Lírica y épica de Morante.

Por Fernando Fernández Román.

Madrid, 8 de junio de 2025. Vigésimo séptima de feria, fuera de abono. Ganadería: Juan Pedro Domecq: Corrida bien presentada, excepto el segundo. En general, saliendo abantos, pero protagonizaron grandes tercios de varas, arrancándose de lejos y empujando con bravura y poder. También lucieron nobleza, especialmente segundo y quinto. En conjunto, una buena corrida de toros. Toreros: Morante de la Puebla (gran estocada, oreja y estocada en los bajos, oreja por clamor general), Fernando Adrián (estocada casi entera, oreja y metisaca mortal en los bajos, silencio) y Borja Jiménez (tres pinchazos y se echa ele toro, aviso y silencio y cinco pinchazos y estocada desprendida, silencio). Subalternos: Destacaron picando José Antonio Barroso, Alberto Sandoval y Tito Sandoval, en la brega Curro Javier y en banderillas Marcos Prieto y Joao Ferreira. Entrada: Lleno. Incidencias. Corrida de Beneficencia. En ausencia del rey Felipe VI, asistió a la corrida S.A.R la Infanta Elena. Al finalizar la corrida, Morante de la Puebla fue paseado en hombros por el ruedo y sacado al exterior por la Puerta Grande.

En España, desde hace ya muchos años, la temporada taurina tiene dos picos preeminentes, dos llamadas (llamaradas, más bien) de máxima atención: la corrida del Domingo de Resurrección, en Sevilla, y la de Beneficencia, de Madrid. Con independencia de sus imprevisibles resultados (en los toros, predecir no es una temeridad, sino una idiotez), el mero hecho de verse anunciado en el cartel de estos eventos, como ganadero o como torero, es un honor grande, un signo de importancia suprema, de prestigio verdadero. Aquí no valen recomendaciones. Es un cartel “rematado”, sí o sí. Éste que se anuncia como el primero de los que se hallan fuera del abono de la feria de San Isidro, presenta todos estos ingredientes: una ganadería de máximo prestigio –se diga lo que se quiera— y el torero más cotizado y admirado del momento junto a dos jóvenes valores que se aferran a la soga que conduce al definitivo encumbramiento del arte que practican con mano firme… y con uñas y dientes, si falta hiciere.

Con estos precedentes y el calor sofocante de estos días, a dos horas del comienzo de la corrida los aledaños de la Plaza de Las Ventas eran un hervidero de gentes llegadas de muy diversos lugares de nuestro país y del resto del mundo. Es lo que tiene Madrid: capacidad y solera para albergar cualquier acontecimiento, sean cual sean sus especificidades. ¿No ha encontrado usted boleto para la corrida? Pierda, pues, toda esperanza de sentarse en el granito del tendido o en la madera de gradas, palcos y andanadas. No hay entradas ni de reventa, y tampoco en el callejón quedan huecos de emergencia. Habrá de ir al bar más próximo para “ver si lo puede ver” por televisión, o esperar a que, ya entrada la noche, se lo contemos, de primera mano y gratuitamente, en los periódicos digitales del Grupo PROMECAL.

Las cosas, sucedieron de esta manera:

Para empezar, solemnidad. Suenan las notas del himno Nacional al terminar el paseíllo, con los toreros descubiertos y todo el mundo en pie, en silencio respetuoso. En seguida, los “¡vivas!” a España, la mayoría, fuera de contexto; que no seré yo quien lo censure, ¡faltaría más!, pero si la continuidad permanente, sin sentido de la oportunidad. Solo cesan con el ¡pom!, ¡pom!, ¡pom!, ¡pom! de los timbales y el rejonazo de los clarines. Ahí está el toro.

El toro de Juan Pedro Domecq, primero del lote de Morante, tiene por nombre Sacristán, corretea abanto por el ruedo y el de la Puebla le deja hacer, hasta que le fija con la capa y le torea la verónica con su proverbial pulcritud, también por chicuelinas y lo que se tercie. Se le ve a Morante decidido, risueño, con ganas de armar un lío en Madrid. ¡Y vaya si le armó! Tras la magnífica brega de Curro Javier, y el gran tercio de varas que protagonizo el juampedro, se vieron en el toro cualidades de sobra para que la gran faena se fuera desgranando conforme la lírica de Morante iba dictando. Primero, por bajo, suavecito, sin violencia, dejando que el toro se cebe en el trapo escarlata y el torero se concentre en su “mismidad”, que diría Ortega, el filósofo, no el torero. De esa conjunción, bravura-arte sublimado, surgió la lírica de Morante, de la que brotaron muletazos en redondo con la mano diestra y series de pases naturales pausados y melódicos, todo ello adobado con molinetes invertidos y desplantes oportunos. Rugía la Plaza. El toro embestía. Morante se crecía paso a paso y pase a pase. Fue una faena de ceñimiento total y mando absoluto; pero sobre todo, de una belleza deslumbrante. Faltaba la estocada, y la estocada llegó, entrando por derecho. La pañolada fue impresionante, y esta vez, el presidente, consciente de precedente anterior, aguantó hasta que los mulilleros llegaron al lugar que ocupaba el toro yacente para sacar el suyo (su pañuelo) a la balconada. Oreja por aclamación y vuelta al ruedo de Morante lenta-lentísima, como la faena realizada.

Después de todo esto, se vio patente que el morantismo está al acecho de cuanto se pueda poner en contra de su ídolo; en este caso, por ejemplo, que un toro empiece a blandear y se estropee la función. Eso fue lo que ocurrió en el cuarto de la tarde, que comenzó a doblar las manos –bien que ligeramente—y el matador empezó a torcer el gesto. Tanto él como su joven subalterno Joao Pereira, echaron las capas abajo, por si claudicaba el de Juan Pedro y salía un sobrero de Garcigrande; pero, no. el toro aguantó; más aún, se vino arriba, encampanado y descarado. En esas condiciones, Morante hubo de apechar con un toro distinto al que podía imaginarse por sus reacciones en el primer tercio. Y aquí salió a relucir la épica de este genio. José Antonio se fajó con el animal, le consintió en cercanías inverosímiles y corríó la mano primorosamente en una faena que tuvo dos partes: una preparativa y otra definitiva. Embestía el toro soltando la cara y Morante dejaba que la pala del cuerno acariciara los bordados de su vestido negro y azabache, mientras le iba desbastando asperezas y sacando de su interior el brillo de una fijeza bien escondida. Acabó la cosa en un alboroto monumental, en el lío gordo que se venía barruntando. La mayoría del público estaba en pìe, aplaudiendo frenéticamente, aunque se hizo un silencio sepulcral en el momento en que Morante montó la espada y arrancó a matar. Fue entonces cuando el ¡ay! se oyó no solo en la Plaza de Las Ventas, sino que llegó a la de Manuel Becerra. La espada quedó alojada en la parte de abajo de la paletilla, más o menos. ¿Adiós triunfo gordo? ¿Adiós Puerta Grande? Já. No saben en Madrid lo que este torero es capaz de generar en un púbico arrebatado, entregado a su arte en cuerpo y alma. Se batieron al aire de la tarde aún más pañuelos que en la petición anterior, tantos, que el presidente no tuvo más remedio que sacar el suyo. Una aplastante mayoría absoluta pedía el premio de la oreja con inusitado fervor. Mayorías absolutas como ésta quisieran los líderes de nuestra política actual. ¡Oreja al canto, sí, señor!

A partir de ahí, la corrida entró en una especie de estado de catatónico o estupor mental. La mayoría de los allí presentes ya estaban tomando posiciones para participar en la apoteosis final; pero, entretanto, la corrido seguía y el quinto toro resultó ser otro extraordinario ejemplar de Juan Pedro Domecq. Un toro de nota alta al que recibió Fernando Adrián con tres faroles de rodillas y una serie de lances del delantal de voluntarioso trazo. Bravo fue el toro, y también noble; pero, ya digo, la cosa estaba vista para sentencia. Fernando salió a revientacalderas, porque ya había cortado oreja en el segundo toro, el “menos toro” de la gran corrida de Juan Pedro, con el que logró lucirse en un quite por chicuelinas y en algunas series de muleta de apreciable tono; pero con el quinto acabó embarullado y mató fatal.

Por tanto, Borja Jiménez, que sorteó un excelente lote de toros, tampoco consiguió redondear en positivo su segunda tarde en San Isidro. A su primero, lo toreó arrebatado y ajustado a la verónica, y en la faena de muleta también consiguió algunas series muy templadas, de muleta baja y figura erguida. Pena que el animal se fuera apagando, hasta llegar a echarse después de tres pinchazos. El último toro, segundo de su lote, fue un torazo. Tremendo de trapío, ofreció en varas un formidable espectáculo, una lección de “torismo” de Juan Pedro en Las Ventas, ¡qué cosas!

A esas alturas de la corrida, insisto, el público ya no estaba para más cuestión que la de ver a Morante en hombros. Así que Borja desistió pronto de sacar lucimiento a una faena que apenas calaba en la gente y nadie se movía de sus asientos.

En efecto, no hizo más que rodar el toro después, de un rosario de pinchazos feos, y empezaron a descender de las localidades altas una nube de chavales que querían rodear a Morante. Digo, nube y me quedo cortó, porque, en realidad fue una tormenta enorme –se vieron varias chicas, también—que debían tener una media de edad poco más que veinteañera. ¡Y luego dicen que los toros no interesan a las nuevas generaciones! Qué gozaba ver esa bandada de mozalbetes gritando: ¡Jó-séan-tonio-Morante-de-la Puebla!

Y se lo llevaron así, en hombros, hasta que la policía municipal disolviera en la anochecida aquella manifestación no autorizada. ¿O sí?

Publicado en El día de Soría


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One response to “Lírica y épica de Morante.”

  1. Avatar de tenaciouscc9b406c6e
    tenaciouscc9b406c6e

    Morante ya está con Joselito, Bienvenida y Manolete.

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