Con su muerte desaparece una figura que vivió con pasión cada uno de los mundos que habitó: la tauromaquia, la restauración y el campo.
Por David Jaramillo V.
Félix Colomo no fue un personaje cualquiera. Fue de esos hombres que, sin hacer ruido, construyen un legado reconocible a simple vista. De la plaza de toros al mantel, del vino a la calle, Colomo tejió una vida a medida de su carácter: inquieto, decidido y profundamente ligado a su tiempo. Falleció dejando tras de sí una historia que cruza la tauromaquia, la hostelería madrileña y la identidad de Alcorcón.
Hijo y nieto de toreros, el vínculo de Félix con el toro era más que una herencia: era una convicción personal. Fue novillero en su juventud y nunca rompió ese lazo con la expresión cultural que marcó su familia durante generaciones. Pero no se quedó ahí. Su otra gran plaza fue la de los fogones, donde demostró el mismo temple y visión. Fue el alma de “Las Cuevas de Luis Candelas”, “La Posada de la Villa” y “La Taberna del Alatriste”, tres templos de la cocina castiza en el corazón de Madrid.
Colomo convirtió cada negocio en una prolongación de su vida: con historia, con personalidad, con alma. A todo eso se sumó su incursión en el mundo del vino con la bodega Valquejigoso, cuyo prestigio traspasó fronteras. Lo suyo no era nostalgia: era una forma de entender el presente desde lo que uno ha mamado desde chico. Y eso, en su caso, era el campo, el toro, la cocina y la calle.
Su figura fue también crucial para Alcorcón, donde su apellido está unido al desarrollo urbano y a la vida local. Félix era uno de los grandes propietarios de suelo del norte del municipio, pero más allá de lo material, lo que dejó fue memoria viva: la de alguien que conocía el terreno palmo a palmo y que supo conectar lo local con lo universal.
No fue una figura pública al uso, ni falta que le hizo. Su estilo era el del hombre que construye sin pedir permiso, que se implica sin hacer campaña, que defiende lo suyo sin alzar la voz. Su muerte cierra un ciclo, pero también confirma que hay vidas que, aun en silencio, marcan generaciones enteras.
Madrid, y especialmente su lado más auténtico, el que huele a vino tinto, hierro caliente y cocido madrileño, pierde hoy a uno de sus guardianes. Félix Colomo fue una figura transversal: torero, hostelero, emprendedor y memoria viva de una ciudad que ya no se entiende sin su rastro.
Publicado en La Razón





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