Un lugar de refugio beatífico con una tauromaquia distinta, la primera que brotó más allá de la mar atlántica.
Todos los años, cuando se abre la primera hoja del calendario y se barrunta el vigor de las últimas ferias ultramarinas, el recuerdo de México se me echa encima, no como una losa impenetrable, sino como el espejo en que me he mirado durante tantos años en la llamada Temporada Grande que comienza al inicio de las otoñadas del año anterior. México es, para el firmante de estos renglones, un lugar de parada y fonda irremediable cuando el invierno agobia por acá, con la inanición que conlleva, y los esportones tiritan en los trasteros. México es ese lugar de refugio beatífico en que se presenta una tauromaquia distinta, la primera que brotó más allá de la mar atlántica para incorporarla a un nuevo hecho cultural, con matices propios. A estas alturas del mes de enero, uno ya estaba pendiente de los festejos a celebrar en la Monumental Plaza México, en ese ruedo que parece haberse excavado hacia el infinito para formar «un pozo de pasión llenado por las vehementes voluntades que lo rodean», que diría el novelista norteamericano Waldo Frank.
Sin embargo, la tozuda realidad nos muestra ahora un escenario taurino emblemático como La México jugando a convertirse en reliquia con vocación meramente contemplativa, por mor de las veleidades que la política gubernamental de este país viene practicando desde el mes de marzo del pasado año, cuando la Asamblea de Diputados Locales aprobó por mayoría absoluta la implantación de un tipo de corridas esperpéntico (sin suerte de varas, de banderillas y de estoques), intitulado sin violencia, con un reglamento para llevarlo a cabo que parece copiado, literalmente, del bodrio que se presentó en las islas Baleares de España, rechazado frontalmente por los tribunales españoles competentes en esta materia, al ser considerado como una prohibición encubierta. Es evidente que ningún empresario en su sano juicio puede aventurarse a financiar semejante despropósito; pero lo cierto es que en México sigue vigente, amenazando con deshebillar los vínculos ancestrales que unieron dos tauromaquias, distintas en sus principales actores, toros y toreros, pero idénticas en su función: ofrecer a los ojos humanos un acontecimiento vivo, real y emotivo, catártico y litúrgico, en el que la única evidencia insoslayable es la presencia de lo que da culminación y sentido a la vida: la muerte.
No obstante, existe una fórmula que quizá solucione el mantenimiento del fundamento de las corridas en México: apoyarse en la teoría francesa. En aquel país, a mediados del siglo XIX, entró en vigor la llamada Ley Gramont, que castigaba duramente los abusos públicos a los animales domésticos. Considerados como tales los toros de lidia, se encontraron con la radical oposición de las comarcas del Midi francés, cuyas fiestas tradicionales con toros bravos de la Camarga se vieron afectadas por esta legislación. En consecuencia, ante la fehaciente demostración del carácter histórico de la tauromaquia francesa, a partir del año 1951, se acuerda la no aplicación de estas medidas punitivas a los festejos taurinos que acrediten una tradición ininterrumpida, consolidando la excepcionalidad de esta franja territorial para la celebración de festejos taurinos. A mayores, Francia ha inscrito a la fiesta de los toros en su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial, lo cual refuerza en gran medida el futuro que pueda tener la tauromaquia en tierras francesas.
Me consta que en México se está trabajando en este sentido (sentido común, por otra parte), con la Ley General de Bienestar Animal en el horizonte. Existen argumentos de mucho peso para corregir los conceptos de bienestar animal, al no considerar animales domésticos a los toros de lidia. O, lo que es más importante, hacer hincapié, por ejemplo, en el carácter histórico de la ganadería brava mexicana (Atenco se fundó cuando apenas había reses de lidia en Andalucía y Salamanca) y en la ancestral empatía que los festejos populares (la charrería, por ejemplo) tienen con la tauromaquia mexicana.
Habrá que lograr argumentos (los hay de sobra) para apuntalar la fiesta de los toros en México; si no se puede en todo el territorio nacional, sí al menos en aquellos que fueron y son referencia indispensable para entender la intrahistoria -que decía Unamuno- de un país. Pocos como el mexicano pueden aportar una representación más concluyente acerca de sus fiestas preferidas, religiosas al margen. Sin embargo, el Gobierno actual, perteneciente al partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) no está por la labor de hacerlo; pero también se puede acometer el problema con el método utilizado en Aguascalientes, en el mes de abril del año pasado, para su feria de San Marcos: que cada estado modifique su Constitución para blindar los toros, actividades lúdicas tradicionales u otras destrezas ecuestres y a pie de los charros del campo mexicano.
Manos a la obra, pues. Sería imperdonable que, llegados a este punto, flaquearan las fuerzas y remolonearan las ideas. México y los mexicanos son muy grandes, a todos los niveles. A su Plaza del Toreo de la Condesa vino Ignacio Sánchez Mejías a pegarse agarrones con Rodolfo Gaona, en el ruedo y fuera del él. Cuando le preguntaron sobre la rivalidad Joselito-Gaona, respondió: «Yo no llegaba a los tobillos a mi cuñado Joselito… y soy mejor que Gaona». También memorables fueron los mano a mano de Armillita con Domingo Ortega, con la chufla de la Porra correspondiente: «¡De domingo a domingo eres el mismo, Domingo!», le gritaron con firmeza.
En La México, la de mayor aforo del universo taurino y la más apasionada, vi a las figuras mexicanas batirse el cobre con las españolas de estos últimos tiempos. He visto cortar rabos a figuras como Joselito y a El Juli, y, también, perder por fallar con la espada no menos de media docena de ellos a Enrique Ponce, el español más consentido en México, de Manolete para acá, con permiso de Camino y Capea. Ahora, ya retirado de los ruedos, vemos a Enrique pensativo, vestido de calle en los tendidos vacíos que tantas tardes, vestido de luces, puso a revienta calderas. A mí me ocurre lo mismo. La añoranza se viste de nada.
Por Fernando Fernández Román.
Publicado en La Tribuna de Ciudad Real





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