YA no llevo una foto de Morante de la Puebla en la cartera. Y no encuentro la carpeta forrada con algunos de los momentos sublimes que dejó antes de ser unánime. Morante acaba ungido por la new age taurina -una rebelión juvenil que refresca la última renovación de público, allá por los 80- como el torero de sus vidas y considerado por los aficionados de siempre un lugar confortable. La desenvoltura de Morante levanta alivios a la realidad. El toreo es un arte rarísimo producido en la cuarta pared y el torero entra, de vez en cuando, en la ficción. La dulce observación de Morante está propiciada porque todo resulta genuino.Morante preside el club de toreros adheridos de una manera inquebrantable a sus ideas. No les importa ni la condición del toro ni la ansiedad del público. Si algunos párrafos de los periódicos tienen la virtud de propiciar refugio, algunos muletazos de Morante son un bálsamo. Evocar el fogonazo de su silueta funcionaba como diván. Era tranquilizador haber alojado su tauromaquia -la armería de recursos artísticos y técnicos que los toreros extraen de su caracter- en algún córner del cerebro, junto a las polaroid de aquel paseo en bici por el Enzo Ferrari o el vuelo de una gaviota entre los arcos ondulados de la plaza de toros de Algeciras.
Siento obsesión por la forma en que Morante de la Puebla alimenta el mito del artista con una exhibición pública de rarezas, comentarios extravagantes o conjuntos estilísticos disparatados. Un camino apenas transitado por otros artistas. Los toreros habían dejado de ser ninguna referencia en la conversación pública, en principio por las teorías antitaurinas y después por el abandono del sacrificio público de toros por parte de la izquierda. Morante cultiva, a pesar de los inconvenientes, la leyenda. Ningún actor, por hablar de los artistas más a mano, nació con la estrella de Morante. Ningún artista ha utilizado la influencia sobre su oficio para erigirse en un tipo con misterio. Que calibra, como referencia total, su proyección pública de ídolo carismático. Mi perfomance favorita es la vez que se disfrazó de lince para mostrar a los niños la extinción que amenaza al toreo. Sale en bata al balcón del Wellington a ofrecer cinco minutos a los partidarios.
Morante, «el Maradona del toreo», es nuestro último genio analógico. Una mezcla de Duchamp, Trump, Arrabal y Sócrates que fue prensado por miles de cuerpos en combustión, como un santo del pueblo, en el centro de Madrid. Todos querían rozarlo. Morante es el ejemplo perfecto de que saber torear es, muchas veces, la única manera de saberlo todo sin saber absolutamente nada.
Por Juan Diego Madueño para El Mundo





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