Madrid, 4 de mayo de 2025.- Vigésimo tercera de feria. Ganadería: Lagunajanda. Corrida un poco dispareja, pero bien presentada; en conjunto, encastada en distintos niveles, y de muy variado comportamiento. Toreros: Manuel Escribano (pinchazo horrible en el costillar, a toro arrancado y estocada tendida, aviso y silencio y estocada trasera, aplausos), Joselito Adame ( pinchazo recibiendo, otro al volapié, media estocada y dos descabellos, silencio y gran estocada, aviso y palmas) y Alejandro Peñaranda (media estocada tendida y cuatro descabellos, silencio y aviso y estocada caidilla, fuerte petición de oreja y vuelta al ruedo). Subalternos: Sin grandes relevancias. Entrada Tres cuartos. Incidencias: Tarde entoldada con leves rachas de viento. Alejandro Peñaranda confirmó la alternativa.
Fue una tarde de toros extraña, la de ayer en Madrid. Antes del paseíllo de los toreros, miraba la gente al cielo y torcía el gesto, porque las nubecillas gris marengo no dejaban de jugar al escondite sobre el caballete de la andanada. ¿Lloverá? Ojalá, no. El agua pluvial traerá frío, y una tarde con friura en Las Ventas no hay cuerpo la resista. La piel más sensible se pone lacia y escariada y cuesta batir palmas, aunque sean de tango. El toro que inauguró la lidia era un precioso castaño, bien encornado y noble; una pintura de toro, ideal para confirmar una alternativa, en este caso la de Alejandro Peñaranda, un joven torero cuyo nombre y apellido cuesta colocar en los carteles; no porque se dude de su capacidad lidiadora (de novillero cosechó triunfos en varios certámenes y fue perfilando su buen cartel en plazas de variada categoría), sino porque son ¡diecisiete letras!, mas el espacio entre ambas. Pues bien, este nuevo y confirmado matador de toros lo toreó de capa y muleta con corrección y buen estilo, pero su labor fue decayendo a medida que el toro perdía fuelle a borbotones. Y como a todos los toreros que se encuentran en la tesitura de recibir o confirmar el doctorado en tauromaquia, las corridas se les hacen más largas que un día sin pan, o un viaje en Renfe por Extremadura. En este caso Alejandro hubo de aguantar a pie firme y sin apenas intervenciones, los cinco toros que separan el primero del sexto, con lo cual el cuerpo se ateriza, y no de emoción, precisamente.
Lo ocurrido en esos cinco toros tuvo por principales protagonistas a Manuel Escribano y Joselito Adame, con sus correspondientes cuadrillas de picadores y banderilleros. Manuel, se mostró solvente con el segundo toro, que descabalgó al picador de tanda y berreó todo lo que quiso y más durante una larga faena de muleta. Fue, digamos, un berreón encastado, al que banderilleó Escribano con su personal caligrafía, en tres pares de poder a poder, colocados sin aparente esfuerzo. La faena de muleta a este toro también tuvo fases de templanza y mando, en series bien ligadas, pero que despertaron un vacuo eco en los tendidos. Para colmo, se le arrancó el toro cuando ejecutaba la suerte suprema de la estocada y la espada se fue a los costillares, con la consiguiente consternación del torero y la repulsa de los graderíos. El cuarto fue un mansurrón saltimbanqui que se encabritaba sobre los estribos del caballo de picar. ¡Qué toro más raro! Escribano volvió a tomar los palos y colocó uno al cuarteo, otro al violín y un tercero al quiebro que no despertaron entusiasmos. En la faena volvieron a verse muletazos de buen trazo y plausible ligazón, pero el personal estaba como ausente, al socaire de una tarde que, por momentos comenzaba a resultar plomiza. Esta vez la espada caló al toro en el primer viaje y se escucharon algunas palmas.
Tampoco Joselito Adame consiguió despertar clamores en los tendidos. Su primer toro, un colorado lavadito de cara, el de menos trapío de los lagunajandas, pero también encastado, como todo sus hermanos. El mexicano se acopló a ratos con el animal, especialmente en dos tandas en redondo bien compuestas y mejor rematadas. Quizá, en honor a la verdad, le faltara un punto de “alma” a su labor; pero aquí, en España, Calderón de la Barca nos enseñó que “… el alma solo es de Dios”. No entremos pues, en mayores disquisiciones.
El quinto fue el segundo cartucho del mayor de los Adame. Se embraguetó el torero con el toro en un fajo de verónicas, llevando al de Lagunajanda hasta las afueras del ruedo. Fue el mejor toreo de capa de la tarde, rematado con una media verónica magnífica (ya había dado otra magistral en un quite al segundo toro), y construyó una faena iniciada por alto con las zapatillas juntas y enligadas en la arena. El toro tomaba bien la muleta y José le embarcaba en ella con series limpias, de una bella corrección. En otro contexto y en otra Plaza, la hubieran subrayado con olés profundos, pero la friura ya había hecho estragos en las almas benditas que casi llenan la Monumental. La estocada a volapié rozó la perfección, pero el toro se amorcilló y tardó en doblar. Le tocaron un aviso a Joselito Adame y el silencio sentenció su actuación, mucho más seria y bella de lo que sugieren las frías cifras de la ficha que recogen los primeros párrafos.
Con este panorama afrontamos el último acto de una corrida que compartí con mi querido amigo y gran aficionado Eduardo Coca Vita. Él fue quien me anticipó algo que ha pasado inadvertido a los abonados de este san Isidro, con una frase que enmienda el conocido proverbio taurino “no hay quinto malo”. Aseguraba Eduardo, con firmeza aplastante, que este año, a la vista de los resultados en lo que llevamos de feria, “no hay sexto malo”.
Debo confesar que no di mayor crédito a la sentencia doctrinal de mi amigo cuando salió a la arena el último toro, además con nombre de macarra de barrio bajo: Navajero. Un castaño bragado y meano que tenía dos navajas por cuernos y una bravura de manual: atendía a todo y a todos, apretó en varas y llegó a la muleta pidiendo pelea. La aceptó Peñaranda y la tarde, como por ensalmo, se vino arriba. Casi hasta sale el sol. Toreó el toricantano con excelentes maneras y se oyeron las ovaciones más fuertes de la tarde, aderezadas con oles profundos y sinceros. Cierto es que el tal Navajero fue perdiendo osadía y engallamiento, al punto de acabar rajadito; pero Alejandro finalizó su faena con unos magníficos ayudados por alto, para firmarlo todo con una estocada hasta la mano. Aparecieron los pañuelos por primera y única vez, fue ascendiendo progresivamente la petición de oreja, que pareció claramente mayoritaria, pero al presidente no le dio la gana concedérsela. Una falta más de conocimientos de los presidentes de esta Plaza. Y también de sensibilidad. Esa oreja le hubiera dado alas y moral a un muchacho que quiere ser figura del torero. Ojalá lo consiga.
En cualquier caso, sigo pensando que lo más certero e ingenioso de la tarde lo escuché en la distancia que hay entre dos almohadillas, cuyo autor es un aficionado de vida larga y fecunda, que tiene inteligencia y perspicacia para regalar. Efectivamente, visto lo visto en esta feria, “no hay sexto malo”.
Publicado en El Día de la Rioja




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