Agua y aceite no ligan: ni falta que hace.

Por David Ferrer.

Quienes esperaran una revolución, un choque de trenes, un duelo al sol, han tenido algo de eso, especialmente al acabar la tarde en forma de mentideros y mensajes en las redes. Las cosas venían calentitas y así han sido. Había, sin embargo, quienes esperaban una derrota contundente de Morante contra Roca o de este contra Morante, pero esos pocos aficionados desconocen que el agua no se mezcla con el aceite y que tanto un torero como otro tiene su gallardía y sus respuestas. Diferentes, a distancias estratosféricas, la noche y el día. Quizá la pequeña gran diferencia es que ahora mismo la legión de Morante ha crecido, se ha hecho robusta, y la de Roca, hasta hace bien poco incontestable, ha ido menguando o enmudece. Cosas del cine y tantas soledades.

El cuarto toro, que le correspondía a Morante, era incierto y de difícil lidia. En otra época Morante habría mandado a Curro Javier (o incluso al Lili en aquellos años de verdadera soledad) a pararle los pies. El maestro lo hizo con garbo enroscándose al cuerpo el capote, con valentía y desmedida afición, sin pronosticar que el toro se ceñía y se iba huidizo hacia las tablas. Morante que venía de un golpazo tremendo en Marbella la noche de antes, se llevó otro en este. Pudo sobreponerse y lancear. La incertidumbre del toro se vivió con un ay en el tercio de varas: derribó al picador y costó un mundo centrar al de Núñez del Cuvillo. Y en otros tiempos, los del gobierno de Roca, Morante habría pasado y finiquitado al toro en diez o veinte segundos. No lo hizo así. Porfió con el toro hasta sacarle una tanda de naturales excelsos, marca de la casa. Aceite del caro en una tarde de toreo acuoso del peruano. Se cobró una media estocada y, si no llega a ser por la impericia del puntillero, se lleva otra oreja.

Dicen que el agua y el aceite no se mezclan. Es una verdad como un templo, una ley de la física que yo no entiendo. Sí alcanzo a comprender que el toreo oleaginoso, contundente, rico en matices de Morante tiene poco que ver con el chapoteo acuático de Roca. Como el nadador solemne frente al niño que bracea y grita. Y esto se vio hoy en El Puerto. Ha habido chispas, que han trascendido más allá del callejón, tras finiquitar al cuarto. Y es que, como hemos dicho, fue un toro difícil, que arrolló a Morante, a su picador y desordenó por completo la lidia. Tras un segundo puyazo, Roca decidió hacer un quite largo, capote a la espalda. Hasta cinco lances en toro ajeno. A Morante no le gustó la impertinencia y Roca defendió su arrogancia. Viva la competencia, vivan las riñas en los toros.

Morante había sentenciado ya la tarde en el primero con su toreo largo, sedoso, con sus recursos de arte antiguo. Una gloria ese aceite tan dorado, esa manera de andarle al toro, ese ajuste. Dos orejas en un primer toro en El Puerto, con la gente aún acomodándose no es poca cosa. A Roca se le puso cara de batalla y la dio en el segundo. Fue fiel a su estilo, su chapoteo, su bracear, y los cites interminables por la espalda. Es un torero necesario pero, lo decimos una vez más, agua y aceite no se mezclan y cada cual tiene su parroquia. Yo he contado hasta diecisiete pases por la espalda. Puro Roca.

En el quinto, na de na. Ni agua, ni limón ni aceite ni vinagre. Arrimón, ventajismo, y más cites por la espalda y bernardinas con aviso. El triunfo ya estaba cantado y cada cual a lo suyo.

Papeleta imposible era la del local Daniel Crespo entre estos dos tigres enrrabietados. Tiene un capote que se desliza como si fuera un ángel y, como la tarde se iba, apostó todo en el sexto: una porta gayola limpia y un recibo capotero que arrancó la música. Toreó con despaciosidad inusitada y calma en ese sexto toro, a sabiendas de que era esto o quedarse fuera de El Puerto un año más, además de otras tantas ferias. Apostó y ganó y se sobrepuso a la plúmbea elección de la banda del Concierto de Aranjuez: que sí, suena muy bien, pero no es música para toros. Una gran estocada y las dos orejas.

Llevábamos años de falsos piques, controversias estériles y de temporadas en las que los toreros parecían Siervas de María, apoyo de los enfermos. Faltaba esa controversia que, tal vez, llegue ya a final de temporada. De haberlo sabido antes, cuatro o cinco mano a mano entre Morante y Roca habrían desbordado todas las taquillas como ya de manera separada lo están haciendo. Y aunque el agua y el aceite no liguen, ni falta que hace, es precisa esta pasión dentro y fuera de la plaza. Cada cual a su torero. Yo tengo claro cuál es el mío.

Publicado en Despaciocidad.es


Descubre más desde DE SOL Y SOMBRA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

2 responses to “Agua y aceite no ligan: ni falta que hace.”

  1. Avatar de Francisco Ramirez

    Yo prefiero agua fresca a aceite refrito.

  2. Avatar de Jesus Almaguer
    Jesus Almaguer

    Si lo tienes claro…Dilo, no la hagas de emoción…

Deja un comentario

Anuncios