Juan Ortega, al desnudo: “Hay cosas en mi vida que sólo soy capaz de contárselas a Dios”

Vive su profesión con verdadera obsesión por seguir el hilo del toreo hasta las fuentes puras. Confiesa que sufre como las personas que buscan la profundidad. Vuelve cuatro tardes a Sevilla, su plaza. Hoy hace el paseíllo al lado de Morante de la Puebla.

Por Zabala de la Serna.

Una maleta de piel labrada define a Juan Ortega (Sevilla, 1990), su permanente búsqueda de lo antiguo, la obsesión por la perfección y el detalle exacto. Persiguió la idea de esa maleta, exactamente esa, durante meses. Hasta que la encontró en Italia. Viaja en ella la ropa de torear como en su cabeza el hilo del toreo. Suele seguirlo hasta las fuentes puras. Gasta un aire de antes, de joven señor de otro tiempo. A veces clava su mirada azul en largos silencios. Vierte ante nosotros el proyecto claro de las fotografías que ha fabulado en casa, como si fueran faenas, y Pepe Aymá se las compra todas. Quiere desnudarse ante la cámara, mostrarse sin dobleces ante el entrevistador. Nadie diría que un tipo de pensamiento tan limpio esconda un dolor tan hondo.

Ortega reflexiona y argumenta con pausa. Es consciente de que la persecución de la perfección puede lindar con lo correcto. Su ambición es artística y su nombre luce en los carteles de todas las ferias taurinas de España. Dice que hay cosas en su vida que sólo es capaz de contar a Dios. Vuelve cuatro tardes a Sevilla, su plaza, donde sublimó el toreo en 2024. Hoy hace el paseíllo al lado de Morante de la Puebla.

Han pasado ya seis años desde el tiempo oscuro de la pandemia en que usted vio la luz. ¿En qué ha cambiado?

He madurado personalmente. La vida, las cosas que vas sintiendo, sufriendo o disfrutando, marcan tu forma de ser. Al final es verdad que se torea como se es y, como sostiene el maestro Emilio Muñoz, se torea como se está. Ahora tengo más vivido y sufrido para poder expresar.

Forma parte de un grupo de toreros [Morante, Urdiales, Aguado] que provocó al salir del Covid que una generación de aficionados girase la cabeza hacia el clasicismo.

Es verdad y se nota. No es algo buscado. He ido creciendo a través de las cosas que me han ido alimentando, pero nunca he buscado ser un determinado tipo de torero. Si la naturalidad se busca, deja de ser naturalidad. No hay cosa más horrible que una naturalidad buscada. Queda muy mal en el toreo, como algo que no te cae. Delante del toro no brota lo que tú pretendas ser, sino lo que llevas dentro. El toro te pone en tu sitio.

¿Cuál es el golpe que más le ha dañado en esta forja?

He sufrido mucho por cuestiones personales. El episodio que viví hace unos años, como todo lo que duele, te marca para toda la vida. La gente que se va y ya no vuelve también te araña por dentro. Y ciertos toros que uno sabe que no ha estado a la altura no se van de la cabeza. Y otros que me han hecho pasar mucho miedo.

¿Regresan por las noches esos toros?

Más que los toros, ciertas miradas de toros me despiertan por la noche.

En la pasada feria de San Isidro escribí un titular duro sobre su actuación: Pablo Aguado levanta un prodigio sobre las ruinas de la tarde y el cadáver de Juan Ortega. ¿Cómo encaja las críticas duras?

La crítica… [un largo silencio reflexivo] Cuando la crítica no va a compás de lo que yo he sentido, no me afecta nada. Ahora, cuando la crítica coincide con lo que yo he sentido me hunde. ¿Por qué? Porque hay veces que uno no es capaz. Hay momentos en que quiero expresar cosas y no me tira el corazón, y cuando el que está enfrente se da cuenta interiormente me jode. Como cuando llega el maestro Pepe Luis Vargas y me dice que he estado hecho una porquería. Te molesta, pero te das cuenta de que tiene razón.

Se encuentra anunciado en todas las ferias.

Llevo varias semanas en lo más alto del escalafón. No me había pasado nunca. Me siento como el Betis cuando en las primeras jornadas de Liga va el primero [risas].

Dígame pros y contras de torear mucho para un torero de su estilo.

A mí me gusta torear. El año pasado fue la primera vez que toreé muy seguido, llegando a casi 60 corridas, e incluso en agosto y septiembre toreé tres o cuatro días seguidos. Imaginaba que a lo peor me podía pesar, pero fue al revés. De una tarde a otra las cosas que me habían dado miedo al día siguiente quería arrebatarlas. Uno va cogiendo una confianza que se transmite en seguridad delante del toro.

Nunca toreó tan seguido en 12 años de alternativa, ¿ese coger seguridad se traduce por coger oficio?

El oficio se necesita para poder expresar y someter a los toros, para no limitarte a los cuatro que te pueden valer.

¿La positiva actitud de este año es continuidad de la mostrada de mitad de la pasada temporada en adelante?

Así fue, a medida que iba transcurriendo la temporada fui cogiendo un puntito más salvaje. Me gusta torear bien y soy tremendamente ambicioso. No en el dinero ni en las orejas, sino en querer torear mejor que nadie. Pero en ocasiones ser tan perfeccionista linda con lo correcto, y a veces aburre. Querer llevar las cosas tan controladas en el toreo le quita grados de emoción, sensibilidad, espontaneidad… Me he ido dando cuenta con los años y he ido saliéndome de lo correcto y de lo que controlo en la búsqueda de algo más profundo y arrebatado.

Hablando de arrebato, una vez pregunté al maestro Morante por usted. Me habló de su buen corte, pero matizó: «Le falta tragarse la camisa».

No había escuchado nunca esa expresión.

En esta búsqueda suya de la perfección, ¿a veces se ha olvidado de la condición del toro?

Hay dos tipos de toreros: los que se miran a sí mismos y los que se miran a través de las embestidas. A mí me llenan mucho los que se miran a sí mismos, su expresión está por encima de todo. Pero si sólo te miras a ti mismo, te dejas muchas cosas en el camino. Ahora, adquieres una expresión sobrenatural. No te importa nada, ni nadie, ni lo que tengas delante. Yo creo que esa expresión de mirarme a mí mismo no la voy a perder en la vida. A veces estoy tan pendiente de los vuelos del capote, de los vuelos de la muleta, incluso viendo a un compañero, que cuando me preguntan cómo ha sido el toro y no sé decirlo. A los ganaderos les pasa al revés. Analizan el toreo a través de las embestidas. Habría que llegar a un equilibrio y estar pendiente del animal para que tu tauromaquia sea más rica y no libre de encorsetamientos.

Del toro hemos hablado recientemente, y coincidimos en lo que creemos, en las manos del ganadero por encima de todo lo demás. 

Estoy totalmente convencido, yo no creo en encastes ni procedencias, sólo creo en el ganadero y en sus manos. Hay ganaderías con las que, cuando estoy delante, muchas veces le tengo más fe al ganadero que al propio toro. Los hechos me dan la razón: una ganadería se parte en dos, y la misma ganadería en unas manos es un desastre y en otras manos es una joya. 

Tiene cuatro tardes por delante en Sevilla. ¿Cómo encara su regreso a la plaza de la Maestranza? [Un silencio muy pronunciado].

Sevilla es una plaza que me ayuda a sentirme torero. Me hace pasar mucho miedo la jodía, pero estoy a gusto y me siento esperado. Que es de las cosas más bonitas que tiene el toreo. Te colocas con el capote y ya notas el runrún. Es una plaza que te canta el ole por adelantado, sin necesitar que acabes el lance. 

Vuelve Morante sin haberse ido. ¿Qué supone su presencia para la tauromaquia? 

[Otro silencio enorme]. Me alegro de que haya vuelto por nuestro gusto y satisfacción interior. Su ausencia había generado un vacío muy difícil de llenar entre los aficionados, los profesionales y los empresarios, así que bienvenida sea esa ilusión que ha despertado en la gente por volver a las plazas. 

Su apoderado, José María Garzón, se ha convertido en el empresario de La Maestranza. ¿Qué respaldo extra supone a la hora de estar colocado en las ferias? 

Las cosas son como son. Es indudable que me da un valor añadido, estaría mintiendo si dijera que no. Pero en estos años jamás hemos utilizado la situación de José María para jugar con intercambios en otras plazas ni nos hemos aprovechado de la situación. 

Hace cinco años los augurios sobre el toreo eran terribles por la pandemia, y hoy vemos un nivel de asistencia alucinante, con mucho volumen de gente joven. 

Nada es por casualidad. Hemos sobrevivido sin grandes apoyos institucionales como otros sectores. Le vimos las orejas al lobo. El sector se puso de acuerdo y ha demostrado estar mucho más unido de lo que siempre se ha dicho. Los ganaderos abrieron sus casas, los empresarios inventaron cosas para atraer público y los toreros han ido incluso a colegios buscando contacto con la sociedad. Hemos dado un gran ejemplo de unión para salvarnos. A quienes nos duele el toreo, los priorizamos por encima de nuestra propia vida. 

¿Cómo educamos a esta juventud que ha venido en aluvión y la salvamos de la demagogia de las redes sociales? 

No es fácil. La mayoría de los buenos aficionados lo han mamado en casa desde niños. Sin embargo, como el toreo es verdad, tiene una fuerza interior que hace que la emoción y el arte se asienten sin necesidad de tener muchos conocimientos previos. Muchas veces esa verdad se asienta incluso con más facilidad en quienes llegan sin prejuicios.

¿Qué tres libros taurinos le recomendaría a un aficionado nuevo? 

Le diría tres. El hilo del toreo, de Pepe Alameda, que a mí me hizo crecer y entender muchas cosas; la biografía de Antonio de la Villa sobre Juan Belmonte; y Lupe, el sino de Manolete, de Carmen Esteban, para entender el lado personal de los toreros. Si después de leer esos tres libros el toreo no te pellizca, creo que esto no es lo tuyo.

Cuidando como cuida tanto los detalles, ¿por qué se cala el sombrero de ala ancha en la ceja izquierda?

Por comodidad. Soy diestro, pero, sinceramente, todo por el lado izquierdo me resulta mucho más fácil. Me decían que los toreros se lo calaban al lado derecho, pero yo me veía mejor y me sentía más cómodo dejándolo caer a la izquierda. Luego, además, encontré fotografías de toreros antiguos, como Juan Belmonte o Chicuelo con el sombrero calado en la ceja izquierda. La verdad es que Belmonte se lo calaba de una y otra manera. 

¿Qué importancia tiene para usted Dios en la vida? 

Dios da sentido a todo aquello que no alcanzo. Hay cosas en mi vida que no soy capaz de contar a nadie, pero al único con el que hablo y soy capaz de contárselas es a Dios. [Se le aguan los ojos]. Le hablo, siento que Él me escucha. Y siento que me juzga y me dice si he hecho bien o mal, pero tengo su confianza. 

¿Qué dolor lleva dentro para que a un tipo tan sereno le asalten las lágrimas? 

Bueno… El toreo tiene una parte muy sufrida. Me hace sufrir mucho. No sé si me da más alegría o más sufrimiento. No lo sé. Hay una línea muy fina en el toreo, y también en la vida, entre la profundidad y el sufrimiento. Creo que los toreros o los hombres que buscan la profundidad acaban siendo personas sufridas. La búsqueda de la profundidad te complica la existencia. 

¿Tiene una idea respecto a la eutanasia? 

No me atrevo a opinar porque no lo he vivido. Son temas muy al límite y, sinceramente, no sé cómo actuaría yo. A veces uno lleva ideas preconcebidas por su educación, pero a la hora de la verdad, cuando la situación llega, te descoloca y no sabes cómo actuarías. 

A días de las elecciones en Andalucía, ¿qué desearía para su patria chica? 

Me da miedo la política y no me gusta que los políticos se acerquen al toreo sólo porque en un momento determinado les pueda interesar. Me gustaría que la clase política se acercara de manera real. El político que sienta de verdad el toreo, que lo arrope y lo acoja, del color que sea. Y el que no lo sienta, que lo suelte y lo deje en paz.

Publicado en El Mundo


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