Por Fernando Fernández Román.
Madrid, 3 de junio de 2025. Vigésimo segunda corrida de feria. Ganadería: José Escolar. Corrida muy bien presentada en general, en el tipo del encaste “victorino”, sobresaliendo la presencia de los tres últimos toros; inciertos y difíciles los dos primeros, negado a seguir los engaños el tercero y encastados, de vibrante embestida, los demás. Toreros: Esaú Fernández (media estocada arriba y tres descabellos, silencio y estocada perpendicular y cuatro descabellos, pitos), Gómez del Pilar (pinchazo, otro hondo y gran estocada, aviso y silencio y estocada letal, oreja) y Miguel de Pablo (pinchazo y estocada, silencio y pinchazo y media, aplausos). Subalternos: Juan Manuel Sangüesa colocó un buen puyazo, destacó en la brega “Candelas” y en banderillas Víctor del Pozo. Entrada: Dos tercios. Incidencias: Cielo entoldado, amenazando lluvia, y viento molesto durante toda la corrida.
Uno de los grandes aciertos de la empresa Plaza 1, Gestora de la Plaza de Las Ventas, es haber dictaminado inactivos los lunes, desde el punto de vista operativo; es decir, abrir una clarita en la velocidad de crucero del serial para que, tanto los profesionales de diversos gremios como el público que asiste a los festejos, “tome aire”. También los currantes en nómina de la empresa, los toreros –¡incluso los toros!–, la prensa taurina, e, insisto, los abonados y el público en general, tienen derecho al receso, como los colegiales al recreo o los comercios al asueto que proclama el típico cartel: “los lunes, CERRADO, por descanso del personal. Llevo años reclamando ese gratificante balón de oxígeno. ¡Por fín!…
También considero un acierto hacer confluir en una misma semana las ganaderías consideradas “duras” con las llamadas “comerciales”, denominaciones ambas que no dejan de ser una entelequia que se desmonta por sí sola: ¡cuántas veces hemos visto pegar tornillazos a capotes y muletas por toros de hierros supuestamente apetecibles por los toreros, y viceversa! Hoy, primer martes de junio, comienza lo que antes se llamaba “semana torista”, y a fe que el toro ha sido el gran protagonista de la corrida, ¡sí, señor!
Y eso que la cosa comenzó más bien a contraestilo o, mejor, a contrapelo, pues el toro de Escolar que abría el festejo figuraba en el programa como negro entrepelado, pero era una “entrepelación” con abrumadora mayoría de negros y el blancor solo se vio en gotitas junto a las bragas y el meano. A contraestilo salieron los tres primeros, porque fueron tres pájaros de cuentas que reponían terreno girando sobre las pezuñas delanteras a las salidas del capotazo o el muletazo, rebuscando carne humana por aquellos pagos en que pretendían ser toreados. Bastante hicieron Esaú Fernández, Gómez del Pilar y Miguel de Pablo con guardar la ropa y nadar contra corriente con encomiable voluntad, aunque jugaron la baza del estoque con desigual fortuna. Aquello acabó entre silencios y avisos. De “torismo galopante”, nada, de momento.
A las ocho de la tarde y diez minutos, Esaú Fernández trató de echar para adelante la corrida y levantar los ánimos de la concurrencia yéndose a saludar arrodillado, a porta gayola, al cuarto toro. Un “pavo”, el animalito. De momento, al notar el hierro de la puya, le soltó dos patadas al peto del caballo de picar, pero muy pronto mostró otras cualidades de nota alta, como la fijeza y el tranco franco en pos de los avíos de Esaú. El torero se percató de ello y llegó a endilgar series de muletazos en redondo y al natural que, por momentos, caldearon el mustio ambiente; pero, ¡ay!, esto no llego a calar hondo en los tendidos, especialmente en los de sol, que ni siquiera celebraron la estocada cobrada a ley, aunque mal refrendada con el verduguillo.
El quinto se llamaba Calentito, y a fe que su presencia calentó el ambiente en los graderíos. Noé Gómez del Pilar es uno de los toreros que uno tiene siempre presente cuando se habla de figuras en ciernes. Ya lleva unos añitos de matador de toros, pero de Toros, con mayúscula. Sabe que sentarse a la mesa de Madrid, supone, para él, el compromiso de redoblar esfuerzos y recorrer, pasito a paso el camino que lleva hasta la cumbre de una montaña dura de escalar. Noé tiene grandes cualidades: valor sereno, cabeza fría, y un don especial para crear arte donde otros solo aportan testosterona. Cuando apareció el tal Calentito, ya sabía el torero cuál era el guion a desarrollar: primero, darle gusto al reducto del “torismo” más acendrado, para lo cual, hay que colocar al toro lejos del caballo de picar… para ver si se arranca o no se arranca. Calentito estuvo un tanto frío al principio, pero acabó por calentarse los cascos yendo por dos veces a la cita del piquero, metiendo los riñones con ahínco, o, según el vocablo clásico, “romaneando”. Un espectáculo.
El clímax ya estaba conseguido, ahora hay que torear al toro; y Gómez del Pilar, a ratos, lo toreó muy bien, ligando los muletazos, que es lo que, de verdad, tiene mérito y destapa entusiasmos. No era fácil llevar esa encastada embestida, pegajosa, más bien, pero aquello acabó por convertirse en una pelea de castas: la brava que vino de la vertiente sur de la Sierra de Gredos y el valle del Tiétar, y la que aporta un torero ya cuajado que es del mismo Madrid y le viene de familia su vocación pilarista. La pelea, lógicamente, se inclinó a favor del que salió vivo de la confrontación, porque la estocada de Noé tuvo el efecto que yo he llamado la “carrera de la muerte”, es decir, la necesidad que tiene el toro de salir corriendo, con la espada enterrada en el morrillo, porque siente en sus entrañas la llegada de la muerte y quiere que llegue con el mayor retraso posible. Así fue, dobló el toro y el púbico pidió, por aclamación, la oreja para Gómez del Pilar. La paseó el toreo jubiloso, feliz. Se la había ganado a pulso.
El último de la corrida puso la plaza en pie en cuanto pisó la arena del ruedo de Las Ventas. Su anatomía, era un pintura en cárdeno claro y su cornamenta, buida y recia, una amenaza fehaciente. A él se enfrentó el colmenareño Miguel de Pablo, torero ya avezado en estos menesteres de pelear casta contra casta. Se la jugó Miguel en una faena de indomable voluntad, citando en cercanías del toro y corriendo la mano lo mejor que pudiera, ante la bravura en estado puro del toro de Escolar. Lamentablemente, fue alcanzado mediada la faena y parece que salió indemne de tan doloroso trance, porque el toro, tras derribarle de una cabezada en el delantero de la chaquetilla, lo empuntó en el suelo y le tiró un derrote seco a la región lumbar que, afortunadamente, parece que no tiene mayores consecuencias. Los toros realmente bravos y encastados, precisan un mando supremo que los amaine, porque, el más mínimo error suele pagar un alto precio.
Son las cosas que ocurren cuando un toro se engalla en el ruedo y un torero se crece también. Ambos afrontan una aventura, a vida o muerte, en soledad. Así es esta fiesta: dos actitudes ante la muerte. La casta, no como, linaje, sino como definición del carácter de un pueblo. La casta es lo importante.
Publicado en El Día de Soria




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