Feria de San Isidro: José Tomás, por la puerta grande…un 21 de Mayo de 1999.

Por Joaquín Vidal.

Se cumplieron las previsiones: José Tomás iba a ser el triunfador, y triunfó; José Tomás iba a barrer con todos, y barrió; José Tomás se iba a jugar el todo por el todo, y se la jugó. Resultado: aclamaciones, el delirio, salida a hombros por la puerta grande; un cartel revalorizado, si es que tenía algo por revalorizar; la toma con pleno derecho del cetro del toreo. Hoy es José Tomás quien manda en España. Se entiende: después del Rey. Ya lo había dicho el poeta, tiempo ha, con referencia a Vicente Pastor. El poeta era Rafael Duyos, que puso la frase en boca de una infanta. Dice que le dijo la infanta a una de sus damas de corte: “Reconocerás que este Vicente Pastor es hoy quien manda en España. Se entiende, ¡después del rey!

Pues eso: manda José Tomás. Después del Rey.

A César Rincón y a Rivera Ordóñez, para empezar, los mandó a por tabaco. Andaban César Rincón y Rivera Ordóñez que si meto el capote o que si no lo meto, que si esto o lo otro, y fue José Tomás, se lo echó a la espalda, ciñó una gaonera y a la siguiente salía por los aires volteado entre las astas. ¿Quiere creerse que ni se miró siquiera? Volvió a la cara del toro, concluyó los lances y se marchó tan serrano.

Ahí se metió José Tomás al público en el bolsillo porque así, con valor y con lo que hay que tener, es como se meten a los públicos en el bolsillo los toreros.

Luego se lo metió ligando naturales. No se dobló, ni tanteó, ni nada. Antes al contrario salió a los medios, la muleta en la izquierda y se puso a torear al natural. Lo malo fue que el toro no estaba para semejantes trotes y al tomar el natural cayó de cuernos, se apalancó en ellos y pegó una voltereta que, si la ve Ángel Cristo, le contrata para el circo.

Toro que cae de cuernos desmerece las mejores faenas y así pudo ocurrir de no ser porque la afición estaba con el artista e hizo como que no veía. Y el artista se complació en torear despacio, ligar naturales ora cargando la suerte ora juntas las zapatillas, marcarse unos redondos, abrochar la faena con los inevitables ayudados, cobrar una estocada no muy arriba y llevarse la oreja que se pidió con verdadera vehemencia.

Los que habían ido a por tabaco no pudieron apreciar el toreo como es, y eso les salva.

En el caso de César Rincón no es que lo ignore sino que se le ha debido olvidar. César Rincón parecía un principiante. No ya en el primer toro al que, pese a su nobleza, no le ligó ni un pase, los dio todos corriendo; sino, sobre todo, en el cuarto, de acusada mansedumbre, con el que no empleó recurso lidiador alguno, sufrió achuchones y acabó perdiendo los papeles.

En el caso de Rivera Ordóñez quizá sea que le falta escuela. Se ponía a pegar derechazos -en el quinto toro empezó por naturales- y cada pase resultaba de una espantosa vulgaridad. Para su mal, la afición se los examinó con lupa, y le reprochaba la colocación, las distancias, el pico, el fuera-cacho, esas cosas.

La analítica no funcionó, en cambio con José Tomás, para su bien. El toro último, manso, luego recrecido en virtud de una casta indómita, trajo a José Tomás por la calle de la amargura. Lo importante fue que José Tomás le plantó cara, se lo pasó cerca, menudearon los embroques espeluznantes, la angustia trascendió a los tendidos y al público le iba a dar algo. Los enganchones se sucedían y cada enganchón se aclamaba con olés; hubo tres desarmes y cada desarme provocaba una ovación clamorosa. El torero no podía con el toro, ni siquiera cuando al final instrumentó unos torerísimos ayudados por bajo, y salió empitonado otra vez. Al cobrar José Tomás la estocada se desbordó el entusiasmo y el torero salió a hombros por la puerta grande en loor de multitud.

José Tomás es hoy quien manda en España. Estaba el Rey viendo el acontecimiento desde una barrera pero como iba de incógnito no reivindicó sus derechos y aplaudía también.

Publicado en El País un 19 de Mayo de 1999


José Tomás la consagración

de la primavera de 1999.

El de Galapagar se consagró aquel año en Madrid de manera definitiva con cuatro tardes a sangre y fuego, y donde toda su plenitud de toreo al natural llenó de magia el coso venteño.«La consagración de la primavera» es una célebre y en su momento escandalosa obra musical de Stravinsky, en la que con una percusión obsesiva se narraba el sacrificio ritual de una joven para celebrar la primavera con la muerte ante su tribu. Fue precisamente lo que José Tomás de manera litúrgica y apasionada construyó ese mítico San Isidro 99. Un rito de belleza y de enorme sacrificio. Todas sus actuaciones se caracterizaron por la intensidad emocional y por la determinación. Y salvo los malos aficionados y algunos plumillas, nadie comentó que era un suicida o que apostaba con perder la vida, como en tiempos actuales se ha propalado desde la pequeñez taurina.

En una temporada marcada por su apoderamiento con Enrique Martín Arranz, la vuelta a su entorno del bohemio e ideólogo incomparable Antonio Corbacho, así como por la soterrada guerra con muchos empresarios y el diestro Enrique Ponce, el artista ajustó tres tardes en feria y la Corrida de Beneficencia. El ser o no ser del torero de época se jugó como nunca en un serial isidril donde la emoción y la hondura josetomasista azotaron toda la cartelería. El triunfo le precede al ya histórico San Isidro 99 llegaba el torero después de haberse ganado el respeto de Sevilla, en una campaña que le haría figura de leyenda, pues después de Madrid y las cuatro tardes, se programaron 65 festejos de peregrinación para los amantes del toreo total, donde se pasó por la faja y el alma a 130 toros, con la cifra administrativa de 108 orejas y 5 rabos en el esportón. Pero sobre todo con el balance de que ya nada sería igual en la tauromaquia contemporánea. Había un coleta que plasmaba con una vocación ética y una volcánica estética lo que antes habían imaginado los Belmonte, Joselito el Gallo, Manolete o Antonio Ordóñez. Había nacido uno de los grandes. En todo caso aquel fundacional 99 no hubiera sido nada sin la impronta y su concepto del toreo plasmado antológicamente en sus faenas de la calle Alcalá.

La primera tarde, la del 18 de mayo, José Tomás dejó para la posteridad uno de los mejores y más emocionantes quites por gaoneras que se recuerdan. La quietud y la majestuosidad del torero en esos lances prologaron su impresionante feria. De hecho, esa tarde tras cortarle una oreja a uno de El Torero, abrió la puerta grande de Madrid tras la memorable y épica faena al sobrero de El Sierro, con un valor al límite en una pelea ganada por el genio.En su segunda de feria, el día 26 de mayo, José Tomás hizo una de sus más legendarias faenas a un toro de Puerto de San Lorenzo, que de no haber pinchado reiteradamente, habría sido merecedora de ese rabo que Madrid sueña conceder algún día a José Tomás. Cumbre de toreo al natural, expresión artística para uno mismo. Aquella faena hizo volar el alma de una plaza rota y entregada. Su ya inconfundible toreo de toque, sus muñecas dulces, un temple lleno de ritmo e intensidad, la pureza, sus pausas… José Tomás como tótem y tabú. Tras el gesto de matar una deslucida y cornalona corrida de Conde de la Corte, una desangelada tarde de uno de junio, José Tomás llegó a la emblemática Corrida de Beneficencia. Aquella tarde del diecisiete de junio del 99, a beneficio de los damnificados por el Huracán Mitch y del terremoto colombiano, se acarteló con Hermoso de Mendoza, César Rincón y Miguel Abellán. A los de El Pilar les cortó tres orejas José Tomás, gracias a un toreo largo, lento, bello, de mano baja, en una nueva sinfonía torera al natural. Aquella añada 99 ha quedado en la memoria de los mejores catadores de una tauromaquia única, con un compromiso ético insuperable y con una belleza e intensidad que lamentablemente no podrá ser disfrutada en la ramplona feria 2009. No deja de ser una casualidad histórica que el mismo año que se estrenó ante el asombro de los bienpensantes la obra de Stravinsky, Juan Belmonte diera precisamente en la vieja Plaza de Madrid sus célebres cinco verónicas sin enmendarse. Y que años más tarde un silencioso y raro muchacho de la sierra madrileña otro heterodoxo más como el ruso y el trianero, creara aquel San isidro 99 unas obras de arte para la memoria. Bella y ya eterna consagración de la primavera josetomasista.

Siete orejas y tres cornadas

El de Galapagar llevaba seis años sin pisar el ruedo venteño y reapareció, el año pasado. Contaba con el beneplácito del público que lo esperaba con ansia. El 5 de junio José Tomás bordó el toreo. Una media estocada le sirvió para cortar dos orejas al primero de su lote. La puerta grande estaba abierta, pero al héroe no le sirvió y se llevó también los dos trofeos del segundo. Apoteosis. Para su segunda cita, el día 15, la reventa se disparó; tres mil euros pedían por una entrada. Cuando salió, vestido de rioja y oro, se soñaba con vivir lo mismo. El resultado: tres orejas y puerta de la enfermería; tres cornadas le obligaron.

Por: Andrés Sánchez Magro.


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