Por María J. Muñiz.
León arranca la fiesta y El Parque se viste de toros. Hace mucho que no es la feria ansiada, aquella que soñó (e hizo realidad, porque en su empeño se ponía el mundo, también el taurino, por montera) Gustavo Postigo. Los tiempos son otros. Pero hoy hay rejones con Ventura por bandera. Y mañana viene Morante. Habrá más toros y toreros que disfrutar, pero las olas de aficionados que se desparramarán por los tendidos quieren sobre todo ser testigos directos del duende que sacude el toreo.
El León taurino suma miles de aficionados y curiosos, por más que quiera apechugarse al respetable, que lo es y mucho. Y por más que pretenda mangonearse políticamente la Fiesta, que es de todos y no admite ideologías ni imposiciones. Ni en contra, ni presuntamente a favor. Los toros, la bandera, el sentimiento, el país y lo que acontece no debe ser sobado con intereses que nada tienen que ver con lo que pase en el ruedo, los callejones, los corrales, la dehesa, los tentaderos,… Ese sí es un peligro para la Fiesta.
Me apropio de las palabras de Antonio Caballero (ojalá tuviera yo ese duende) para describir lo que pasará en estas horas en el León taurino. Porque «la maravilla de los toros empieza mucho antes de la corrida», y «no hay nada comparable a la felicidad de saber que esta tarde hay toros». Deseamos ver la magia indescriptible con la que el juego de las muñecas de un torero domeña los músculos poderosos del toro.
Porque «la Iglesia, que es muy sabia, ha intentado muchas veces prohibir las corridas: le parece que tanta dicha tiene que ser pecado». Yo tuve años de vecinos de abono a un labrador bruto como su arado y a su hijo cura, que alzaba los ojos al grito de «¡Padreeeee!» cada vez que el progenitor bajaba un santo de la peana por un tercio de varas nefasto o un bajonazo.
En la ciénaga política en la que nos hundimos llega un remanso de esperanza. Nadie puede robarnos la expectación. Escribió Caballero de «un muy buen aficionado que, venga o no venga a cuento, se levanta de golpe de su silla y da una giraldilla muy estoica, impresionante de quietud, o pone un par al cuarteo desde los mismos adentros; y luego vuelve a sentarse y sigue hablando sosegadamente de toros mientras los demás hablan de política. Es un hombre feliz».
Publicado en El Diario de León






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