Por Fernando Fernández Román.
Decimoquinta de feria. Ganadería: Fuente Ymbro. Toros de imponente presencia, altos de cruz, con desmesurada arboladura y comportamiento defensivo, especialmente en el último tercio. Más asequible, el quinto, con embestida humillada y notable recorrido, pero también con un punto de fiereza. El sexto, fue una enormidad física de toro, con dos cuernos apuntando al cielo y un tranco discontinuo, echando la cara arriba a la salida de los pases. Corrida muy difícil, que supieron capear, muletear y matar con guapeza los tres matadores. Toreros: Curro Díaz (estocada hábil, silencio y metisaca y estocada, pitos), Román (tres pinchazos y estocada, aviso y silencio y pinchazo y media estocada, oreja) y Diego San Román (estocada al hilo de las tablas, aviso y silencio, y estocada volcándose, aviso y leve petición. Subalternos: Destacaron en la brega Pablo Gallego y Óscar Castellanos, y en banderillas David Blázquez y Juan Carlos García. Entrada: Lleno. Incidencias: Tarde soleada, con ligero viento que no estorbó demasiado a los lidiadores.
El llamado “toro de Madrid” hizo acto de presencia ayer en la Plaza de Las Ventas. Grandes, largos, altos y con una cornamenta desmesurada fueron los seis toros que envió a Las Ventas Ricardo Gallardo: sus jandillas con un punto de casta más que los domecqs clásicos, según dicen los entendidos en la materia. Salieron al ruedo mostrado su altura de cruz, sus patas fibrosas y sus cuernos de acero, aunque algunos con ese punto de flojera que despierta el ruido de fondo del plas, plas, plas de cada tarde. Una tarde en la que el miedo y la angustia alcanzaron precios astronómicos.
Menos mal que en el ruedo, para lidiar con los toros jurásicos, estaban tres espadachines y sus cuadrillas correspondientes, dispuestos a no dejarse ganar la partida por aquellos bóvidos agresivos, y les plantaron cara con gallardía a los “gallardos” que vinieron del predio gaditano de San José del Valle. Tres héroes que pudieron perder la vida en cada trance, pero que no volvieron la cara jamás en tan dura confrontación. Se llaman Curro Díaz, Román Collado y Diego San Román, todos ellos artífices de que se arrastraran los seis galafates fulminados por estoques certeros, sin más sobresaltos que el que protagonizó Román en el quinto de la corrida.
¿Tan mala fue la corrida?, se preguntarán. Ni mala ni buena: fue difícil, muy difícil. Ya se han explicado las puntuales diferencias de cada toro, pero tanta dificultad solo se entiende cuando en el fondo biológico de cada pieza bovina reposa una cualidad (mejor, una característica) poco deseable: el genio. La palabra “genio”, puede emplearse para explicar determinados comportamientos; pero en Tauromaquia solo se entiende aplicada a dos especies bien distintas: la capacidad artística creativa y sorprendente del ser humano (el torero) y el conjunto de zunas y añagazas que emplea el bóvido (el toro) para vender cara su vida. El torero genial y el toro geniudo son dos mundos antagónicos.
Por eso, quiero manifestar mi admiración por la capacidad de crear arte de Curro Díaz, con su toreo de hondura magnífica, frente a dos toros que pegaban arreones y cabezazos a discreción, y también por Román, que, una vez más, no regateó esfuerzo para enganchar las embestidas estrambóticas de su primer toro y canalizar las más boyantes del quinto.

Capítulo aparte merece el mexicano Diego San Román, un muchacho que vino a Madrid a confirmar la alternativa y lo que confirmó fue que tiene una alta capacidad para manejar las telas de torear con notable y variado sentido artístico y un valor sereno, apabullante, para afrontar situaciones de alto riesgo. Pregunta: ¿por qué ese trato discriminatorio a los mexicanos en nuestro país? Es absurdo. Este muchacho se ha ganado el derecho a darse una vuelta por las ferias de la temporada española, a ver qué pasa. Junto a Curro Díaz, dos Romanes toreros compartieron cartel ayer en Madrid y combatieron contra el genio de los toros de Fuente Ymbro, pero Diego mereció mayor premio que un silencio injusto y una pírrica petición de oreja. La cortó el Román valenciano, pero el Román queretano lleva el San por delante. No se olvide.
Publicado en El Día de la Rioja





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