El torero nacido en Triana cuaja una gran faena en la Magdalena de Castellón y corta las dos orejas a un toro del Puerto de San Lorenzo.
Por Jaime Roch.
Una gran faena. De esa manera puede resumirse el bello final de la tarde de ayer en la plaza de toros de Castellón. Cuando la tarde estaba a punto de ser arrastrada por las mulillas con el recuerdo de una actuación de mucho fondo de Miguel Ángel Perera frente a ‘Caraserio‘ -un extraordinario toro del Puerto de San Lorenzo, con una embestida especial- y de buenos, pero dispersos detalles de Pablo Aguado, saltó al ruedo ‘Cantador‘, un toro fino, bien hecho. Y Juan Ortega se recreó de manera soberbia ante tan boyante embestida, se recreó en los minutos que duró la lidia como si tuviera toda la vida por delante.
Así fue desde el primer hasta el último muletazo de un conjunto de gran ritmo y belleza, de toreo bueno en lo fundamental y de inspiración y originalidad en los remates. Hubo mucho empaque en la apertura y en las tres tandas en redondo por la mano derecha que siguieron después, en las que enganchó al del Puerto de San Lorenzo adelante, cimbreó la cintura y se dejó ir tras la embestida con enorme gusto, con gran expresión. La misma que tuvieron los pases de pecho, bien a compás abierto a pies juntos, o algunos cambios de mano soberbios a final de la faena, con remates torerísimos, plagados de torería.
Los muletazos iban engranados bajo el canon de su más perfecta expresión: hondo, largo y despacio. Tan barroco, tan embraguetado y aferrado a la arena, nos hizo olvidarnos del tiempo. Los riñones se encajaban, la cintura se cimbreaba, los brazos se descolgaban, las muñecas se partían y el derechazo se dormía al compás de su sentimiento tan hondo. Y como acertó con la espada, las dos orejas fueron indiscutibles. Ahí quedó el recuerdo de la faena. Así que Ortega ayer se superó con la muleta más que con ese capote que cuando se despliega, torea mejor que de salón.
El sueño de todo torero
Torear tan despacio, reducir la velocidad de las embestidas hasta casi detenerlas, es el sueño de todo torero. Pero para llevarlo a cabo, para llevar al toro en la muleta al ritmo lento que imprimen las muñecas y los brazos, exige, sobre todo, un corazón que no se agite, que no se acelere delante del toro. Y el torero nacido en el sevillano barrio de Triana lo tiene.


Se engañan a sí mismos quienes desprecian el comportamiento de un toro con una embestida tan apaciguada, tan lenta y demorada en su emoción. Tan mexicana en definitiva como la tuvo ayer el espada sevillano en la plaza de toros de Castellón. Y su grandeza estuvo en aguantarla, saber esperarla y torearla…
Y un triunfo como el de Juan Ortega en la Magdalena, además de marcar las diferencias, sacude la pereza de los aficionados, que se informan telefónicamente y por los vídeos de las redes sociales de las faenas de su torero. Pero el vértigo casi irreal de parar el tiempo no se aprecia ahí. Ni el Espíritu Santo tampoco, que diría Rafael de Paula.
Publicado en Levante-EMV





Deja un comentario