Fluía la venta de entradas para ver a Morante en Donosti este viernes de Santa Canícula, pero el contratiempo de la cornada en Pontevedra detuvo en seco la expectación del cartel, como si el torero del futuro, Marco Pérez, y la nueva referencia de las novilleras, Olga Casado, fueran la mera comparsa del maestro en la Semana Grande.
Asumieron ambos la sustitución y se anunciaron mano a mano en Illumbe, pero resulta que Morante es… insustituible. No ya por encontrarnos ante el mejor torero que vieron los tiempos, sino porque la precariedad del aforo demostraba la virtud y el problema que representa el ídolo de La Puebla: el todo y la nada, o sea.
Morante ha revolucionado la tauromaquia. Ha despertado la afición. Ha fomentado conversiones e iniciados, pero también ha creado un vínculo de dependencia enfermizo. Se ha echado la tauromaquia a los hombros. La ha convertido en una misión personal, de manera que la dimensión de su ausencia es proporcional al peso categórico de su presencia. Y es posible que reaparezca en Málaga el 18 o el 20 de agosto, pero andan los empresarios desesperados con el ritmo de la convalecencia. Lo necesitan para llenar las plazas y las ferias. Y se encomiendan al fanatismo que engendra el torero sevillano. Teníamos a Morante como un matador de culto y de minorías, como un cantaor de cueva sacromontina y de trasnoche madrileño, pero la temporada de los milagros que nos ocupa sobrentiende y enfatiza la idolatría de un fenómeno de masas.
La buena noticia es que Morante es el mascarón de proa de la tauromaquia, el timonel de la causa en la época más convulsa. La mala noticia nos remite al vacío. Ya sucedió con José Tomás en la transición de los noventa a los dos mil. La repercusión de la tauromaquia era una cuestión personal, un ejemplo virtuoso y extremo de identificación. Morante es el toreo mismo. Por eso no hay manera de encontrarle a nadie que lo reemplace.
La fórmula escogida en San Sebastián resultaba interesante porque se anunciaba la estirpe de los herederos. Marco Pérez, con más aspecto de niño que de adolescente, encarna la narrativa del elegido: precoz, intuitivo, con esa facilidad que sólo se concede a quienes torean como si siempre lo hubieran hecho. Y Olga Casado, novillera de bandera, representa la otra revolución pendiente: la irrupción femenina no como excentricidad mediática, sino como categoría artística. No torea “para ser mujer”, sino para ser figura.
El mano a mano en Illumbe, huérfano de Morante, fue un ensayo general de lo que podría ser la tauromaquia cuando los dioses se retiren. Y esa es la paradoja: que el público, en su mayoría, no acudió a ver un ensayo, sino a celebrar la liturgia morantista. El vacío en los tendidos subrayaba la condición adictiva del fenómeno. Como si la Fiesta no pudiera sostenerse sin el sumo sacerdote, aunque enfrente tuviese a un muchacho de 17 años capaz de torear como un viejo maestro y a una mujer que, con cada muletazo, va desactivando prejuicios seculares. Marco Pérez, mal con la espada, ligero con los pies, se propuso con la insolencia que sólo se permite la inocencia. No conoce el miedo porque no ha tenido tiempo de aprenderlo, y sus gestos parecen un recordatorio de que el arte verdadero no es el que se piensa, sino el que se siente. Casado, en cambio, se enfrentó al reto como quien ya ha mirado de cerca a la adversidad. Su valor no es únicamente físico, sino cultural: torear siendo mujer implica lidiar contra dos toros, el de la arena y el de la sospecha. Y ella, como si estuviera al corriente de que su batalla es doble, impone un temple que es también un manifiesto. Mató con rotundidad al primero de su lote -una oreja- y cuajó muletazos de plasticidad y enjundia al lidiado en sexto lugar, llevando a la práctica el eslogan del autobús que paseaba su nombre y su incipiente leyenda por las calles de San Sebastián: “se es joven un tiempo, se es mujer siempre”.
En cierto modo, el cartel sin Morante fue una metáfora de la tauromaquia que vendrá: una fiesta sostenida por talentos emergentes, por nombres todavía en construcción, por la convicción de que el relevo existe aunque todavía no despierte la misma fiebre que el veneno morantista.
Tiene sentido recordar que Morante va a cumplir 46 años y que ya ha cumplido 27 de alternativa. Podría haberse retirado, no digamos después de haber cortado un rabo en Sevilla o de haber abierto -por fin- la Puerta Grande de Madrid, pero la temporada de 2025 ha afirmado su hegemonía con más razones y valores que nunca. Jamás ha toreado mejor, ni más despacio, ni con mayor enjundia ni valentía. Ni con semejante regularidad. Nunca como ahora había trascendido las fronteras de la sociedad, de la política, de la cultura. Más que el torero total, es Morante el artista absoluto.
Necesariamente se hace notar el compás de retirada, la inquietud de la reaparición. Se han detenido los trenes. Se han aparcado los coches. Se ha truncado el ajetreo de las taquillas. La pregunta inmediata resulta una emergencia: ¿cuándo reaparece? La cuestión más profunda e inquietante sería entonces: ¿qué pasará cuando se retire
Sabemos que la religión morantista está agonizando. Y que no puede mantenerse en el tiempo ni el espacio el ritmo dionisiaco con que el maestro fertiliza los ruedos o los convierte en yermos cuando se ausenta. Trataron de plantear soluciones Marco Pérez y Olga Casado en su duelo “torostiarra” -neologismo de moda en la tierra-, más desde la voluntad y el voluntarismo que desde la repercusión, aunque tuvo mérito hacer el paseíllo en el invernadero de Illumbe. Parecíamos encontrarnos en un experimento sociológico. Por la humedad. Por la temperatura. Y porque el ruedo, amarillento y lánguido, parecía un trayecto del Sahara en condiciones infrahumanas.
Se daban las condiciones para que sobreviniera un espejismo, pero Morante solo lo hizo en forma de ausencia. La tarde en Illumbe tuvo ese rumor de puerto sin barcos, de iglesia sin feligreses, de teatro sin actor principal. Faltaba Morante, y su ausencia no era un hueco: era una presencia invertida, un fantasma con silla reservada en cada tendido. Nada tan ruidoso como su silencio. El paseíllo se hizo igual, el clarín sonó como siempre, pero el aire llevaba la torcedura invisible de lo irremplazable. San Sebastián perdió la plaza del Chofre y con él perdió el centro de gravedad taurino. Aquella plaza, abierta al Cantábrico y metida de lleno en la Semana Grande, formaba parte de la ciudad sin necesidad de anunciarse. El toro estaba en las calles, en la conversación y en el recorrido natural de las fiestas. Su derribo especulativo en 1974 no solo eliminó un coso: expulsó la tauromaquia del mapa cotidiano de los donostiarras. Illumbe es otra cosa. Un recinto periférico, cerrado, ajeno al pulso festivo de la ciudad y a la geografía sentimental que unía feria y calle. La plaza vive aislada, en la clandestinidad sin ruido de charangas ni tránsito espontáneo de aficionados. Se celebra allí el toro, sí, pero como en un anexo, en un espacio que parece provisional aunque lleve más de dos décadas en pie. Un coso desplazado que recuerda, en cada tarde, la ausencia del Chofre, igual que el hueco de Morante nos describe el abismo de su cráter.
Publicado en El Confindencial





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