Regresan los toros de Dolores Aguirre a la Monumental de las Ventas para un cartel que está compuesto por Fernando Robleño (en el año de su despedida), Damián Castaño y Juan de Castilla.
El bravo torero colombiano es el protagonista de la anécdota del día:
Una anécdota dejó marcado al matador de toros Juan de Castilla en sus inicios como torero, en Colombia. Su debut de luces se produjo en la plaza de toros de Bogotá, la más importante del país. Y para ese día, un buen amigo del torero, gerente de una importante cadena de hoteles, le regaló una suite en el Dann Carlton de la ciudad.
–Imagínate ese nivel y esa categoría tan máxima para torear por primera vez de luces. Era como un sueño, como sentirse un figurón del toreo desde el primer día.
Las cosas salieron bastante bien y veinticuatro horas después Juan de Castilla toreaba su segunda novillada en un pueblo que se llama Charta, a diez horas de camino. Y ahí todo empezó a cambiar. Si Juan había llegado a Bogotá en avión, el camino a Charta pasaba por coger un autobús de Bogotá a Bucaramanga y de ahí otro más pequeño que le llevara hasta el destino final.
Al llegar a Bucaramanga, pasadas las cuatro de la madrugada, el autobús que le debía llevar a Charta ya había salido por lo que el novillero, su cuadrilla y otros toreros tuvieron que coger otro que hacía el mismo recorrido pero que se desviaba antes de llegar a Charta. No había otra. Así que al llegar al punto donde el autobús se desviaba de la ruta, los dejó en el camino.
–Nos dejó en medio de la nada. Mirábamos para todos lados y solamente se veía selva y bosque. Estábamos desesperados, muertos de frío, de miedo y de hambre.
Andando, en un cruce de caminos, vieron una tienda y una casa. En la tienda solo encontraron una gallina pero a lo lejos escucharon el sonido de un camión. Era el vehículo que se encargaba de repartir frutas de pueblo en pueblo. Y en él vieron la salvación.
— Lo paramos, le pedimos que si nos hacía el favor de llevarnos a Charta, que éramos toreros y que necesitábamos torear.
Negociado el precio, el transporte aceptó y el grupo de toreros, con Juan de Castilla a la cabeza, se subieron al camión con los trajes y se sentaron entre la fruta.
Ya en el pueblo, los toreros contactaron con el empresario, que los envió al único hostal que había en Charta. Al llegar, la dueña les dio la llave y los novilleros pensaron que por fin podrían descansar tranquilos antes de torear. Pero al entrar a la habitación se encontraron con la última sorpresa: «Allí había encerrado un perro enorme, lleno de barro y de excrementos por todos lados y revolcándose encima de las camas donde teníamos que dormir. Pero estábamos tan reventados que pusimos a un lado al perro y nos echamos a dormir entre todo aquello».
Finalmente, torearon la novillada, cortaron las orejas y tras cambiarse emprendieron otro largo, duro y humilde trayecto en el que les dio tiempo a pensar en el contraste que tiene a veces el toreo por cuando, apenas veinticuatro horas de esa odisea tan increíble, se encontraban rodeados del lujo máximo que una persona pueda tener.
Por Lucas Pérez – El Mundo






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