Por José García-Carranza.
Da igual que falles con la espada Morante. Juro por Dios en arameo y todas las lenguas bíblicas que es la mejor faena que he visto y veré, si el maestro no lo remedia, en mi vida de aficionado. Que la faena al terciado cuarto toro de la tarde, de nombre Colchonero, de la ganadería de Álvaro Núñez, quedará en la historia de los anales de la tauromaquia, como la de la Belmonte al toro Tallealto de Contreras, la de Gallito al toro Cantinero de Santacoloma, la de Chicuelo al toro Corchaíto de Graciliano o la de Manolete al toro Ratón de Pinto Barreiros.
Juro también por Dios en arameo y todas las lenguas bíblicas que hoy, gracias a Morante, he visto a Romero parar de nuevo los relojes toreando a la verónica, al Gordito poner un par al quiebro sentado en una silla de enea, a Fuentes banderillear con elegancia clavando con temple en la misma cara del toro, a Joselito en un quite por tijerillas, a su hermano Rafael iniciando la faena por alto sentado en una silla en el tercio, a su padre el señor Fernando toreando a una mano, a Pepe Luis dando el pase de las flores, a Belmonte toreando al natural y al Bomba adornándose al rematar la faena. Que más da Morante que la espada no entrase si yo sé, y otras veces lo he visto, que matas con la honestidad de Frascuelo y la verdad de pisar, como las grandes figuras, el terreno donde los toros siempre embisten. Que más da Morante que la espada no entrase si hoy, en una faena, has enseñado cien años de tauromaquia.
Antes de esa borrachera de toreo, ya en el primero de la corrida nos dio el maestro un aperitivo de lo que estaba por venir en unos ayudados por alto, que antes llamaban del guardabarreras, y que ejecutados por Morante, como pasaba con Manolete, alcanzan una gran intensidad. Poco más pudo hacer, que más da con lo que vino luego, ante un toro ayuno de fuerza que se negó a embestir.
Es difícil torear con Morante. Como supongo será difícil estar al lado de Dios Padre Todopoderoso. Ortega lo intento y, a veces, lo consiguió. Pero claro cuando un dios torea es mejor verlo sentado en el estribo. Tuvo incluso la osadía de realizar un bello quite de chicuelinas de manos altas, que tanto me recuerdan a Chicuelo, rematadas con una primorosa media en el primer toro de Dios Padre Todopoderoso. En su primero, segundo de la tarde, toreo también con la derecha, el pitón del toro, con elegancia en series hondas y templadas que no pudo repetir por la izquierda ante la embestida rebrincada del morlaco, que en un pase se mete y lo coge, arrollándolo, gracias a Dios sin consecuencia. En su segundo poco pudo hacer ante un toro soso sin clase que embistió rebrincado a media altura, en una plaza todavía traspuesta igual que él, supongo, por la obra genial del maestro de La Puebla.

A toda la plaza sorprendieron las maneras de Víctor Hernández. Aquí hay torero me dije. Transmite y emociona. Su toreo, vertical e hierático, recuerda a Manolete y, sobre todo, a José Tomás. Valiente, de salida citó a su primero, algo poco habitual, en el centro de ruedo para dar una serie de frente por detrás que remata con una larga. Pisa unos terrenos comprometidos, se coloca siempre dando el pecho, la muleta al hocico del toro, rematando atrás de la cadera, sin rectificar. Así, al natural, primero de costado dando el pecho y después, de frente, deslumbró a la plaza en su primero que, como yo, descubrió que aquí hay torero. Poco pudo hacer en su segundo, todavía la plaza en plena borrachera de Morante, otro toro de embestida descompuesta, con la cara a media altura, que pegaba un incómodo gañafón al final de cada pase.
Acabó la corrida. Un público enfervorecido cogió a hombros a Morante y lo quiso sacar por la Puerta del Príncipe, a lo que la presidenta, insensible, se negó. Para la historia le quedará esta mancha. Estará contenta de haber cumplido el reglamento, el que otras veces, dadivosa y generosa, no cumple. Pero en los aficionados la Puerta del Príncipe del corazón se abrió para siempre a un toreo, Morante, que es Dios Padre y Todopoderoso.
Salíamos de la plaza los aficionados. Todavía emocionados, con la misma emoción que se tiene haciendo el amor a una mujer que se quiere. Me encontré a un tataranieto del Gordito, gran aficionado, emocionados nos miramos, no había nada que decir. Morante nos lo había dicho en la plaza.
De vuelta, feliz muy feliz, me acordé de todos los aficionados que en la plaza o fuera de ella, gracias a la televisión, vieron una faena que quedará para los anales. Me acordé, en especial, de un sobrino, Alfonso, con sangre taurina en sus venas, que descubrió el toreo viendo a Morante al que, seguro, emocionado, también vio ayer desde la cama de un hospital. Eso que vistes ayer, Alfonso, es el toreo. La fiesta más bella del mundo.
Publicado en Diario de Sevilla




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