Por JC Valadez – De SOL y SOMBRA.
Si ayer Madrid había encontrado motivos para ilusionarse, lo de esta tarde fue exactamente lo contrario: una corrida soporífera, desesperante y profundamente decepcionante. La afición acudió a Las Ventas con la expectación lógica que provoca el regreso de un hierro tan legendario como Partido de Resina (Pablo Romero) a la primera feria del mundo. Pero la historia, el romanticismo y la leyenda no siempre embisten.
La corrida resultó un auténtico desastre. Mal presentada para una plaza de esta categoría, desigual, fuera de tipo en varios ejemplares y, sobre todo, vacía de bravura. Toros descastados, sin fuerza, sin emoción, sin transmisión y sin un mínimo de fondo que permitiera construir una tarde digna. Un encierro completamente inservible. Nada tuvo movilidad, ni clase, ni poder. Nada. Y cuando el toro no rompe hacia adelante, el tedio se instala inevitablemente sobre el ruedo.
Dentro del naufragio general, Antonio Ferrera volvió a ejercer como ese torero siempre pendiente de la lidia completa. Gustará más o menos su concepto, pero nadie puede negarle oficio ni capacidad para estar atento a cuanto sucede en el ruedo. Su primero, muy bajo y mal hecho, salió completamente suelto desde el inicio. Ferrera intentó sujetarlo con inteligencia y paciencia, administrando una embestida mínima, de corto recorrido y completamente agotada desde el primer muletazo. Todo fue medido, casi quirúrgico, buscando sacar agua de un pozo absolutamente seco.
Con el cuarto, otro toro deslucido y sin celo alguno, el extremeño volvió a mostrarse tremendamente meritorio. Robó algunos naturales estimables y logró sostener una faena imposible ante un animal completamente parado. El problema fue alargar innecesariamente aquello. Cuando no hay materia prima, insistir solo multiplica el aburrimiento. Mató con solvencia y escuchó una ovación protestada por un sector.
Después apareció Calita, el representante mexicano en una tarde donde había mucho más que demostrar de lo que finalmente mostró. Y la sensación fue preocupante. Su primero, quizá el toro con algo más de clase del encierro, exigía precisión, suavidad y temple. Pedía mano baja, distancia exacta y toreo despacio. Pero el mexicano nunca terminó de entenderlo. Toreó sin ajuste, sin acople y espíritu. La espada, además, volvió a convertirse en un auténtico suplicio para El Calita.
Lo peor no fue únicamente la falta de contenido de su actuación, sino la sensación de techo. De torero que parece instalado en un nivel del que difícilmente podrá salir. Su segundo tuvo algo más de recorrido, pero volvió a encontrarse con un Calita desdibujado, sin mando ni estructura. Madrid terminó tragándose una actuación gris, plana y absolutamente intrascendente.
Y luego llegó Colombo.
Lo del venezolano fue directamente una caricatura de sí mismo. En su primero dejó una imagen impropia de una plaza como Las Ventas. Banderillas pasadas, colocación inexistente, ventajas constantes y una lidia atropellada. Todo ocurrió fuera de sitio, sin ajuste y sin verdad. La sensación era la de asistir a un espectáculo más cercano a una corrida bufa que a un festejo de feria en Madrid.
Pero lo verdaderamente increíble sucedió en el sexto. Más de cinco minutos completos con las banderillas en la mano, incapaz de cuadrar a un toro completamente parado. Cinco minutos eternos en los que la plaza pasó de la incredulidad a la indignación. La cuadrilla tuvo finalmente que entrar al quite para consumar un tercio grotesco, mientras el palco optaba incomprensiblemente por cambiar el tercio ante la manifiesta incapacidad del matador y de sus hombres para cumplir con su obligación.
Aquello fue el resumen perfecto de la tarde: desconcierto, falta de autoridad y ausencia total de grandeza.
Las Ventas vivió el día de hoy de una de esas corridas que deberían servir para reflexionar seriamente sobre muchas cosas. Sobre el toro que se lidia, sobre determinados nombres que siguen ocupando carteles importantes, como los dos diestros latinoamericanos que actuaron el día de hoy sin mérito alguno, y también sobre la peligrosa costumbre de sostener ciertos prestigios ganaderos únicamente por el peso de su historia.



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