Marco Pérez tiene todo para convertirse en una autoridad dentro del toreo contemporáneo mundial, pero su destino dependerá de su capacidad para asumir riesgos. La suerte puede acompañarlo, pero el futuro —como en todas las profesiones— dependerá únicamente de él.
Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA.
A estas alturas de la temporada, nadie puede negar que Marco Pérez, joven matador español de apenas 18 años, lleva la tauromaquia en la sangre. Heredero de la línea clásica de Enrique Ponce y Julián López “El Juli”, ha demostrado —pese a que apenas tomó la alternativa el pasado mes de junio en Nîmes (Francia)— que posee los argumentos y el talento necesario para alcanzar las más altas cotas del toreo. Su concepto, técnica y temple lo sitúan ya por encima de muchos diestros con años de alternativa.
Esta semana, Marco llega a México con 20 contratos firmados en exclusiva con la empresa EMSA, dispuesto a consolidarse como figura del toreo y a competir de igual a igual con la primera línea del escalafón nacional. Su desembarco viene a darle al otoño e invierno taurino mexicano un aire fresco, al lado de nombres como Diego San Román, Arturo Gilio, Héctor Gutiérrez y Bruno Aloi. Sin embargo, el camino no será fácil ni cómodo: a Marco Pérez se le trata como figura, y como tal, se le exige. Así quedó demostrado en su despedida como novillero, cuando se encerró en solitario en Las Ventas con un encierro de El Freixo y Fuente Ymbro, un gesto de valor y ambición poco habitual en su generación.
Su primera cita en México será el viernes 10 de octubre, en el Nuevo Progreso de Guadalajara, una de las plazas más exigentes del país, donde debutará como matador de toros sin comodidades junto a Diego San Román e Isaac Fonseca, dos de las cartas más importantes del escalafón mexicano y ante un encierro muy serio de la ganadería de Boquilla del Carmen. Después, continuará su recorrido por escenarios de máxima importancia como Aguascalientes y Mérida. Será sin duda todo un reto para Marco el adaptarse rápidamente al tipo de toro mexicano, a las plazas y a una afición que generalmente suele ser noble y entregada, pero que seguramente le exigirá mucho desde el inicio.
Ojalá que la llegada de Marco Pérez a los ruedos mexicanos signifique mucho más que una simple gira de un joven prodigio europeo. Ojalá que su aparición despierte la competencia en el escalafón y sirva de impulso para que se organicen más festejos, y que con ello se fortalezca el crecimiento de los nuevos valores del toreo mexicano.

El toreo necesita aire fresco, necesita jóvenes con hambre y talento, pero también necesita que se les dé la oportunidad de medirse en condiciones reales, sin artificios ni privilegios. Marco Pérez tiene el carisma y la técnica para convertirse en un nuevo ídolo del toreo en México como lo hicieron en el pasado muchos de sus compatriotas, pero para que eso ocurra, sera fundamental que lo dejen volar: que abandone la comodidad y se mida con encierros serios, con edad y con trapío. Solo así su paso por México podrá dejar huella. No se trata solo de triunfar por triunfar para mandar la foto a Europa, sino de reavivar la ilusión de una nueva generación de aficionados que busca en el ruedo algo más que nombres: busca autenticidad, entrega sin medida y verdad.
Por lo pronto, esta semana comenzará su andadura mexicana. El viernes 10 en Guadalajara, y el domingo 12 octubre hará lo propio en Monterrey en un festejo mixto. Sin duda dos escenarios exigentes y de máxima importancia, con públicos distintos, pero con una misma expectativa: comprobar si el joven matador español es, en efecto, la promesa que puede renovar el panorama taurino.
Que haya suerte. Porque de su éxito puede depender buena parte de la ilusión y de las grandes expectativas que hoy laten en muchos aficionados mexicanos ante su presentación. En sus manos —y en su muleta— está la posibilidad de que el toreo en México recupere ese pulso de resurgimiento que solo los elegidos saben despertar.
Es lo que digo yo.





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