Jandilla exige y Roca Rey manda en una corrida de gloriosa emoción en Arlés

El peruano sale a hombros con Emilio de Justo y Tomás Rufo en un bravo conjunto.

Por Rosario Perez.

Casi mil cuatrocientos kilómetros separaban Málaga de Arlés. Andrés Roca Rey los recorrió sin mirar atrás, empalmando triunfos. Dejó la Andalucía de la Semana Santa taurina, con su fervor y sus ecos, para alzar su nombre como protagonista de la Feria de Pascua francesa. No fue una renuncia a Sevilla, sino un rugido: una estrategia maestra de quien no necesita permiso, del Cóndor que huye de polémicas que dan alas a terceros. El mandamás eligió el escenario con precisión quirúrgica. No era cualquier plaza, sino arenas envueltas en piedras romanas, porque su toreo, como el anfiteatro que lo aclamó, está hecho para perdurar en el tiempo. Hasta que el torero diga, hasta que el toro disponga.

Interesantísima resultó la corrida, con el hierro de la estrella de Jandilla. Qué fondo de casta y bravura desarrolló; con sus exigencias y sus teclas, claro, pero también con una humillación profunda, con emotiva clase. No fue precisamente el lote de Roca Rey el de las campanillas, pero dictó tal lección de autoridad que opacaba lo demás.

Cómo llegó la máxima figura a las Galias: ni el aire cabía en la ventosa tarde en ese ceñidísimo prólogo. De jugarse la vida y asustar incluso a través de la pantalla. Pero Eolo era infernal, las telas ondeaban y se anudaban las banderas. Igual le dio al peruano, que tomó la zurda con despaciosidad y asiento. Tenía calidad Heroíno, pero le faltaba pujanza y no transmitió lo suficiente. Sobrado anduvo Andrés, que mató de una estocada al de Vegahermosa, pitado en el arrastre. El magnetismo creció en el escarbador quinto, al que apenas picaron. Sin importarle el viento, se echó el capote a la espalda por meritorias gaoneras y se marchó a los medios para comenzar con el pendular. Hasta cuatro pases cambiados por la espalda. Mientras Roca imponía su ley, una voz se arrancó con sones sanfermineros. Más áspero por el zurdo, el pitón agradecido era el derecho. Por ahí respondió con casta Conde a la brava entrega de Rey, con la muleta puesta y dispuesta, con aplomo y mando, con una capacidad sin techo. Hasta meterse en terreno ojedista en ese aplastante arrimón. Alargó demasiado y cayeron dos avisos antes de las dos orejas.

Hubo empate de trofeos. Emilio de Justo, con un lote de categoría, desorejó al notable primero –de premio su soberbio volapié tras dos volteretones y cierta velocidad–, aunque fue el cuarto el que acunó la esencia de la bravura y con el que ahondó con más reposo y sentimiento; sin embargo, un pinchazo frenó la petición. A hombros se llevaron al cacereño y al limeño junto con Tomás Rufo, en su debut como matador. Fantástica su dimensión con el excelente tercero y a toma y daca, sin pleno entendimiento, frente al pegajoso sexto, el de mayores complicaciones del cuatreño conjunto. Fue una tarde de gloriosa emoción: por toros y toreros.

Publicado en ABC


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