Ha sido capaz de combatir los fantasmas interiores con el antagonismo de la creatividad, el desgarro dionisiaco, la fertilidad estética. Rubén Amón lo cuenta en ‘Morante, punto y aparte’ (Espasa). Publicamos un fragmento.
Por Rubén Amón.
Morante de la Puebla, con su confesión pública sobre la enfermedad mental y los tratamientos a los que se ha sometido, no solo rompió el tabú del sufrimiento psicológico en el mundo taurino, sino que también permitió que nos asomáramos a ese punto de intersección donde el arte se vuelve supervivencia. El ruedo no es únicamente un escenario: es un dispositivo terapéutico, un catalizador de energía vital.
La tauromaquia le proporciona la adrenalina, el cortisol y la dopamina que quizá no encuentra en la vida diaria. No hablamos solo de hormonas como materia prima de la emoción, sino de su papel en el engranaje neuroquímico de la motivación y la recompensa.
Las investigaciones en neurociencia, como las de Kent Berridge y Wolfram Schultz, describen cómo la dopamina no es simplemente “la hormona del placer”, sino un marcador de anticipación, un combustible para la acción. En un torero como Morante, la secuencia de vestirse de luces, escuchar el pasodoble, caminar hacia el albero y citar al toro activa una cadena de recompensas internas que nada puede imitar fuera de ese contexto. La plaza se convierte así en su laboratorio, su templo y su terapia. La pregunta inevitable —y dolorosa— consiste en despejar qué ocurrirá cuando esa fuente se cierre.
Con cuarenta y seis años y veintiocho de alternativa, la cuenta atrás no es una metáfora, sino un hecho biológico. No se puede mantener indefinidamente la velocidad de reacción, la flexibilidad, la tolerancia al riesgo. Y la historia de los toreros retirados, a menudo inadaptados, confirma que el vacío que sigue al último paseíllo puede ser más letal que cualquier toro. Huérfanos de ese torrente químico, privados de la intensidad dionisíaca, muchos se pierden en la nostalgia o en la autodestrucción. Es un retiro que no es jubilación, sino destierro.
Y, sin embargo, sería injusto reducir a Morante a un experimento de laboratorio o a un diagnóstico en carne viva. Lo que hace en la plaza, cuando está inspirado, no es solo producto de una química cerebral alterada, sino de un talento que podría haberse expresado también en un equilibrio apolíneo. Hay algo en su muñeca, en su intuición para citar, en su capacidad de ralentizar la embestida, que no necesita tragedia para existir. Lo que sí parece necesitar —y esta es la paradoja— es el grado de entrega que solo el vértigo le proporciona.
Aquí es donde la pregunta final adquiere todo su filo: ¿sería posible la luminosidad de Morante sin la oscuridad que lo acecha? La ciencia respondería que sí, que la creatividad no requiere del sufrimiento, que la neuroplasticidad y la práctica deliberada pueden producir arte sin que medie el tormento. Pero la experiencia nos dice que, en su caso, la luz no es un fenómeno aislado, sino el contraste más intenso contra el fondo de sombra que lo envuelve.
Como en la pintura barroca, el claroscuro no es un accidente: es la condición de la imagen. Y tal vez los espectadores, al salir de la plaza, nos llevamos la mejor parte. Hemos visto al artista en su plenitud, hemos recibido la descarga de belleza, hemos participado del milagro sin sentir el desgaste que lo hizo posible.
No vemos al hombre que, al volver al hotel, lidia con el vacío después de la ovación. No vemos el cuerpo que se enfría ni la mente que se retrae. La luz nos deslumbra tanto que nos impide ver de dónde viene. Morante nos entrega la faena como un presente absoluto, sin garantía de repetición, como si cada tarde fuera la última. Y quizá lo sea. Pero ese es, precisamente, el núcleo dionisíaco de su arte: el placer de lo efímero, la intensidad que se consume al tiempo que se produce. Como en el mito griego, Dionisio es dios de la embriaguez y del teatro, pero también de la disolución de los límites. Y en Morante esos límites —entre arte y vida, entre belleza y muerte— se disuelven hasta que solo queda la imagen de un hombre y un toro suspendidos en un instante que no admite réplica.
(…)
El valor de la confesión de Morante consiste también en que muestra que el sufrimiento no es incompatible con la excelencia. Que el miedo, la tristeza, la ansiedad no anulan la capacidad de crear belleza, sino que, en ocasiones, la agudizan. Que el arte no siempre nace de la plenitud, y que en el toreo, como en la pintura de Goya o la música de Beethoven, hay momentos en los que la oscuridad es el pigmento o la nota que da sentido a todo. Enunciarlo, y hacerlo desde el lugar que ocupa Morante en el escalafón, implica desmontar una retórica que solo admite héroes impasibles.

Por eso su testimonio trasciende lo personal y se convierte en un hecho cultural. Porque no solo estamos ante un torero que habla de su depresión: estamos ante un torero que, al hacerlo, pone en evidencia que el toreo mismo vive en una anomalía emocional constante. Que el arte de lidiar no es solo técnica y valor, sino también una gimnasia de convivir con la posibilidad de no regresar. Que la “normalidad” taurina es, en sí misma, una excepción: un oficio donde la conciencia de la muerte es tan cotidiana que deja huella incluso en quienes nunca la verbalizan.
Sobre el libro
Morante de la Puebla no es solo un torero. Es un acontecimiento. Una categoría. Una religión civil. Un artista que ha atravesado el tiempo y el toreo hasta convertirse en una figura social, política, estética y cultural de primer orden. La conversión de Morante de la Puebla en fenómeno de masas, en ídolo contracultural, en icono transversal ha coincidido con su temporada más arrebatadora, la de 2025.
Rubén Amón ha querido capturar el instante antes de que se disuelva. Narrar lo que ha pasado sin que nadie haya sido capaz de explicarlo del todo. Porque el morantismo no es una moda: es un síntoma, un misterio, una forma de entender el arte, la identidad y la nostalgia. El resultado es Morante, punto y aparte (Espasa), una obra viva, literaria, crítica y apasionada, que no pretende domesticar a Morante, sino acompañar su enigma. Hay reflexión, pero también urgencia informativa. Morante, punto y aparte es una sugestiva y trepidante mezcla de crónica periodística y de ensayo concienzudo.
En ese mismo contexto, la confesión de Morante ha operado como un espejo. No ha inventado la fragilidad en el toreo; la ha reflejado. Y en ese reflejo se han visto muchos que llevaban años evitando mirarse. La notoriedad de su figura ha roto el cerco del silencio porque el aficionado, incluso el más reacio, no puede despachar con un gesto de desdén lo que dice un torero que ha llenado plazas y marcado época.
(…)
El retrato de Morante no se compone de estadísticas ni de trofeos, sino de grietas humanas. Es un artista que se reconoce vulnerable, que se ofrece entero, aunque sepa que está roto. Convive con el miedo, con la amnesia, con las pastillas, pero mantiene intacta la música del toreo. Llora porque no puede evitarlo, ríe para que el dolor se vuelva soportable, se apoya en la memoria de los demás porque la suya se deshilacha. Le emociona saber que forma parte de la vida de otros, que la vida de un aficionado sin él sería distinta. Él, en cambio, sin el toreo no sería nada.
Resulta muy jodido decirlo, pero habrá que decirlo. Habrá que decir que Morante custodia la memoria del toreo al precio de haber perdido la suya. Que su alma y sus
muñecas alojan el patrimonio de la historia a cambio de sacrificar los recuerdos. Y que la amnesia es un castigo cruel que solo puede remediarse en el instante efímero de una plaza. Porque la memoria de lo que hace se borra cada vez que barre la arena.



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