Morante no es solo un torero. Es un símbolo contracultural, un artista excéntrico, un personaje atípico que exuda misterio y testosterona con su vozarrón de cantaor del Sacromonte. Morante representa una forma de autenticidad radical. Es un personaje literario, un dandi extemporáneo, una figura que desafía la lógica del siglo xxi con una estética que parece extraída del XIX.
Por Rubén Amón.
La connotación política forma parte de la idiosincrasia de Morante, hasta el extremo de que el morantismo refleja también un ejercicio activista que Vox ha convertido en rasgo identitario de la España cañí y genuina. Ya se ocupa Santiago Abascal de cultivar la amistad y los encuentros. Y de aprovechar la inercia virtuosa del maestro para atraer a los votantes jóvenes que abjuran del prohibicionismo y del acoso soberanista a la tauromaquia.
Impresiona el grado de idolatría que Morante de la Puebla ejerce entre los chavales. Lo convoca allí donde se anuncia, y ocurrió en julio de 2025 en la plaza de Santander, cuyos tendidos se abarrotaron de adolescentes incondicionales como quien asiste a una aparición temporizada. Tuvo su mérito el empresario José María Garzón en su política de precios asequibles –el abono joven de toda la feria cuesta 57 euros–, pero el morantismo identifica una religión de iniciados que ha sobrepasado el culto a Roca Rey por razones extravagantes y difíciles de explicar racionalmente.
Morante no es solo un torero. Es un símbolo contracultural, un artista excéntrico, un personaje atípico que exuda misterio y testosterona con su vozarrón de cantaor del Sacromonte. Morante representa una forma de autenticidad radical. Es un personaje literario, un dandi extemporáneo, una figura que desafía la lógica del siglo XXI con una estética que parece extraída del XIX.
Hay algo punk en su forma de estar en el mundo taurino. Su manera de fumar puros, de mencionar a sus fantasmas en las entrevistas o de callar durante meses alimenta una narrativa genuina donde lo imprevisible seduce y donde lo verdadero impacta. Morante no se comporta como una celebridad: se comporta como un mito, como un personaje histórico en tiempo presente.
La tauromaquia no necesita justificación utilitaria. No sobrevive por el PIB que aporta, ni por el turismo que atrae, ni por el empleo que genera en las dehesas y en las plazas. Sobrevive –o muere– por su condición de arte extremo, incómodo, irrepetible. Y es precisamente esa naturaleza descarada, vanguardista, extrema, la que incomoda a la política, que la mira como un recurso útil para la propaganda o como una amenaza que hay que erradicar. No hay término medio, y menos aún en un país donde el debate se ha convertido en un ejercicio de simplificación binaria. Los torosno son de derechas ni de izquierdas, pero a la derecha le conviene apropiárselos como símbolo patrio y a la izquierda le resulta rentable abolirlos como trofeo progresista.(…)
Pedro Sánchez en persona y la ultraizquierda de Podemos y Sumar, alentados por el despecho nacionalista, han convertido la tauromaquia en un ejemplo predilecto de crueldad anacrónica. El animalismo, que en sus manos es también un ejercicio de control cultural, le permite proponerse como legislador de la sensibilidad colectiva. La idea extravagante del referéndum para prohibir las corridas se presenta como un acto democrático, pero encierra la lógica perversa de toda consulta plebiscitaria: reducir un fenómeno complejo, heterogéneo y cargado de matices a una pregunta que solo admite sí o no. Y, de paso, convertir el resultado en un ajuste de cuentas político. El riesgo es evidente: la Fiesta no se votaría por lo que es, sino por quién la defiende o quién la detesta.
El caso catalán reviste interés porque el Parlament prohibió las corridas en 2010 bajo la coartada animalista, aunque el verdadero objetivo radicaba en amputar un símbolo percibido como español. La operación tuvo un refinamiento cínico: se conservaron los correbous, mucho más lesivos para el toro, porque formaban parte del folclore autóctono. Así se fabricó un relato donde la abolición no era un acto de compasión, sino una declaración de independencia cultural. Cuando el Constitucional tumbó la prohibición en 2016, la Monumental de Barcelona ya estaba cerrada y la reapertura se volvió impensable. Los aficionados catalanes cruzan ahora la frontera para ver toros en Céret o Arles, donde el pasodoble convive con Els segadors y el toro bravo es orgullo regional. Francia, de hecho, ha demostrado que la Fiesta florece mejor cuando se asume como minoría.
La política no soporta los espacios que escapan a su control. Por eso la tauromaquia es peligrosa: porque no responde a un fin utilitario, porque no se deja domesticar del todo. Prohibirla no es solo abolir un espectáculo, es asfixiar un espacio de libertad estética. Y apropiársela como bandera es reducirla a propaganda. (…)
Morante. Su andar por el callejón no es apresurado ni lento: es una marcha ceremonial, con la conciencia de que lo que está a punto de ocurrir no se repetirá jamás. Y en esa certeza reside la gravedad de su figura, que no necesita proclamar la importancia de la tarde, porque la arrastra como una nube baja. No hace falta verlo torear para saber que algo va a pasar; basta observar cómo se ata la chaquetilla o cómo se ajusta la montera para intuir que el rito empieza mucho antes de que el toro asome por la puerta de chiqueros.
La política, que vive del ruido, no soporta ese tipo de silencios. El morantismo se alimenta de un magnetismo inexplicable, como el que ejercen las figuras que no buscan seguidores y acaban creándolos. En las gradas, entre el murmullo previo al paseíllo, se advierte un fenómeno que trasciende la afición: padres que han traído a sus hijos como quien los lleva a ver un eclipse, chavales que se han pintado en la camiseta el nombre del torero, turistas que no saben explicar por qué están allí pero intuyen que no pueden perderse «eso». Y «eso» es Morante.
Rubén Amón acaba de publicar el libro ‘Morante, punto y aparte’ (Espasa).
Publicado en Ethic





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