Por Ernesto Hernández Doblas.
Dicen amar a los animales. Con furor, buscan defenderlos de todo mal, que desde su punto de vista, provenga de un ser humano. Aseguran con firmeza ser la voz de quienes no tienen voz. Se perciben superiores moralmente a quienes piensan distinto. Forman parte del animalismo, un movimiento que comenzó a cobrar fuerza en los inicios de los años setenta.
Derivado de esta misma agrupación, por lo menos desde hace cuatro décadas, han ido creciendo los antitaurinos, quienes de manera especial enfocan sus esfuerzos en denostar, atacar e impulsar leyes que prohíban la práctica de la tauromaquia. Para ello han hecho uso de una batalla legal y cultural cuyo objetivo es influir para mostrar a la fiesta brava como un espectáculo lleno de un sinfín de patologías y malignidades. Su radicalismo también ha ido en aumento como puede verse en actos que realizan para amedrentar a los taurinos física, verbal y virtualmente.
Este pasado dos de abril, animalistas y antitaurinos celebraron que 19 diputados de la LXXVI Legislatura del Estado de Michoacán aprobaran una iniciativa de ley que prohíbe la realización de corridas de toros. En concreto, dicha medida es para que quede estrictamente prohibida la realización, promoción, organización o participación en espectáculos públicos o privados en los que se cause derramamiento de sangre, sufrimiento físico o muerte de animales como parte del entretenimiento o atracción principal.
Sin embargo, dejaron fuera de la discusión a prácticas como la charrería, el jaripeo y las peleas de gallos, mismas que desde su punto de vista, son igualmente violentas y crueles con los animales pero con las que decidieron no meterse tal vez como una estrategia para dividir a estos sectores y no provocar con una prohibición general una protesta mucho más numerosa y confrontativa. También hay que decir que en cuanto a espectáculos, el enfoque de las baterías animalistas en México ha sido en contra de los circos y con especial vigor en contra de la tauromaquia.
Mientras una decena de personas en el Congreso y luego en una caminata nocturna, aseguraban con júbilo que lo acontecido era un gran logro, por otro lado toreros, ganaderos, apoderados, empresarios y aficionados taurinos lamentaban la medida por ser, entre otras cosas, un atentado a la libre expresión de la cultura y un ejemplo de autoritarismo amén de desaseos legislativos.
Las sociedades nunca han sido homogéneas por más que se pretenda. Los signos de la diversidad recorren la historia de la humanidad y todo lo que existe. La tauromaquia ha tenido detractores desde su nacimiento, sectores de la sociedad que la consideran un espectáculo indigno. Artistas, intelectuales y políticos han defendido y atacado el llamado arte de Cúchares. Algo importante tiene la tauromaquia que sobrevive cinco siglos después de su nacimiento en un mundo que se ufana en sus avances tecnológicos.
Parecería no haber nada nuevo bajo el sol en ese sentido. Sin embargo, desde hace algunas décadas los detractores de la fiesta brava han cobrado mayor presencia en la sociedad a causa de varios factores entre los que se encuentran la multiplicación de organizaciones impulsadas y financiadas principalmente desde países europeos así como el vecino del norte.
Para lograr un mayor impacto, el adoctrinamiento, mezcla de verdades a medias y mentiras sin rubor, se ha esparcido en diversos ámbitos que van desde el académico, el político, el ideológico, el cultural y las infaltables redes sociales. Los antitaurinos no serían ni tan numerosos ni tan influyentes sin las redes que su movimiento ha creado con otros colectivos.
Hablando de antis, están los antiespecistas, que luchan en contra de lo que consideran y califican como especismo, es decir, una postura que según ellos existe en la humanidad, consistente en colocarse por encima de los animales, desde el entendido de que éstos deben servir para todo tipo de fines del homo sapiens. Para los antiespecistas, toda especie debe vivir en una especie de armonía idílica más propia de un paraíso que del terreno de lo real. Ningún tipo de violencia o uso debería hacerse –aseguran- de los animales. A menos que sea para salvarlos claro. Para convertirlos en lo que la imaginación e ideología de ciertos humanos designe como buena.
A su vez, como una respuesta a ello, el veganismo es otro de los hilos en donde se teje la postura antitaurina. Más allá o además de adoptar dicha práctica como una forma de vida presuntamente más saludable, quienes dicen abogar por los animales y en contra de cualquier forma de violencia que reciban, toman el veganismo desde una ética y búsqueda de congruencia.
Congruencia y ética respetables mientras no se trate de imposición a quienes piensas distinto. Hasta el momento esto no ha ocurrido pero no está lejos de las intenciones de quienes abrazan ideologías como si de una nueva religión se tratase. Inquisitoria y persecutoria de todo lo que previamente han satanizado.
Finalmente, el feminismo y algunos sectores de la izquierda hacen intersección con el animalismo, el antiespecismo, el veganismo y los grupos antitaurinos, al considerar que así como las mujeres y los obreros son sujetos de explotación, también los demás seres vivos. En algunos casos, las interpretaciones desde estos lentes rayan en el delirio, como la afirmación de que no solo los seres humanos abusan de los animales sino que también existe algo así como violencia patriarcal de los machos hacia las hembras.
Existe algo más que engloba todos los aspectos anteriormente expuestos y es una visión general de Occidente como el origen de los peores males desde sus mismos cimientos. En última instancia, se busca demoler los valores y racionalidad surgidos del cristianismo, el capitalismo y eso que llaman el patriarcado. Colindando con el cristianismo, estas ideologías están empeñadas en implantar su visión del bien no sin antes destruir todo rastro de mal.
Prohibido prohibir, es una breve e ingeniosa frase acuñada en los años sesenta. Signo de rebeldía y ánimo de vivir en un mundo cada vez con mayores libertades para desarrollarse individual y colectivamente. Con esa bandera se lograron algunas de las conquistas que hoy disfrutamos a pesar del padecimiento de otros que consideran negativo ciertas aperturas
Sin embargo, paradójicamente, muchos de los activismos que hoy enarbolan causas de diversa índole, creen que para lograr un mundo mejor (de acuerdo a su particular visión) es necesario prohibir todo aquello que es contrario a él. Eliminar de la cultura todo aquello que consideran fuera de su manera de entender lo razonable, lo justo, lo digno, lo bueno, lo bello etc. En una palabra: autoritarismo. Rechazo de la diversidad. Dogmatismo.
Censurar, cancelar, prohibir, abolir, atacar son las palabras y pasiones favoritas de quienes poco a poco van tomando las banderas y puestos de los antiguos censores de todo tipo. No es lo mismo pero es igual. Se trata de la misma idea, ingenua y narcisista, de que hay una sola verdad que no solo debe ser comunicada sino que debe triunfar eliminando las verdades que se le opongan.
Lo que celebraron este dos de abril legisladores y activistas, fue la facultad de poder prohibir una expresión cultural, artística y tradicional que no va de acuerdo a su ideología. Lo que celebraron este dos de abril fue el uso de una mayoría política para imponer una determinada agenda. Lo que celebraron este dos de abril fue la abolición en Michoacán de una práctica que ante sus ojos es repulsiva, sin importar que sea una tradición de por lo menos cinco siglos, sin importar que de ella vivan muchas personas, sin importarles en lo absoluto el destino que tendrá el toro bravo al que dicen amar y defender.
Publicado en Cambió de Michoacán




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