Estos idiotas que hoy llaman “cobarde” a Albert Serra escribirían sobre el regalo que el toreo le hizo a Ortega y Gasset con “La caza y los toros”.
Por Zabala de la Serna.
Están llamando “cobarde” a Albert Serra, al tipo que ha paseado por el mundo la tauromaquia descarnada en Tardes de soledad -premio Goya, premio Feroz, Concha de Oro, Premio Nacional, premio EL MUNDO…-, el discurso más potente en defensa de la libertad cultural y, por tanto, del toreo. Un catalán de Bañolas que ojalá se nos hubiera aparecido en medio del proceso abolicionista de la fiesta brava en Cataluña. El problema no es que no hiciera en la gala de los Goya el discurso que los rancios taurinos querían, el problema es que no ha hecho la película que pretendían. Y este rencor de cortas miras lo arrastran desde el principio de los principios. Aspiraban a Currito de la Cruz, ya lo advertimos en el origen de todo, desde el mismo día en que asistimos Paco Pascual y yo, fascinados, a la premier en el cine Doré.
Si la película supuso una convulsión, el discurso posterior de Serra introdujo la admiración absoluta. Por su deslumbrante brillantez intelectual, por su descarada superioridad, por su valiente inteligencia. Los ataques antitaurinos se encontraron con una firmeza de buldócer: “¡Ah!, que usted es de los que pone al toro y a la persona en el mismo plano”.
Serra paseó por todos los festivales del mundo, en soledad, por cierto, su tardes de ídem. No ha habido una sola entrevista en la que no demostrase fascinación y respeto por fiesta de los toros, pero nunca militancia. Que es lo que pretendían. Es curioso cómo la película no levantó en su periplo internacional la polémica y los ataques que suscitó en España por los movimientos animalistas. Tanto a las puertas del festival de San Sebastián -“el toreo no es un entretenimiento, es algo poético y transcendente”- como ahora a las puertas de los Goya. Pero lo que resulta aún más curioso es la beligerancia de los taurinos, que ya se veía venir porque no les alcanza para más.
En toda esta avalancha de tontos -no cabe ni uno más-, han introducido en la ecuación a Roca Rey. A estos lerdos, que serían incapaces de levantar la décima parte del discurso intelectual de Albert Serra, les adorna la memoria selectiva, algo así como a los pelmas de los Goya, solidarios con las causas a 3.000 kilómetros en sus matracas según y cómo. La masacre de Gaza sí, las masacres de Irán no.
Recuerdo, a propósito de la memoria selectiva, la causa última por la que Roca Rey rompió con Roberto Domínguez -gracias, Roberto por traer de tu mano esta película-, que no fue otra que, ¡oh, sorpresa!, que Tardes de soledad. Ni al astro peruano ni, sobre todo, a su entorno les gustaba obra que más ha hecho universalmente por el toreo y que dejaba a Roca Rey como a un puto héroe. Serra sabía del desagrado, pero en todas las entrevistas resolvía el asunto con elegancia.
A micrófono apagado escuchabas que Roca Rey no había querido ir a la premier de Tokio -en clase business y a gastos pagados, claro-, como embajador plenipotenciario del toreo en Japón, o veías con nitidez el distanciamiento permanente con Tardes de soledad. Pero el problema no es RR, un tipo listo pero mal asesorado, que escuchó a tiempo a Borja Cardelús, supo reaccionar y entregó a Serra el Nacional de Tauromaquia, sino la caterva de tontos que luego claman por el alejamiento de la intelectualidad de los toros.
Ninguna de las plañideras que hoy lloran por la no invitación a Roca Rey a los Goya decía entonces, como nosotros, “hostias, qué error que Roca no represente a la tauromaquia por el mundo”. Alguno se atreve a escribir con indignación algo así como “después de la película que le ha dado el mundo de los toros a Serra”; pero nosotros somos más de la idea de los editores de El Paseíllo: “El mundo del toro todavía no sabe que le tocó la lotería con la película de Albert Serra…” Que acertó plenamente al no querer enfocar en Tardes de soledad nada más que al hombre y al toro. No quiso el folclore, ni la caspa, ni la ideología. Estos idiotas que hoy llaman “cobarde” a Albert Serra escribirían sobre el regalo que el toreo le hizo a Ortega y Gasset con “La caza y los toros”.
Publicado en El Mundo




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