocles, siglos antes, lo advirtió: «No hay mayor mal que la obstinación de un necio que no escucha razones.» Y hoy, 61 necios obstinados, apocados y temblorosos, han preferido la comodidad de una moral impostada y light al vértigo de lo auténtico. ¿Acaso les escandaliza el toro en la plaza, pero no las fosas clandestinas que siembran de sangre nuestra tierra? Su hipocresía es tan vil como su reforma, y tan vacía como su valor.

Pero la tauromaquia no se doblega. Es vida en estado puro, un desafío gallardo donde el hombre se juega el alma frente al toro. Luis Miguel Dominguín, con su voz vibrante en Málaga el 27 de agosto de 1959, brindó a Hemingway: «A usted, don Ernesto, que escribe lo que yo toreo. ¡Por usted!» Silverio Pérez, en Texcoco el 14 de noviembre de 1948, alzó su montera con orgullo: «A mi madre, que me dio la vida para torear, va este toro con mi cariño.» Y Pablo Picasso, con la certeza de un genio, sentenció: «Si no existiera el toro, habría que inventarlo, porque sin él no habría tauromaquia, y sin tauromaquia no habría arte completo.» Cada pase, cada lance, es un grito de verdad que seduce y estremece, un arte que no admite fingimientos.

Porque los toros son la metáfora más viva de nuestra existencia. Cada despertar trae sus riesgos, como cada muletazo enfrenta al torero con la muerte. Joaquín Sabina, el maestro, sentenció: «Un torero nunca se rinde; siempre vuelve a la carga.» y justo así, es como se vive la vida: tomandola por los cuernos, entrando al quite con arrojo, plantando cara a los miedos más oscuros.
La muerte nos encontrará a todos, pero solo los valientes la mirarán a los ojos, erguidos y orgullosos, con el arte de cada instante trazado en la arena. Los cobardes, en cambio, se agazapan tras leyes tibias, temblando ante lo que no comprenden.

La plaza es un espejo de esa lucha. Desde la barrera se paladea el valor: se fuma la tensión, se bebe el coraje con cerveza, vino, oporto o cognac. Se ovaciona la gallardía, se abuchea la flaqueza, se reza y se sufre. Es un ritual de verdad radical, donde el silencio grita más que mil palabras. José Tomás, decía que «En la plaza cada uno se comporta tal como es, en la plaza no se puede fingir, en la plaza todo es de verdad.» y Francis Wolff sostiene: la ética del toreo exige arriesgar la vida para alcanzar su arte. Esa verdad, dura y fría, ha sido pagada con sangre por matadores, monosabios, empresarios, musas, pintores y poetas que han hecho de la fiesta un canto inmortal.

Señores diputados, ¿de verdad creen que con 61 votos apagarán esta llama? Subestiman la pasión de un gremio que se juega la existencia por su verdad. La afición, con su devoción, su estudio y su resistencia, ha mantenido viva la leyenda. Cada brindis —a un escritor, a una madre, al toro mismo— es un desafío seductor a la muerte y a la mentira.

Nosotros, los que amamos la fiesta, no fingimos: nos plantamos con gallardía frente a sus reformas insulsas, con el coraje de quien sabe que la verdad no se edulcora. Pregúntense, frente al espejo del valor auténtico: El gremio, la fiesta y la afición han demostrado que se juega la vida por la tauromaquia.

¿Y ustedes Diputados? ¿Qué han arriesgado alguna vez por la verdad?


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2 responses to “La fiesta brava: un desafío de verdad y valor.”

  1. Avatar de Ana Maria Gonzalez Rivas
    Ana Maria Gonzalez Rivas

    Me encantó: con precisión, verdad absoluta y pasión ? Así se defiende a la Fiesta Brava!
    OLE

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