Feria de San Isidro: Las Ventas arrastra un serio problema.

Un público gritón, aplaudidor y jaranero amenaza cada tarde con acabar de una vez con el prestigio de la ‘primera plaza del mundo

Por Antonio Lorca.

Nueve minutos faltaban para las diez de la noche cuando murió el sexto toro de la tarde, un festejo tan largo que a esa hora ya te habías olvidado de lo sucedido en los primeros toros.

Pero esta duración insoportable, un mal de la tauromaquia actual, se une a otro más grave problema: el asalto diario y permanente de un público analfabeto en materia taurina, gritón, aplaudidor desaforado y orejero hasta la vergüenza ajena que amenaza con apoderarse de esta plaza y acabar de una vez por todas con su prestigio.

Ha ocurrido muchas tardes y, especialmente hoy, ante un cartel de toreros de escaso relumbrón. Hoy no se ha abierto la Puerta Grande de milagro y solo se ha cortado una oreja por el mal uso de las espadas, y toda la culpa hubiera recaído en los tendidos, que parece que han disfrutado como niños en un parque.

José Garrido se colocó de rodillas en la segunda raya del tercio para recibir al cuarto de la tarde; sin duda alguna, la posibilidad de abrir la Puerta Grande tras la oreja que cortó en su primero le sirvió como acicate para una entrega especial. Salió airoso de la apuesta, pero la larga cambiada fue vista y no vista porque el toro apareció en el ruedo como si huyera de su sombra y pasó al lado del torero sin percibirse, seguro, de su presencia. Pero ahí quedó el gesto.

Volvió de hinojos en el inicio de la faena de muleta, y la codicia del toro le permitió entusiasmar a gran parte del público con seis derechazos de buen trazo. El animal repitió en la siguiente tanda con codicia, lo que permitió albergar la esperanza de que Garrido consiguiera el premio soñado, pero no fue posible. Pronto se aplomó el colaborador necesario, y los naturales siguientes a pies juntos y otra tanda final con la mano derecha carecieron de la enjundia necesaria. En resumen, que la Puerta Grande quedó cerrada hasta mejor ocasión.

Si hubiera cortado la oreja en ese toro, se habría planteado un problema sobre el que habrá que reflexionar en algún momento. La Puerta Grande de Las Ventas está muy barata, y el prestigio de la primera plaza de mundo exige que vuelva la seriedad, la exigencia y la integridad.

En el caso de José Garrido, el trofeo que paseó no cumplió el baremo de emoción y calidad que tal premio requiere. Y no es que estuviera mal, no; no estuvo a la altura de una oreja de peso en Madrid.

Lo recibió a la verónica con una rodilla en tierra y, posteriormente, participó en un quite por garbosas chicuelinas rematadas con una larga muy torera.

La faena de muleta estuvo salpicada de momentos bellos tanto en los redondos iniciales como en una tanda de naturales ante un toro de carril, con clase, ritmo y prontitud en la embestida. Pero la labor del torero no alcanzó en ningún momento la altura deseada; faltó consistencia, dominio de la situación y remate. Mató de una estocada algo caída que produjo un agónico derrame del toro, y paseó un trofeo cuando el premio no debió pasar de la vuelta al ruedo.

Y una vuelta entre la aclamación popular dio el joven Ismael Martín, muy animoso, un derroche de pundonor, entrega y tremendismo, vitoreado por un público que creyó estar viendo al Guerra revivido. Y no era para tanto. Era, eso sí, la oportunidad de oro de su corta vida torera, y Martín quiso exprimirla hasta la última gota, pero las prisas no son buenas consejeras, y Martín tiene muchas, y practica un toro superficial y de escaso fondo.

Se le debe reconocer, no obstante, su entrega y sus deseos de agradar. Manejó el capote con soltura y se lució a la verónica en el recibo a sus dos toros. Puso banderillas en ambos y solo el primer par lo clavó asomándose al balcón. No dijo nada ante su descastado primero, y se mostró variado y sin sustancia ante el soso y noble quinto, un sobrero de Fermín Bohórquez, al que había recibido de rodillas en los medios. Del mismo modo esperó al titular devuelto, que lo volteó dramáticamente cuando trataba de capotearlo junto a las tablas. Lo enganchó por la chaquetilla, lo elevó por los aires, y el torero dio una vuelta de campana antes de caer de bruces contra la arena. Solo sus 22 años le permitieron levantarse como si tal cosa. Con el sobrero, volvió a presentarse como un torero de pundonor, pero de toreo superficial y para paladares poco exigentes. A pesar de ello, la plaza vibró en distintos momentos y quién sabe lo que hubiera ocurrido si mata a la primera.

También falló en la suerte suprema Samuel Navalón en el que cerró plaza, además de ser sumamente pesado, como sus compañeros de cartel. Escuchó el primer aviso antes de entrar a matar, y tras una labor aseada y correcta ante un noble toro que le ofreció más posibilidades de las que él desarrolló. Faltó hondura en el trasteo de su primer toro, poco codicioso y soso, lo que no evitó que Navalón se presentara como un joven torero con capacidad para seguir adelante a pesar de esta tarde anodina para su hoja de servicios.

Montalvo / Garrido, Martín, Navalón

Toros de Montalvo, que sustituyeron a los anunciados de Lagunajanda, rechazados en el reconocimiento -el primero y el quinto, devueltos por inválidos-, correctos de presentación, mansurrones, blandos, nobles y descastados. Primer sobrero, de Casa de los Toreros, correcto de presentación, manso y con clase en la muleta. Segundo sobrero, de Fermín Bohórquez, correcto, mansurrón, noble y aplomado.

José Garrido: estocada algo caída (oreja); media estocada -aviso- y dos descabellos (ovación).

Ismael Martín: estocada algo caída (ovación); pinchazo y estocada baja -aviso- (petición y vuelta al ruedo).

Samuel Navalón: buena estocada -aviso- (ovación); -aviso- pinchazo y estocada trasera -segundo aviso- (ovación).

Plaza de toros de Las Ventas. 3 de junio. Vigésimo tercer festejo de la Feria de San Isidro. Algo menos de tres cuartos de entrada (16.811espectadores, según la empresa).

Publicado en El País


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