Por Paco Cañamero.
Conozco a Julián desde que daba sus primeros muletazos en la Escuela de Tauromaquia de Salamanca, en los finales de la pasada década de los 80 y coincidentes, a la vez, con mis primeros compases en la crítica taurina. Casi 40 años contemplan aquel ayer con la actualidad, donde Julián ya mostraba una pasión sin límites por la figura de José María Manzanares, del fino torero de Alicante -como lo bautizó Navalón en sus inicios antes de declararle una guerra sin bandera blanca- que siempre tuvo en un altar y ya nunca se apeó de él. Desde esos inicios, Julián ya dejó un concepto basado en la pureza y el estilismo, con momentos que no dejaban a nadie indiferente y contando con un buen número de seguidores. Julián supo aprender y beber de tantas fuentes hasta adquirir una experiencia y unos conocimientos que hoy lo han aupado a ser un excepcional taurino, siempre con su personalidad y las formas, que gustarán o no, pero el tiempo ha acabado por darle la razón.
Con Julián Guerra, al igual que ha ocurrido con casi todos los taurinos, hubo épocas de diferencias y alejamientos, pero al final siempre volvían las aguas a su cauce, porque Julián que más allá de ser temperamental es un hombre de inmenso corazón, por lo que era fácil reencontrarse y volver a hablar.
Julián ha dejado su sello en esta época donde ha sabido pulir a varios toreros y ponerlos en la élite, hasta el punto de ser una especie de Camará del siglo XXI. En todos ha dejado su huella y los ha puesto a funcionar, en las ferias. El último de ellos, Borja Jiménez, es un ejemplo que saborea las mieles de ser figura, tres años después de verlo en un tentadero y confiar tantos en sus posibilidades que lo retiró de ingeniero agrónomo -que era su profesión- cuando no había ni un contrato, ni puertas que llamar, trayéndolo a Salamanca y comenzando una intensa preparación siendo conscientes que hasta el más ínfimo tentadero era una oportunidad de oro que no se podía desperdiciar. Y de ahí, aprovechando cada ocasión que vestía de luces, como un cohete para arriba hasta alcanzar el reconocimiento y lograr la meta de ser figura, mientras las principales puertas grandes se han sucedido y, lo más importante, el reconocimiento casi unánime. Y si digo casi, después de algunas empresas, incapaces de ver los horizontes, siguen negando a Boja Jiménez su condición de primera figura.
De ahí que este rubio de Espartinas fuera capaz de dar un golpe en la mesa el día de la presentación de los carteles de San Isidro. En el instante que más se hacía oír, en el mejor momento al reivindicarse con una actitud de torero, de estar en su sitio y mantenerlo, lejos de cualquier excentricidad. Y a Casas y Garrido, tan acomodados y consentidos -pese a una gestión marcada por tantas oscuridades- alguien le dijera las verdades del barquero en la gala de autobombo le sentó peor que un sorbo de aceite de ricino. Pero Borja se reivindicó con el orgullo de un torero que en un corto espacio de tiempo a puesto a todos de acuerdo, hasta el punto de salir varias veces en hombros en esa plaza y ganándose por derecho propio ser el primero al que deben de llamar después de convertirse en figura para todos. Menos para un sistema acomodado y a quien le molestan tanto los triunfadores, como ocurre este rubio de Espartinas.
Olé por Borja Jiménez, capaz de retar con tanta torería a quien el sistema se empeña en mantener, contra vientos y mareas, en el privilegiado número 1, cuando ese sitio debe ser suyo. Y olé de nuevo después de que él mismo fuera capaz de decir, con ese orgullo que se debe tener, que aquí quien manda es él. Y para mandar se lo ha ganado ese torero al que Julián Guerra, un buen día, quitó de ingeniero para traerlo a Salamanca y firmar otra gran obra. Una más de este Julián Guerra que ha dedicado su vida al servicio del toreo para ser una especie de Camará del siglo XXI y que siempre tiene a Manzanares, a aquel fino torero de Alicante, en el altar de su admiración.
Publicado en La Glorieta Digital





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