El torero de Gerena corta una oreja de peso en una exhibición de registros por encima de la pobre y vacía corrida de Cuvillo; sorda faena del maestro reaparecido; Talavante, ligero y sin asiento, con el toro más notable.
Por Zabala de la Serna.
Cuando el reloj marcó las nueve en punto de la noche, Daniel Luque se había erigido en el amo y señor del frío y desafortunado regreso de Morante de la Puebla a Sevilla. Un golpe de autoridad para inventarse el triunfo y granjearse el reconocimiento de la Maestranza. Mucho Luque y poco toro. La corrida de Núñez del Cuvillo decepcionó desde todos los ángulos. Por fuera y por dentro. Esas caras, ese desfondamiento. Solo un quinto de nota salvó, un decir, el orgullo de la divisa. Alejandro Talavante estuvo con él como se esperaba. Que fue lo más grave.
Dos horas y media antes, los ojos se habían vuelto hacia Morante cuando se apareció sobre el ruedo, entre los vivos. Como si el cerrojazo del portón anunciase su regreso a la luz del oscuro invierno de la cabeza. Sonaba el pasodoble de Paco Camino como homenaje al desaparecido maestro de Camas que tan fría relación sostuvo con Sevilla, o viceversa, precisamente hoy, en esta fecha de Resurrección que se recordará eternamente por el nombre del otro camero universal: Curro Romero. De la figura transoceánica del toreo al mito de la Maestranza, leyenda del tiempo. El viento soplaba sesgado, interpretó la banda del Tejera el Himno de España y la plaza entera puso en pie una ovación cerrada para el genio de La Puebla. Que se destocó, con la montera en una mano y su capote de vueltas verdes en otra, en una reverencia emocionada.
Campanito, el toro inaugural de la temporada en la Maestranza, fue devuelto tras alguna protesta por su blandito poder en una decisión precipitada. Cantaba más su nimiedad. Gabriel Fernández Rey se marcaba un listón complicado. Presidió torpemente el resto de la función. El sobrero, también de Núñez del Cuvillo, cuatreño como toda la pobre corrida, multiplicaba la hondura del rechazado. Más alto de cruz y rematado. Más colocado de cara pero también de limitada seriedad. Propició con su medido empuje un saludo de verónicas mecidas, de extraordinarios embroque, dibujo y compás, allí protegido bajo la banda de Tejera. Que luego daría el cante una vez más. Además del empuje medido el cuvillo traía contada la humillación. MdlP abrió faena por bajo, un crujido de doblones, pases de la firma, curvas exigentes. Y entendió pronto que la mano era la izquierda. Como había apuntado en el capote.
Natural de Morante al sobrero de Cuvillo
Natural de Morante al sobrero de CuvilloMaestranza Pagés
Un par de series de naturales bien trazados, jugados los vuelos, acompañados, no encontraron el eco esperado. Quizá porque a la bondadosa embestida le faltaba el último aliento, la entrega final. Nada en la cuenta del torero, que no entendía la frialdad. Nada nuevo. Así que se arrebató, muy Paula, enfrontilado, la pierna de salida retrasada, que no escondida, y subió la tanda a un dimensión telúrica, arrastrada ahora la muleta y el embroque en el corazón. Cuando vació el pase de pecho en un adoquín, se descaró con la banda de música, tan callada e inexplicablemente silente. Quiso seguir el maestro entre esbozos al natural, apurando el fondo exangüe del animal. Rebelado frente a la incomprensión. Le sorprendió el toro, un ¡ay!. Había que acabar. Pero no acabó como debiera con la espada. Y saludó una ovación. Ya no habría lugar para la remontada con un cuarto deslucido que quiso echar para atrás a toda costa sin conseguirlo. Abrevió con el moruchote que se defendía más que embestía.
Hubo un paréntesis con la lidia del lavado toro de Alejandro Talavante que apenas duró, tan rajadito. Hasta que sonó la hora de Daniel Luque que había participado en un quite con el capote a la espalda como carta de presentación. Unas gaoneras asomado al puente trágico. Fue sin embargo en su propio toro cuando unas tijerillas desembocaron en una despaciosa larga que calentó el tibio ambiente. El toro de Cuvillo describió una semicircunferencia con su carita de cruasán y la leve llama de su gas. DL prendió el fuego y lo tuvo tan pronto en la mano como a la Maestranza, volteada ya en el prólogo de faena. De los ayudados por alto a soltar la izquierda -cimiento de obra- y alborotar la plaza. Exhibió Luque el sitio que tiene y el sitio que pisa; los registros y los tiempos; la cabeza que comanda todo con privilegiada autoridad. Fue lo suyo sacar y secar la escasa agua de ese pozo hasta hacerlo parecer manantial.
A puro pulso de su izquierda, lo más cantado; mejor el toro hacia dentro que hacia fuera. De uno en uno el planteamiento antes de meterse a fondo. La ligazón a ultranza. Todo en su momento. La gente se quedó con el arrimón último cuando lo importante había estado en la administración del toro, en lo bueno y la teoría del todo. El espadazo se hundió como un puñetazo con la misma autoridad que desprendió la faena. Una oreja y fuerte y desbocada petición. Paseó un trofeo de peso en justicia.
A Alejandro Talavante se le presentó la ocasión de remontar la tarde con un quinto llamado Billetero, que en verdad llevaba dentro una fortuna. Talavante dio la razón a quienes dijeron que su Puerta del Príncipe de San Miguel careció de fundamento y, por tanto, de argumento para estar en Resurrección. Ligero, sin asiento, veloz, no es que no cuajara al notable cuvillo, es que ni siquiera se aproximó. Desde el arranque de rodillas, mucha tralla y ningún temple; mucho pueblo y ningún encaje. Cero categoría hasta que el toro se gastó, desperdiciándose por completo en lo que duró.. Y además lo mató mal cuando ya hacía rato que sentía la condena del frío aliento de Sevilla.
A últimas saltó el toro más serio -no era difícil- del sexteto. Pero con el mismo pudridero de fondo. Daniel Luque armó otro alarde de capacidad, tirando de donde no había embestidas, otra vez con su izquierda. Tanto que se pasó un punto de faena cuando amanecieron unas nuevas luquecinas -habrá que administrarlas, por favor- ya con la noche a cuestas. Cobró una importancia mayor el arrimón con aquella testa. Media estocada tendida, un aviso y petición. Como reconocimiento más que nada tras la nada a vaciarse totalmente. Mucho Luque y poco toro.

Plaza de la Maestranza. Domingo de Resurrección, 20 de abril de 2025. Lleno de “no hay billetes”. Toros de Núñez del Cuvillo, incluido el sobrero (1º bis); todos cuatreños; de bonitas y limitadas caras; escasa seriedad; poco fondo, desrazados, sin maldad; destacó el notable 5º.
Morante de la Puebla, de corinto y oro. Pinchazo y media contraria y perpendicular (saludos); pinchazo, media y descabello (silencio).
Alejandro Talavante, de verde esmeralda y oro. Estocada (silencio); pinchazo y estocada caída (saludos).
Daniel Luque, de verde botella y oro. Espadazo (Oreja y petición de la segunda); media tendida. Aviso (petición y saludos).
Publicado en El Mundo





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