Un palco indecente comandado por Don Jaime Pons y asesorado por José Barceló ‘Campanilla’ se cargan la tarde de toros.
Por Ángel Escribano.
Inca volvió a ser escenario de una tarde donde el toreo convivió con su propia caricatura. Un festejo envuelto en triunfalismo, orejas sin medida y un palco incapaz de sostener el más mínimo rigor. Y cuando el rigor desaparece, el toreo deja de pesar. Desde el primer toro quedó claro el tono de la tarde: el de la concesión fácil.
El abreplaza de Hermoso de Mendoza, parado de salida y a menos de medio gas, fue llevado con oficio a los medios, donde el rejoneador encendió los tendidos con quiebros, piruetas y banderillas cortas. Pero la tardanza en doblar al toro enfrió lo que la plaza ya había calentado, y el primer apéndice cayó como presagio.

Borja mostró mimo y temple con un ejemplar de La Palmosilla justo de fuerzas, cuidándolo más que sometiéndolo, sacando lo poco que tenía de dentro hacia fuera. Faena honesta, sin grandes alardes, premiada con una oreja sin petición clara. El tercero, con más presencia, ofreció los mejores pasajes en los naturales de un salmantino que intentó alargar lo que el toro iba apagando poco a poco. Hubo momentos de ligazón al natural, pero los enganchones y una espada defectuosa dejaron otra oreja de esas que pesan poco. Y entonces llegó el juicio más duro de la tarde: el palco. Un palco sin rigor. Un palco sin pulso. Un palco que convirtió cada pase en trofeo y cada esfuerzo en triunfo automático. Y con ello, la plaza dejó de medir.

El cuarto de Guillermo Hermoso de Mendoza, del Capea, fue de lo más completo del festejo. Prontitud, fijeza, transmisión. El rejoneador lo llevó a dos pistas, lo templó en los medios y brilló en banderillas al quiebro. Pero el premio, de nuevo, llegó sin medida: dos orejas tras fallo con el rejón.
El quinto tuvo trapío y verdad. Borja lo administró con inteligencia, dándole ventaja y llevándolo a los medios con limpieza. El toro, sin embargo, se fue apagando, perdiendo entrega tras cada muletazo. Mató con verdad. Oreja discutible. Y la sensación de que ya todo daba igual.

El sexto, de Marco Pérez, fue el toro de la tarde. Pronto, con recorrido, con transmisión. Chicuelinas ceñidas, un inicio de rodillas de gran impacto y una faena completa por ambos pitones. Fue un toro bravo, de los que justifican una tarde. Murió en los medios como mueren los toros importantes.
Dos orejas al torero… y ni siquiera una vuelta al ruedo al toro. Ahí quedó retratada la tarde. Porque si el toro extraordinario no se reconoce, si el esfuerzo no se mide y si el premio se reparte por inercia, el problema ya no es del ruedo. Es del criterio. Y en Inca el criterio hoy estuvo ausente.
Publicado en Última Hora.




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