La tarde del Domingo de Resurrección estuvo plagada de gestos sentimentales.
Por Luis Carlos Peris.
Morante, montera en mano y vestido de forma parecida a como se vistió José a la muerte de su madre , afrontando el final de una pesadilla.
Morante, montera en mano y vestido de forma parecida a como se vistió José a la muerte de su madre , afrontando el final de una pesadilla. / Juan Carlos Muñoz
Vigésimosexto Domingo de Resurrección bajo el peso de la orfandad por el adiós del auténtico gestor de esta fecha. Otra vez amanecía el día más grande del calendario taurino en el primer templo de Tauro y con la brillantez proporcionada por el hombre que suple la ausencia de aquel Faraón que, mano a mano con Diodoro Canorea, lustró una fecha que había sido más propia de teloneros hasta que la idea fructificó. Y como entonces y parece que para siempre, la plaza reverberaba y con ella sus alrededores.
Afortunadamente y cuando va a cumplir treinta años de alternativa, José Antonio Morante, se ha hecho con el cetro del reino de Sevilla… y de todo el toreo. Tanto que hasta un Rey se cruzó el mundo, tomó una habitación en el Vincci y se personó en la Maestranza de la misma manera que alguna vez lo hizo con su mujer y de esto se cumplen cincuentaiocho años, rabo de un toro del Marqués de Domecq para Diego Puerta incluido.
Pero situémonos en el presente y ese presente lo ocupa un orfebre de la margen derecha que se ha convertido en el astro rey de la galaxia. Y es que todo gira en torno a Morante, ya que desde aquel 12 de octubre en Las Ventas, su imagen ha crecido como en progresión geométrica para bien de una Fiesta que se ha venido arriba al conjuro de su magia. Todo lo ocupa este genio cigarrero, que se ha convertido en el primer caso de torero artista capaz de alegrarle las pajarillas al más prosaico de los empresarios.
Todo el Domingo de Resurrección copado por la figura de un personaje que pasó de torero de culto a revulsivo capaz de revolucionar el Planeta Tauro. La plaza de bote en bote, Juan Carlos de Borbón junto a su hija mayor en el palco de los maestrantes y los toreros brindándole el primero de su lote, con lo que el Emérito se llevó de regalo lo peor de una tarde que remontaría el vuelo con Gentil, toro segundo de Morante y al que torearía por seguiriya con el capote y por bulerías por soleá con la muleta. Qué garbo andándole hasta sacarlo de las rayas (al que pinta las rayas se le fue la mano con el tinte hasta convertirlas en más negras que rojas), que parecía el mismísimo Domingo Ortega ganándole terreno a Gentil paso a paso.
Y con la estocada hasta los gavilanes las dos orejas fueron para el torero, que, muy emocionado, se abrazaba al alguacil Zulueta como si recogiendo los trofeos le hubiera puesto fin a una pesadilla que duró todo el invierno. La plaza, que se ha morantizado tras un tiempo de aparente desapego, vibró como vibraba en tiempos de su antecesor en el trono, como soñando lo que aún no se había producido.
El festejo había arrancado con un puñado de gestos emotivos. Desde el silencio por Rafael de Paula, Álvaro Domecq, Ricardo Ortiz y los 46 muertos en Adamuz al cálido recibimiento a Juan Carlos, la solemne Marcha Real y la ovación de saludo a Morante tras el paseo. Luego pasaron cosas como un competido tercio de quites entre Roca y Miranda, una faena muy en su aire del peruano para cortar oreja y una tremenda voltereta del sobrero sexto, Chumbo de nombre, al de Trigueros de la que escapó de milagro. Pero la tarde tuvo de principio a fin un nombre, el de José Antonio Morante de La Puebla.
Publicado en El Diario de Sevilla




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