Morante on tour: el ídolo se inmola en el éxtasis de Marbella.

Ocurre que Morante está revolucionando la tauromaquia. Desde dentro, y hacia fuera. Un visionario, un activista, un torero de masas, un ídolo de los jóvenes, un emblema de los conversos.

Por Rubén Amón.

No es que Morante de la Puebla se deje coger, pero se diría que tampoco le importa. Y que se abandona delante de los toros sin miedo a las represalias, como si fuera capaz de ejercer sobre ellos el mismo grado de imantación que provoca en los espectadores. Morante se entrega, incluso se inmola. Tanto se arrima, tanto se asoma al abismo, que tienen sentido las comparaciones con José Tomás en la dimensión del samurai y hasta del seppuku, aunque la entrega del maestro sevillano no subordina la importancia de la estética. Morante se ofrece en la integridad e integrismo de su tauromaquia. El arte y el valor, la pureza y la sensibilidad. Se pasa muy cerca los toros. Tan cerca que lo terminan cogiendo, como sucedió la noche del viernes en Marbella.

El ejemplar de Garcigrande lidiado en cuarto lugar le propinó una paliza en la arena, pero Morante se sobrepuso sin agitaciones. La brecha en la cara identificaba el sobresalto. Y a punto estuvo de desmayarse, pero la congoja de los tendidos y su aspecto de ecce homo encontraron como respuesta una serie de muletazos arrebatadora sobre la mano derecha. Crujían los espectadores marbellíes. Sobrevino el trance extremo de la entrega. Por eso le recompensaron con el premio de los máximos trofeos. Exagerados o no, a Morante se le devolvió la moneda de su propia generosidad. Y no lo sacaron a hombros porque los facultativos le recomendaron reposo.

El problema de cada “morantazo es que desaliña el interés de todo lo que sucede a su vera. Se anunciaban en Marbella los favoritos a la sucesión pontificia, pero la tauromaquia extrema de Morante relativizó la exquisitez y el temple de Juan Ortega y de Pablo Aguado. Ambos demostraron sentido de la estética y de la torería. Y los dos se resignaron a la dimensión contemplativa. Morante atraviesa las líneas rojas como si estuviera en un videojuego. Y engendra una devoción que el público marbellí pudo exteriorizar encendiendo un cirio a las diez de la noche. Se trataba de escenificar la llamada corrida de los candiles, pero la idolatría que se le profesa a Morante concedió a la ceremonia una suerte de orientación particular.

Parecía que estábamos invocando la luna llena. Y que el lenguaje remoto y a arcaico del fuego convocaba a la deidad morantista en los pliegues de una noche calurosa y de revelación. Bien los experimentaron unos turistas kuwaitíes que se habían sentado debajo de mi localidad y que jaleraon la faena como si hubieran nacido en Triana. Ignoro sus códigos de comprensión y de entendimiento de la tauromaquia, pero la reacción visceral y dionisiaca a los muletazos de mayor enjundia y exuberancia demuestra que Morante oficia un lenguaje universal, como si estos espectadores del Golfo Pérsico hubieran “aprehendido” la verdad y la pasión con que se desenvuelve el maestro de La Puebla.

Morante iza el capote como quien levanta una bandera. No es ya un instrumento de lidia: es el estandarte de una campaña que avanza plaza a plaza, tendido a tendido, devolviendo a la tauromaquia territorios arrebatados y públicos que parecían exiliados. Viene de ondearlo en Palma de Mallorca, donde los toros fueron proscritos por el catecismo moralista del PSOE, y lo hizo ante un coso lleno, como si el veto hubiera servido para afilar el deseo. Y de Marbella viajará a Gijón, otro enclave donde la ideología sustituyó a la afición. Allí, la exalcaldesa socialista prohibió las corridas porque Morante pretendía lidiar un toro llamado Nigeriano y otro llamado Feminista, como si el matador fuera a consumar, estoque en mano, un crimen simbólico contra la corrección política. Se le imputó racismo y machismo por la vía de la nomenclatura ganadera, y se clausuró la plaza como quien exorciza un sacrilegio. El prohibicionismo ha contribuido a la fama contracultural de la tauromaquia. Y ha fortalecido su dimensión provocadora y transgresora. Nadie mejor que Morante para resquebrajar las convenciones. Marbella ya no se esconde. Ni se avergüenza. Se sabía cosmopolita, hedonista, galería de excesos estivales, pero durante demasiado tiempo había enterrado una de sus esencias más propias: la tauromaquia.

La reaparición de la plaza —nueve años cerrada, tapiada, silenciada hasta el pasado año— tiene algo de exorcismo colectivo. Y algo de ajuste de cuentas con esa impostura que quiso reducirla a parque temático del lujo sin raíces.

La reapertura no solo resucita un ruedo, devuelve también a la ciudad un espejo donde mirarse sin filtros ni complejos: Marbella fue torera antes que boutique, antes que beach club, antes que coto del exhibicionismo narcisista

Publicado en El Confidencial


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