El resurgir del diestro de La Puebla del Río y la rivalidad con Roca Rey aviva la llama del noble arte en un país que vuelve a ser dueño de su destino.
Por Iván Libreros.
El agua que emanaba el monumental torrente de tradición de la tauromaquia en España fue envenenada desde dentro, amenazando con colapsar y descerrajar el alma de un país inmerso en una crisis de identidad sin precedentes.
Desde que nuestra nación tiene uso de razón, el toreo ha sido un elemento vertebrador de todas las clases existentes. La brújula de una sociedad, la española, que si de algo podía presumir, incluso en sus años de mayor oscuridad, era de poseer un poso indistinguible en lo referente a la cultura. Un modelo que exportar a América y con el que atraer a propios y extraños.
Sin embargo, algo cambió hace más de tres lustros. La prohibición de los festejos taurinos en Cataluña fue el punto de partida de una cacería ideológica, disfrazada bajo la bandera animalista, que buscaba dinamitar la convivencia entre creyentes y ateos del toreo. Una división que llegó a juzgar moralmente a los aficionados a la lidia, hasta el punto de tratarlos como apestados.
La persecución sistemática por parte de los poderes del Estado, incluida la rebaja de apoyo económico, que llegó al más alto nivel con la cancelación del Premio Nacional de Tauromaquia por parte del ministro de Cultura, Ernest Urtasun.
Un galardón con toda una década de vida que cayó fulminado en mayo del 2024. A pesar de ello, las autonomías del PP, además de Castilla-La Mancha, recuperaron el Premio para seguir honrando el toreo.
Una decadencia moral e intelectual que, acompañada al mal relevo generacional que tuvo durante años la tauromaquia, dibujaron un panorama poco alentador para este noble arte en España. Sobraban entradas en las ferias, a excepción de las intocables y sabidas por todos, y faltaban oportunidades para la presentación en sociedad de diestros que renovasen el ímpetu en el coso.
Años y años viendo los mismos carteles en las grandes tardes por toda la geografía. Se enrareció tanto el ambiente que no se distinguía el absentismo de la decadencia entre el público mayoritario. Fuera de los sospechosos habituales, a saber, Ponce, Manzanares, Perera, Aguado, Talavante, Castella, Ortega, de Justo, Cayetano, Ureña o Escribano, por citar a un puñado de ellos, faltaban mitos.
Solo la intermitente figura de Morante de la Puebla, que hasta su explosión pospandemia había encadenado brochazos de genialidad con mediocridad al portador, generaba en el espectador esas ganas de pagar una entrada allá donde fuese.
Además, la idiosincrasia de la fiesta taurina había sufrido un aplatanamiento tremendo, apartando a las generaciones venideras de su lado. Para atajar este caos sin precedentes, la empresa Plaza 1, gestora de Las Ventas, revolucionó el concepto de la Feria de San Isidro para provocar una catarsis colectiva.
El resurgir del toreo en España
De repente, hace unos años, el coso madrileño se convirtió en un lugar de culto y algarabía a partes iguales, promocionando la fiesta entre los más jóvenes al finalizar las corridas en el mismo recinto, lo que empezó a generar un apego inimaginable en decenas de miles de personas.
Conscientes de lo que estaban logrando, Plaza 1 acompañó este repunte con carteles de primera fila, los habituales en San Isidro y la feria de otoño, en los que Morante de la Puebla y la joven promesa Roca Rey, ahora convertido en el segundo mejor matador del panorama, hacían las delicias del respetable.
Este entusiasmo viajó por todas las plazas de España, tanto de primer como de segundo orden, provocando un fenómeno social sin precedentes en una era donde el toreo parecía resignado a morir lenta y dolorosamente.
De repente, una nueva edad de oro había surgido. Quizá no a la altura de la rivalidad de Juan Belmonte y Joselito ‘el Gallo’, incluso por debajo de los éxitos de Manolete o Dominguín, pero definitivamente el duelo Morante-Roca Rey había recuperado el pulso de un país adormecido.
Si 2025 está siendo una epifanía taurina brutal, el repunte en las últimas semanas, hasta la cornada de Morante en Pontevedra, de la que no se ha recuperado para torear el sábado 16 en Gijón, de la discordia entre el sevillano y el peruano no ha hecho más que dar un balón de oxígeno de valor incalculable al toreo.
El periodismo taurino como catalizador
Un goteo de grandeza que ha beneficiado a todos los satélites de la tauromaquia, no solo a los diestros y a la afición. El periodismo taurino vive días de vino y rosas, independientemente de su género.
Hablar de la tauromaquia en España es hablar del maestro Andrés Amorós. El crítico taurino valenciano es una de las figuras que más ha ayudado a exportar la tauromaquia fuera del nicho. Considerado por muchos como el Chaves Nogales de su generación, Amorós lleva décadas analizando el toreo.
Preguntado por este auge de la lidia, el ensayista no sabe ponderar “cuánto durará”, pero cree que los veteranos tienen “la obligación de transmitir los valores del toreo a los más jóvenes”. Aunque Amorós valora enormemente el impacto de Morante en la sociedad española, no lo eleva hasta el primer escalafón histórico, pero sí considera que “es uno de los mejores de siempre”.
Entre las causas del subidón, Amorós también incluye la actitud rebelde de la sociedad contra “el sectarismo político”, personificado en la figura del ministro Urtasun. Nunca antes “se habían visto tantos ‘no hay billetes’ en Sevilla, Madrid, Huesca y otro montón de lugares”.
La afición es tal que, como se ha visto en los últimos meses, la salida a hombros la realizan aficionados que saltan al ruedo, y no los conocidos como capitalistas, encargados de portar al diestro fuera de la plaza.
“Con Morante los jóvenes están descubriendo el toreo clásico, como sucedió hace muchos años con Antoñete y Manolo Vázquez. Es un artista. Roca Rey es un torero de primer nivel que ha sabido conectar muy bien con los jóvenes, entre otras cosas, por su edad”, relata el crítico.
“Ha logrado generar la atención del país yendo a la contra de otros mitos como José Tomás. Él toreaba poco para que las corridas fueran acontecimientos, Morante quiere llevar su arte al mayor número de lugares posibles, y eso es de admirar”, finiquita Amorós.
Uno de los periodistas que más sabe de toros en España es Javier Fernández-Mardomingo. El presentador del programa ‘Buenos Días Madrid’ en Onda Madrid es un fanático del noble arte. En conversación telefónica con este periódico, Mardomingo analiza el excelso momento que atraviesa la tauromaquia.
Para Javier, el fenómeno del morantismo, incluido el extremo barroquismo que adorna sus actuaciones, “está completamente justificado”. Aunque avisa que él no es objetivo porque considera a Morante “uno de los 4-5 mejores toreros de la historia”.
Analizando el fenómeno provocado por el buen hacer del diestro, para el periodista lo más llamativo de todo, derroche de talento al margen, es “como ha sabido conectar con la juventud siendo una figura tan anacrónica”. Sitúa a Madrid en el centro del resurgir y avisa que, “aunque esto se asemeja mucho a una edad de oro”, que este resurgir no tape “uno de los grandes problemas del toreo”.
Se refiere a la falta de oportunidades que hay en las grandes plazas para que los jóvenes talentos luzcan, se den a conocer al público y estiren este momento de gracia, evitando que sea un canto de cisne extremadamente bello pero fútil.
Entiende la rivalidad creada en torno a Morante y Roca Rey, y la valora como lo que es, un elemento narrativo necesario para ensamblar un relato que ayude a difundir las virtudes del toreo, más allá del gigantesco ocio que tiene atrapado a los jóvenes en las plazas.
Hay que disfrutar y analizar esta edad de oro, para tratar de alargarla en el tiempo e insuflar nuevos impulsos a una tauromaquia que sonríe como nunca. Dios, patria y toreo.
Publicado en Voz Populi.





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