Una plaza frígida con tres novilleros con condiciones para ser torero: vuelta al ruedo para El Mene en Las Ventas.

Tres novilleros, Fabio Jiménez, El Mene y Tomás Bastos, mostraron condiciones para ser toreros en una tarde fría en Las Ventas. Fabio destacó con su toreo puro, Tomás construyó una faena perfecta, y El Mene, a pesar de un novillo difícil, ejecutó una estocada destacada. A pesar de sus buenas actuaciones, recibieron poca ovación del público.

Por Zabala de la Serna.

A los 42 minutos del inicio de la décima de San Isidro (19.000 personas), los tres novilleros habían hecho cosas extraordinarias. Al final de los 130 minutos que duró la tarde habían cosechado actuaciones escasamente reconocidas. Como si torearan en Siberia. Una vuelta al ruedo -protestada absurdamente- para El Mene con el lote mejores opciones pero que, como toda la fuerte novillada de Mayalde, se dio con más encastada movilidad que bravura de clase y entrega. Desorden y caras sueltas. Muy de público.

Fabio Jiménez y El Mene y Tomás Bastos, sus compañeros debutantes, tienen condiciones para ser torero. ¿Fallos? Claro, ¿cómo nos los van a tener? Demasiados pocos. Madrid es una plaza frígida con los chavales, un escenario helador. Aquellos naturales pulseados, esas medias verónicas caídas, un principio de faena de vieja torería para ser tan nuevos, el oficio precoz o la firmeza. O una estocada de libro. Es un desamparo el que deben de sentir ahí abajo desolador, sin el eco debido que arrope sus buenas condiciones. Los tres tienen ilusionantes virtudes, aderezadas con su personalidad. Cada uno la suya.

Acababa un enfrentamiento en quites Bastos y Mene -aquel por templadísimas tafalleras, éste por chicuelinas y una media sideral-, y el público pipero a lo suyo. El novillo de Mayalde, que ya era el segundo de un conjunto con más movilidad que entrega y clase en conjunto, había apuntado notas prometedoras. Pero en banderillas se creció -¡ay, la cuadrilla!-, metió una marcha más y cambiaba el ritmo, comportamiento que sostuvo en la muleta: iniciaba el muletazo en un son y lo acababa con pistón. Después de un prólogo rodilla en tierra para enmarcarlo, le costó al Mene acoplarse. No debe culparse. No era fácil templarlo y aun así le dibujó fases con un sello que se tiene o no se tiene. Como el prólogo de faena, cerrada con un espadazo con firma de cheque al portador.

Según voló el capote Fabio Jiménez, fue como ver a Diego Urdiales a la verónica. Y también en el embroque por la izquierda. Tan puro, jugando apenas los vuelos. Ahí abajo concentrado el toreo. El novillo descolgaba por esa mano -ni tanto ni tan claro por la contraria-, templadito desde que salió. La parroquia de estos festejos no regala ni calor ni oles a los chavales. Los naturales de Jiménez bien los merecían. El frío silencio se rompió por una voltereta inesperada.

Tomás Bastos podría decirse que construyó una faena perfecta; técnica, corazón y cabeza para no sólo entender al tercero, sino mejorarlo considerablemente. Por cuanto lo enganchó, lo llevó y lo trajo con buen sentido del toreo. Una dosantina que desembocó en un circular invertido fue lo que más arrabató a los piperos. Lo mató por arriba. Portugal tiene un torero.

A esa frialdad de ilustres ignorantes para con los novilleros, se suma que protestan los novillos con cara de novillo y no le pegan ni una palma a un toro como el cuarto. Porque eso es un toro, Iñaki -al presidente Ignacio San Juan le llaman así desde el “7” con cierto colegueo-. Una corridita (y sin ita) la de Mayalde en su segunda mitad. Se echó el toro dañado -una banderilla se metió en el agujero del puyazo-, muy sangrado también en el caballo. Fabio Jiménez -que salió de las noches de verano en Madrid y enclavija su origen en Alfaro, tan cerca de Arnedo- maldijo su suerte. Deseando volverlo a ver ya. (Saludos y silencio).

El Mene le recetó una estocada de Benlliure al quinto, un monumento a la suerte del volapié, hubo una petición -no mayoritaria- y dio una vuelta al ruedo ridícula y fuertemente protestada. El novillero zaragozano hecho en Salamanca le había bordado una penúltima tanda de derechazos superior, la más redonda de una faena de mucho gusto y no poco esfuerzo con mejores intenciones -a veces se le duerme el mulatazo- que logros pulidos porque también el novillo -punteaba y se abría descolocandolo- pareció mejor de lo que realmente fue. Un último arreón le costó una voltereta. Pasó a la enfermería. (Silencio y vuelta con protestas).

Bastos anduvo con una firmeza y unas resoluciones insospechadas para un novillero con su escaso bagaje ante el voluminoso y cambiante sexto. Un tío uno y un tío otro. De lo único que peca es de extenderse en las faenas. Se le fue la espada a los blandos. Buena presentación en Madrid (Silencio y silencio tras aviso en los dos).

Publicado en El Mundo


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