La imagen de Morante, entre lágrimas, quitándose la castañeta, con Madrid rendido, ya es una imagen para la historia.
Por Zabala de la Serna.
A la puerta de la habitación 219 del hotel Wellington suena una guitarra y unos cantes flamencos que podían ser fandangos como saetas. Morante de la Puebla se ha cortado la coleta inesperadamente hace apenas tres horas, y el toreo se ha quedado huérfano. Pero antes ha escrito otra página de la historia de la tauromaquia, y ha vuelto a tocar el cielo de Madrid desde el infierno de la tierra, un camino que conoce. De la trágica voltereta, dura como un atropello, a la gloria. Y antes de todo ha abarrotado la Monumental de las Ventas mañana y tarde, nos ha regalado un festival memorable, un monumento de Antoñete para toda la vida y un desgarro en la tarde, la Puerta Grande más triste del mundo. Un murmullo de voces y vasos se escucha al otro lado de la puerta de la suite.
Pedro J. Marques, el apoderado, el amigo, el báculo, entorna la puerta y asoma la cara, como si fuera a pedir una contraseña. Procede el abrazo, que es casi de pésame, aunque la sonrisa de Pedro manifiesta una alegría interna, un respiro de alivio, la rara satisfacción de la mezcla de sentimientos y la felicidad de la grandeza de la repentina despedida. No sabía nada. Morante conversa templado, envuelto en su batín de seda de Rubinacci, agotado el gesto, apalizado el cuerpo, con un joven hombre en estado de ebriedad. “Joder, maestro”, atino a decir con una parquedad que dice todo. Y se encoge de hombros, frunce el ceño y dice uno de esos “bueno” suyos que también dicen todo. Cuenta la durísima voltereta, se agarra el cuello contando el temor de una lesión mayor cuando estaba inerte en el ruedo y enseña los moratones de los muslos, como balazos de goma, uno por cada pierna: “Ya me había pasado muy cerca en la primera chicuelina”. Amigos y familia ponen el ruido de fondo. El balcón permanece abierto. De la calle suben voces de partidarios que corean su nombre.

El maestro no quiere, por ahora, hacer unas declaraciones oficiales -“ya diré algo, de momento no digo nada-“, pero habla en la confianza del círculo íntimo y cuenta que la idea de cortarse la coleta -“me la he quitado, no me la he cortado”, matiza- se le ocurrió por la mañana, si salían bien las cosas, pero no quiso contárselo ni a su hombre de confianza: “Se me ocurrió a mí solo por la mañana. Si se lo digo a Pedro, me quita las ganas”. La imagen de Morante en los mismos medios, entre lágrimas, desatornillándose la castañeta, con Madrid rendido, ya es una imagen para la historia.
Una mujer de edad avanzada, rostro amable y también cansado, observa la escena de la gigantesca habitación envuelta en un chal o prenda similar. Es la madre de Morante, Pepi Camacho. La madre que lo parió, que tantas veces se escucha entre vivas. Recuerda la primera castañeta que le compró a su hijo, apenas con 9 años. La castañeta venía sin goma, y José Antonio llevaba el pelo muy corto. Hubo de inventarse una solución casera, con un palillo o así. Las voces suben los decibelios, y su voz, suave y pausada, a veces cae sobre su camisa de color coral. Lo ha pasado mal -una tila y un tranxilium para calmar los nervios- y sus ojos, pequeños tras las gafas, se llenan de lágrimas. Le preocupa, como a todos pero más que a todos, el ¿ahora qué? para su hijo, el vacío que viene sin torear, la enfermedad mental. Desde ahí arrancó Morante de la Puebla su temporada antológica. El esfuerzo físico y psíquico han sido sobrehumanos hasta este puerto, hasta esta Puerta Grande desgarradora. El vestido malva y oro, una joya también en honor de Antoñete, pues ese era su color, ha quedado destrozado por la marabunta.
Entre los planes inminentes del maestro se encuentra precisamente una visita al psiquiatra, el doctor Sampaio, para “reajustar el tratamiento” porque “en activo no era posible”. Antes de marchar a Portugal, donde pasó el invierno entre electrochoques que afectaron su memoria, quiere pasarse por La Puebla del Río. Late en su fondo una felicidad sorda por cómo han sucedido las cosas, por cómo se ha desarrollado el festival de Antoñete -sonríe cuando recuerda las actuaciones de Curro Vázquez y César Rincón- y el juego tan complejo que ofreció el toro blanco de José Luis Osborne. Ese era el precio del romanticismo del guiño a Chenel en el 66, lo sabía y esa es su grandeza. El ganadero de Garcigrande, Justo Hernández, que le ha dado la última Puerta Grande de su carrera, la de este doloroso domingo 12 de octubre, respira satisfacción al lado de la ventana. Todos los novillos, menos el de Osborne, claro, de la memorable mañana, fueron también suyos.

De entre toda la gente que entra y sale de la habitación, aparece un niño de unos seis años, vestido de flamenco, con el pelo largo y una coleta a modo de kiki. Morante, que se fotografía con absolutamente todo el mundo, hace un aparte y se para a hablar a escucharle, pues el crío, de Jerez, hijo de flamencos, habla como una locomotora, a la misma velocidad a la que mueve el capotillo entre las manos, y le dice al maestro que él también se va a cortar la coleta. Y estalla un coro de risas por la ocurrencia del chiquillo ante el ídolo. La ternura de la escena describe el fondo humano del torero que acaba de decir adiós, y asiente a la locuacidad del partidario más joven de toda la parroquia.
Ya se acerca el reloj a las dos de la madrugada. La habitación 219 se va vaciando. Morante de la Puebla, el artista más valiente, el más valiente de los artistas, afronta ahora la soledad de la noche. Su madre recoge sus cosas. Todos salen con una mezcla extraña de sentimientos. Queda Pedro en el balcón como guardián del genio. “Ahora me quedo a solas conmigo, a pensar un poquito. No sé si es mejor quedarme con vosotros”, dice José Antonio Morante Camacho con una sonrisa triste.

Publicado en El Mundo
Foto de ilustración:@Despaciosidad.





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