Opinión: El Toreo, arte español.

Pasarse al toro con naturalidad y despacio, muy ceñido y aguantando, haciendo la cruz en el momento definitivo, con la muerte flameando en los vuelos de la muleta, nos sitúa en otra dimensión: en la belleza.

¿Viene el toreo de los Tartessos, de Roma o de Dios sabrá dónde, siendo los españoles, no los creadores, sino sus continuadores? He aquí un abanico de temas propicios por divagaciones más o menos ingeniosas en el que también han tomado aire estudios que no cabe minimizar ni desconocer. De hecho, yo respeto desde la discrepancia la interpretación de Almagro-Gorbea sobre una supuesta tauromaquia tartésica, valoro desde la discrepancia las apreciaciones sobre los orígenes y características de la taurapsia minoica de Creta, estudiada –entre otros– por Serrano Espinosa, e igualmente desde la discrepancia considero la tesis de Pedro Sáez «sobre la fiesta de los toros en el mundo romano», sustentada en mosaicos, sigilatas y lucernas con saltadores con pértiga, espadas clavadas en el hoyo de las agujas, gladiadores y venatores con telas ante animales en puntas, representaciones reforzadas por textos de autores como Ulpiano, jurista de mediados del siglo II d.C., los cuales brindan testimonio de juegos con vacas y toros que «junto con las representaciones de mosaicos, creemos que son lo suficientemente elocuentes como para pensar en la existencia del toreo a pie en época romana».

El común de los pueblos y culturas, y en particular las mediterráneas, convivieron con el uro y con el toro silvestre, los incorporaron a su mitología y a su sentir religioso, los cazaron y, reverenciando su fuerza, los incorporaron a sus juegos y ceremonias. Esto ha sido así desde la cultura persa (el dios Ormuz crea todas las especies animales desde la sangre y el cuerpo del toro, que encarna la supremacía de la vida sobe la muerte y la derrota del espíritu maligno representado por Arimán, señor de la destrucción y el caos) a las indoarias (guardián el toro del territorio y símbolo de procreación), dejando de lado algunas elucubraciones a despropósito del arte prehistórico de las cavernas.

Dichas realidades se rastrean o hasta se documentan desde muy antiguo, con luchas a muerte, alardes de fuerza, catálogo de quiebros, exhibición de acrobacias, repertorio de saltos, demostraciones de valor y agilidad que únicamente comparten con el toreo la realidad bizarra de un hombre frente a un animal temible. Pero en ningún rincón del planeta, salvo en las tierras de España, desembocaron en el Arte de parar, mandar, templar y ligar, decantado progresivamente a través de los siglos en una evolución privativa del solar hispano. Lo cual, además sólo pudo desarrollarse en paralelo a la creación del toro de lidia, resultado de un demorado y complejo proceso de selección sólo acreditado en la península Ibérica. A partir del arrojo en alas de la inteligencia, sólo aquí se llegó al clasicismo y la belleza del natural, a la caricia envolvente de la verónica o a la emoción sostenida del pase de pecho, en definitiva: al arte del toreo, el vislumbre de cuyos orígenes se identifica en las escenas y documentos que conservamos de los albores, verbigracia, en el artesonado del monasterio de Silos o en un capitel del palacio de los condes de Requena de Toro, donde se aprecian lances que revelan la aspiración a construir algo radicalmente distinto a las mil manifestaciones de la lucha y las acrobacias del hombre con el toro.

Pasarse al toro con naturalidad y despacio, ceñido y aguantando, con poder embarcado y empapado en las telas del desengaño (no del engaño), haciendo del miedo ilusión («el miedo es un estado de ánimo del que huimos los toreros, pero que cuando no lo sentimos lo buscamos», confesó Pablo Aguado, rematando su reflexión con esta verdad: «El día que no siento miedo me asusto mucho»), de frente y con la colocación exacta, llevándolo a jurisdicción, cargando la suerte y haciendo la cruz en el momento definitivo, con la muerte flameando en los vuelos de la muleta, nos sitúa en otra dimensión.

¿En cuál? En la de la belleza, en la médula artística de la tauromaquia, en su personalidad estética, en su identidad simbólica, en su carácter ritual y en su profundidad insondable, porque es última representación que pervive, en alianza democrática y aristocrática, de la vida en el filo de la muerte desde la fidelidad al mito y de la muerte en celebración de la vida desde la certeza del riesgo, real el toro, animal «de carne, y hueso y furia», como constató María Zambrano en ‘España, sueño y verdad’. En cualquier otra disciplina artística, el creador puede equivocarse mientras en el toreo el error se paga con cornadas.

Ahora bien, se impone admitirlo: eso sí estaba y se reconoce en las luchas y en las exhibiciones del circo romano, pero no así la búsqueda intrínseca de la belleza, la estética sobreponiéndose a las asechanzas, la autenticidad de lo simbólico, la lealtad al rito y la alianza profunda, basada en el sentimiento, en cónclave de misterios. El toreo constituye una apoteosis de subversiones contra las leyes buenistas, alegría de pujanzas al margen de falsedades, grandilocuencias de cartón-piedra y afectaciones hueras. Por eso atacan al toreo con palabras envenenadas los enemigos de nuestra cultura.

Además, se impone subrayar una paradoja: quienes reivindican los orígenes en los circos romanos del toreo español se alinean y resucitan, cuatro siglos y medio después, la interpretación que motivó la bula antitaurina de san Pío V ‘De salutis gregis dominici’, promulgada en Roma en 1569 y jamás sancionada en el reino de las Españas, ni en la Península ni al otro lado del mar que nos une. Y es que aquella bula se fundamentaba en el error de que el toreo hispano sería una lucha a la manera de las desarrolladas ‘tauri et aliae ferae in circo’ y no un alarde con alma de rito decantado en arte con verdad humana. Así se explica en el ‘Memorial dirigido al doctor Velasco’, documento de sumo interés, instando por Felipe II para que su embajador Silvestre de Zúñiga desplegara sus argumentos ante la Santa Sede, aunque apenas tendría ocasión de planteárselos al Papa prohibicionista, llevado de este mundo por la mano de nieve en 1572, pero que sí los utilizaría ante su sucesor, Gregorio XIII, el cual promulgó otra bula, ‘Exponi nobis’, asumiendo que «errar es humano, perdonar es divino, rectificar es de sabios».

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Por encima de aquellas incomprensiones, la voluntad que entonces prevaleció fue la del pueblo español, una voluntad entendida, respetada y protegida por Felipe II, y una voluntad que ahora se sigue manifestando tarde tras tarde en las plazas de toros (empezando por la de Las Ventas, cuya gran Feria de San Isidro acoge a diario un cónclave de ratificación), porque no son toros, ni toreros, ni aficionados lo que falta. El problema no está ahí, sino en lo que sobra: actitudes sectarias y políticos que han hecho de las corrupciones su ideología. En fin, recuérdese aquella reflexión de Cervantes en el Quijote: «Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto se ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que ni el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca».

Por: Gonzalo Santonja.

Publicado en ABC


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