Las cornadas gravísimas de Morante de la Puebla y Roca Rey en la Feria de Abril de Sevilla han sacudido la temporada taurina más apasionante del siglo XXI, la de una rivalidad que lleva décadas sin verse en los ruedos La advertencia del cirujano taurino Sáenz de Tejada tras la cornada de Morante inquieta al mundo del toro
Por Gloria Sánchez-Grande.
En el verano de 1959, Ernest Hemingway volvió a España con la certeza de que iba a presenciar algo irrepetible. No venía a descansar ni a rememorar glorias pasadas. Venía a ver una guerra. Una guerra sin fusiles, librada en la arena, entre dos hombres que se querían y se destrozaban a partes iguales: Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, los dos toreros más grandes de su tiempo, cuñados dentro y enemigos fuera.
El resultado de aquel viaje fue El verano peligroso, su última gran obra española, y el título no era literatura: era un parte médico. En diez corridas, ambos toreros sufrieron tres cogidas cada uno. La vida imitaba al arte, o más bien al revés: el arte intentaba sobrevivir a la vida.
Sesenta y siete años después, sin Hemingway en el mundo, la historia ha vuelto a suceder. Esta vez en primavera. Esta vez en Sevilla. Y con dos nombres que dividen a la afición como no lo hacía nadie desde hace décadas: Morante de la Puebla y Roca Rey.
Dos formas de entender el mundo
Hay rivalidades que se explican con números. Las de Morante y Roca Rey no. Para entenderla hay que verla, y para verla hay que saber mirar.
En menos de una semana, los dos toreros más importantes del momento han pasado por la enfermería de la Maestranza, con cornadas que han puesto en jaque la temporada.
José Antonio Morante Camacho, Morante de la Puebla, es un sevillano con alma de pintor del XVII. Un maestro, un genio irrepetible. Torea como quien escribe poesía y sin perder el valor. Roca Rey, en cambio, es joven, esbelto, con una quietud en el cuerpo que desafía la biología cuando el toro embiste. Si Morante es el pintor, Roca Rey es el escultor. Torea con el corazón desbocado y el cuerpo quieto, y esa contradicción es su grandeza.
Son distintos en el estilo, distintos en el origen, distintos en la forma de entender lo que ocurre entre el hombre y el toro.
La larga historia de las grandes rivalidades
La tauromaquia lleva siglos alimentándose de sus contiendas. Los historiadores sitúan el origen de las grandes rivalidades en el siglo XVIII, cuando Costillares y Pedro Romero se disputaban la hegemonía de los ruedos con estilos tan opuestos como sus públicos: las clases altas iban con Costillares, el pueblo llano con Pedro Romero. No es un dato menor que Hemingway, buen conocedor de la historia del toreo, eligiera el nombre de Pedro Romero para el torero protagonista de Fiesta, su primera gran novela española, publicada en 1926.
Luego vinieron Joselito el Gallo y Juan Belmonte, la rivalidad que partió en dos la afición de principios del siglo XX. Joselito, prodigioso técnico, torero nato desde la cuna. Murió en la plaza de Talavera de la Reina en 1920, con veinticinco años, cuando era el mejor torero del mundo. Belmonte, que lo sabía enemigo y hermano a la vez, confesó décadas después que no sabía hasta qué punto se necesitaban el uno al otro. Él sobrevivió a su rival cuarenta años, suficientes para pensarlo mucho. Luego se pegó un tiro.
Después llegaron Dominguín y Ordóñez, y con ellos Hemingway. Después, ya en tiempos más cercanos, la antipatía glacial entre José Tomás y Enrique Ponce, dos maneras de entender el riesgo que nunca se entendieron entre sí. Y el caso peculiar de Joselito, el de la goyesca de Madrid del 96, que confesó abiertamente que odiaba a Ponce porque tenía el don de la regularidad, mientras él alternaba el cielo y el barro. “Ese odio es mi motivación”, dijo, y nadie le discutió la honestidad.
Ahora son Morante y Roca Rey. Y la historia, que no aprende pero sí repite, ha vuelto a escribir su capítulo más dramático en los ruedos de Sevilla.
La Feria que nadie olvidará
El lunes 20 de abril, en plena Feria de Abril de Sevilla, el cuarto toro de los hermanos Matilla se le cruzó a Morante cuando trataba de fijarlo fuera de las rayas. Lo desarmó. Lo arrolló. Lo prendió. Lo levantó en el aire. El pitón izquierdo le alcanzó en el glúteo. Tendido de espaldas en la arena, inerme, con el toro todavía sobre él, pisoteándole la zona lumbar, Morante fue conducido a la enfermería en medio de una consternación que recorrió la plaza entera como una corriente eléctrica.
El parte médico fue demoledor: cornada que le perforó el recto, calificada de muy grave, con una trayectoria de unos diez centímetros, lesionando parcialmente la musculatura esfinteriana anal y perforando la cara posterior del recto.
Tres días después, el jueves 23 de abril, fue el turno de Roca Rey. Para rematar con estocada una faena al quinto toro, se echó literalmente encima del animal. Salió prendido por el muslo derecho, zarandeado durante unos instantes angustiosos. En el traslado a la enfermería fue perdiendo mucha sangre. El parte médico habló de una cornada muy grave en la cara interna del tercio superior del muslo derecho, con una trayectoria total de 35 centímetros —veinte descendentes y quince ascendentes—, rotura extensa de músculos y disección del paquete vasculo-nervioso femoral superficial. Una herida de guerra.
En menos de una semana, los dos toreros más importantes del mundo han pasado por la enfermería de la Maestranza —pobre doctor Mulet— con cornadas que han puesto en jaque no solo su temporada, sino su integridad física.
El fantasma de Hemingway
Hay algo en todo esto que el viejo Ernest habría reconocido de inmediato. Él llegó a España en el verano del 59 convencido de que iba a asistir a algo más grande que una temporada taurina: iba a asistir a un drama clásico, a una lucha de orgullo, sangre, arte y destino. Y tenía razón.
Hemingway desembarcó el 1 de mayo de 1959 en Algeciras a bordo del Constitution, junto a su mujer, instalándose en La Cónsula, la hacienda malagueña de su anfitrión Nathan Bill Davis. Desde allí siguió el mano a mano entre Dominguín y Ordóñez de feria en feria, en un humillante Ford de color rosa alquilado que le resultaba indigno pero que no le frenó. Estuvo en Madrid durante San Isidro, donde su presencia en los palcos se anunciaba casi como parte del cartel. Al final de cada corrida, según los testigos, la concurrencia se volvía a buscar su barba blanca para saber si el matador había estado bien o mal.
Estaba en Aranjuez cuando Ordóñez sufrió una cornada y se convirtió, a su manera desbordada y supersticiosa, en el amuleto del torero. “Este es un verano maravilloso”, dijo en algún momento. “Quien no pueda escribir aquí no podrá escribir en ninguna parte”.
Hemingway bebía sin límites, veía la muerte en todas partes y solo hablaba de la fatalidad. Y, sin embargo, escribió con una energía que desmentía a sus sesenta años maltratados. El verano peligroso es el relato de un hombre que sabe que se muere y elige vivir a máxima velocidad antes de que llegue la cuenta. Poco después regresó a Idaho. Se suicidó. Lo enterraron el día de San Fermín.
El vacío que dejan
Ahora la temporada queda en suspenso, pendiente de dos recuperaciones que nadie sabe cuánto tardarán. El primer compromiso compartido llegaba el 10 de mayo en Valladolid, con toros de Jandilla, junto a Juan Ortega. El 15 de mayo en Jerez de la Frontera, de nuevo juntos, esta vez con Sebastián Castella. El 31 de mayo en Aranjuez, con Pablo Aguado. Tres carteles de máxima atracción que ahora son papel mojado.
Las plazas que los esperaban tendrán que buscar soluciones. Los carteles se reharán. La temporada continuará, porque la temporada siempre continúa. Pero el hueco que dejan los dos primeros espadas del mundo no se tapa con parches.
El contrato no escrito
Ni Morante ni Roca Rey se quejarán de su suerte. Ningún torero lo hace. Hay en la cultura taurina una aceptación del riesgo que va más allá del fatalismo y roza algo parecido a la filosofía. Las cornadas no son accidentes imprevistos: son la consecuencia natural de acercarse demasiado a algo que puede matarte. Eso lo sabe el torero cuando se viste de luces, cuando sale al patio de cuadrillas, cuando cruza la barrera y pisa la arena.
“Más cornadas da el hambre”, dice el refrán. Y, aunque suene duro, encierra una verdad que los toreros conocen mejor que nadie: el peligro no es un defecto del oficio, es su definición. Sin él no habría emoción. Sin emoción no habría plaza llena. Sin plaza llena no habría tauromaquia. Es un círculo que se sostiene sobre la valentía de los que están dentro y la expectativa de los que miran desde fuera.
Y el espectáculo continuará. Sin las dos grandes figuras que llenaban las plazas, pero con la certeza de que volverán. Y, cuando vuelvan, la rivalidad seguirá donde la dejaron: en ese territorio de arte, riesgo, orgullo y duelo que lleva siglos siendo la materia prima de la tauromaquia.
Hemingway lo entendió mejor que nadie. Él también firmó ese contrato, a su manera, cada vez que se sentó en un tendido con una libreta y un vaso de whisky. La diferencia es que él solo arriesgaba las palabras. Ellos arriesgan la vida.
Publicado en EuropaSur





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