Un ambiente raro, espeso, entre la calima y el sopor, contagió la tarde, la corrida, el espíritu de los toreros y a Dios bendito que pasase por allí. Una vulgaridad infinita, pueblerina, de gache grande. Un “¡viva el alcalde de Pepino!” la definió como si fuera una película del realismo italiano. A última hora, los 2.000 talaveranos que habían viajado en autobús a Las Ventas se desgañitaban con Tomás Rufo y el buen toro salvador de El Parralejo, como si aquello fuera una cosa de otro mundo. Nada más lejos.
Digo que el ambiente se hacía raro porque los toros, los más normalitos de la feria, una escalera tipo Dolores Aguirre o Juan Pedro, no suscitaron apenas protestas, ni acritud, entre las voces más afiladas. Como si fueran de Aguirre. Algunos los pones en otra plaza Sevilla, no sé, y, oye, ni desentonan. Les faltó mucho también por dentro, y los que tuvieron algo se fueron con ello. Un conjunto simplón. El sexto, Gestor, se lo profeticé a Fernando Bermejo antes de que saliera, por su reata.
Venían Miguel Ángel Perera, Fernando Adrián y Tomás Rufo “empatados” en toros de Puerta Grande no consumados en este San Isidro. Diríase que por la espada, pero no sólo: sus faenas cortocircuitaron en algún momento. Esto no habría supuesto impedimento para que la masa los hubiera por el portón de la gloria, con la última palabra de la autoridad competente o no. La obra de Perera se metió en un breve bache (remontado) en su mitad; la de Rufo básicamente al final; y la de Adrián de principio a fin. De este modo, tocaba desempatar. Y no se desempató absolutamente nada, sobre todo, por parte de quien pudo y debió hacerlo: TR. Adrián es lo que es, lo mismo de siempre; la involución de Rufo, es llamativa.
Quiso con listeza Rufo torear debajo de los tendidos de sol, donde se situaban los 2.000 talaveranos. Y se clavó de rodillas. Gestor, que abría mucho la cara, casi lo prende cuando se distrajo con una banderilla que se le había caído. Superado el trance, lo desarmó otra vez de rodillas. La regresión hacia la vulgarización de este torero desde la temporada pasada, cuando abrió el 100 por 100 de una de sus faenas de rodillas es alucinante. Pero eso no sería lo peor. Gestor se daba bien y se soltaba mejor. Tomás Rufo lo enganchaba en su derecha y hacía vibrar a la parroquia con un toreo amontonado. A espuertas. Al natural una sola intentona desacompasada. El cierre hacia tablas, por bajo, fue un notable final para una obra para que los de Pepino pegaran oles y vivas. Pinchó para más inri antes de la estocada. Se pidió la oreja con fuerza que el presidente no concedió. Y todo quedó en una ovación de consolación que no consuela nada. Habita en él una incertidumbre extraña: no sabe cómo quiere torear. Y, entre toro y toro, además, va por el callejón de conversaciones o con conocidos o con paisanos -Miguel Martín, director del Centro de Asuntos Taurinos-, que no es precisamente estar metido en la tarde. Ni pendiente de los compañeros. No le había sobrado nada ya al tercero, ni por fuera ni por dentro, tan dormido. Ni malo, sin vida. No planteó la faena es orden ni ordenó luego nada. Antiguamente se decía aquello de andar bien con los toros aunque no fueran de triunfo. Como anduvo solo es superable por Fernando Adrián con el anterior, n zapato de hechuras, con su cara y su armonía, todo en coherencia, saltó el toro de apertura Fernando Adrián. Preciso el poder, pero con buen fondo. Esa mano derecha lo enseño siempre. Lo saludó Adrián con un farol de rodillas y coreados lances genuflexos. Midiendo el toro, podía ser. El principio de faena no fue lo más propicio con un cambiado por la espalda; el final, aún menos, con un trallazo que tiró al toro de costado, derrumbando lo conseguido. ¿Y eso que era? Un par de series de derechazos en las que trató con tacto la embestida sutil. Ya con el quinto, que se movía pegando caballazos y testarazos, no hay palabras para definir aquello. Un dolor de ojos.
Uno de los tres cinqueños del envío, abiertos en lotes -1º, 2º y 6º-, estrenó la tarde. Bajo, aleonado, muy abierta la cara pero con escaso perfil. Pronto se definió por pobre celo, sin empleo ni empuje. Las manos por delante, escarbador y berreón. Perera ordenó castigarle apenas en el caballo, donde fue también sin ningún interés. Lo perdía también en la muleta junto con la humillación. No hubo caso ni causa, y MAP, después de tratar de alargarle los viajes en vano, acortó la faena. Bien resuelta con la nueva espada, de tamaño normal. También solventó eficazmente con el acero la papeleta ante el cuarto toro, la frontera de una subida de trapío de la corrida. Otro que caballeaba porque en verdad se hacía así tan grandón. Entre Perera con el peor lote y sus compañeros había como un abismo en el trato de los toros. Pero al final el ambiente contagió también lo suyo de sopor. Qué corrida más rara y pueblerina, de gache grande e infinita vulgaridad.
Publicado en El Mundo





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