Aarón Palacio corta el único trofeo de la tarde, en el sexto, a fuerza de valor y exposición sincera en la primera de las corridas de toros de la feria de San Fermín.
Por David Jaramillo.
Los cuarenta grados, multiplicados por la sensación térmica de la grada, convertían la tarde en una auténtica prueba de resistencia. Bastante había con sobrevivir al calor como para pedir, además, un ejercicio de reflexión. Misericordia para todos, los de abajo y los de arriba.
La jornada ya había comenzado temprano. A las ocho de la mañana, los toros de Fuente Ymbro protagonizaron un encierro rápido, de esos reservados para corredores preparados. En apenas dos minutos y dieciséis segundos quedó despachado el recorrido.
Por la tarde abrió plaza “Manirroto”, un toro imponente de pitones, pero con el comportamiento de quien parecía saberse todas las respuestas. Nunca quiso pasar con entrega. Tampoco comerse a nadie. Todo lo hizo desde la desgana. Daniel Luque volvió a demostrar ese oficio que consiste en hacer parecer mejor al toro de lo que realmente es. El de Fuente Ymbro iba y venía sin gracia ni transmisión y el sevillano, sin violentarlo, consiguió arrancarle varias tandas de mérito antes de despacharlo con rapidez. No había mucho más dentro del animal.
Brindó el cuarto al público y se marchó a los terrenos del sol para comenzar la faena de rodillas. El planteamiento prometía emoción, pero el toro, escaso de raza, nunca terminó de perseguir el engaño con convicción. Luque recurrió entonces a su experiencia para sostener una labor más de oficio que de inspiración, cubriendo con colocación y técnica todos los vacíos que dejaba la embestida.
El segundo volvió a corrales y corrió turno Víctor Hernández. El sobrero tuvo un arranque esperanzador que permitió una tanda de cinco muletazos ligados con temple. Fue un espejismo. El toro se apagó enseguida, aunque no así el torero, que supo buscar primero la distancia y después el terreno corto para mantener vivo el interés de la faena. Por el pitón derecho le avisó hasta siete u ocho veces con peligro el quinto, derrotando con intención y poniendo siempre en aprietos al torero. Era jugarse los muslos casi en balde. Hernández insistió una y otra vez, sin volver nunca la cara, y terminó justificándose por el izquierdo, el único lado por el que el animal dejó entrever algo parecido a una embestida. Le sacó bastante más de lo que el toro llevaba dentro. Una media estocada puso fin a una actuación de mérito.
También de rodillas recibió Aarón Palacio al tercero. El toro tomaba la muleta por abajo, aunque con cierta informalidad. El joven torero construyó una faena más apoyada en los recursos efectistas que en los argumentos del toreo fundamental. Hubo disposición y entrega. Una estocada baja bastó para acabar con el toro y el premio fue una vuelta al ruedo que reconocía la voluntad.
Víctor Hugo Pirri se llevó el susto de la tarde en el sexto. Y también un milagro. Se lo llevaron a la enfermería. Mientras tanto, Aarón Palacio se había marchado a portagayola. Una auténtica locura. El de Fuente Ymbro salió como un tren y lo esperó inmóvil para después continuar de rodillas, desatando el primer gran clamor de la tarde. El toro duró un suspiro, pero Palacio lo exprimió hasta la última embestida. Ese breve puñado de muletazos le bastó para meterse a Pamplona en el bolsillo. Cuando el animal terminó por rajarse y ponerse desagradable, el toro ya estaba acunado en tablas, entró a matar con decisión y cortó la única oreja de una tarde abrasadora. Para entonces, toreros, público y cronistas estábamos tan exhaustos como satisfechos de haber llegado al final.
Los cuarenta grados, multiplicados por la sensación térmica de la grada, convertían la tarde en una auténtica prueba de resistencia. Bastante había con sobrevivir al calor como para pedir, además, un ejercicio de reflexión. Misericordia para todos, los de abajo y los de arriba.
La jornada ya había comenzado temprano. A las ocho de la mañana, los toros de Fuente Ymbro protagonizaron un encierro rápido, de esos reservados para corredores preparados. En apenas dos minutos y dieciséis segundos quedó despachado el recorrido.
Por la tarde abrió plaza “Manirroto”, un toro imponente de pitones, pero con el comportamiento de quien parecía saberse todas las respuestas. Nunca quiso pasar con entrega. Tampoco comerse a nadie. Todo lo hizo desde la desgana. Daniel Luque volvió a demostrar ese oficio que consiste en hacer parecer mejor al toro de lo que realmente es. El de Fuente Ymbro iba y venía sin gracia ni transmisión y el sevillano, sin violentarlo, consiguió arrancarle varias tandas de mérito antes de despacharlo con rapidez. No había mucho más dentro del animal.
Brindó el cuarto al público y se marchó a los terrenos del sol para comenzar la faena de rodillas. El planteamiento prometía emoción, pero el toro, escaso de raza, nunca terminó de perseguir el engaño con convicción. Luque recurrió entonces a su experiencia para sostener una labor más de oficio que de inspiración, cubriendo con colocación y técnica todos los vacíos que dejaba la embestida.
El segundo volvió a corrales y corrió turno Víctor Hernández. El sobrero tuvo un arranque esperanzador que permitió una tanda de cinco muletazos ligados con temple. Fue un espejismo. El toro se apagó enseguida, aunque no así el torero, que supo buscar primero la distancia y después el terreno corto para mantener vivo el interés de la faena. Por el pitón derecho le avisó hasta siete u ocho veces con peligro el quinto, derrotando con intención y poniendo siempre en aprietos al torero. Era jugarse los muslos casi en balde. Hernández insistió una y otra vez, sin volver nunca la cara, y terminó justificándose por el izquierdo, el único lado por el que el animal dejó entrever algo parecido a una embestida. Le sacó bastante más de lo que el toro llevaba dentro. Una media estocada puso fin a una actuación de mérito.
También de rodillas recibió Aarón Palacio al tercero. El toro tomaba la muleta por abajo, aunque con cierta informalidad. El joven torero construyó una faena más apoyada en los recursos efectistas que en los argumentos del toreo fundamental. Hubo disposición y entrega. Una estocada baja bastó para acabar con el toro y el premio fue una vuelta al ruedo que reconocía la voluntad.
Víctor Hugo Pirri se llevó el susto de la tarde en el sexto. Y también un milagro. Se lo llevaron a la enfermería. Mientras tanto, Aarón Palacio se había marchado a portagayola. Una auténtica locura. El de Fuente Ymbro salió como un tren y lo esperó inmóvil para después continuar de rodillas, desatando el primer gran clamor de la tarde. El toro duró un suspiro, pero Palacio lo exprimió hasta la última embestida. Ese breve puñado de muletazos le bastó para meterse a Pamplona en el bolsillo. Cuando el animal terminó por rajarse y ponerse desagradable, el toro ya estaba acunado en tablas, entró a matar con decisión y cortó la única oreja de una tarde abrasadora. Para entonces, toreros, público y cronistas estábamos tan exhaustos como satisfechos de haber llegado al final.
FICHA DEL FESTEJO:
Martes 7 de julio de 2026. Plaza de toros de Pamplona. Tercera de San Fermín. Lleno de “No hay billetes”.
Se lidiaron toros de Fuente Ymbro, muy bien presentados. 1º, va y viene; 2º, muy a menos, 3º, va y viene informal; 4º, desrazado; 5º, complicado; y 6º, movilidad de escasa duración y rajado.
Daniel Luque, de carmin y oro, estocada trasera y desprendida (silencio); y estocada baja (saludos).
Víctor Hernández, de buganvilla y oro, media honda (saludos); y estocada (silencio).
Aarón Palacio, de blanco y oro, estocada baja (vuelta); y estocada (oreja).
Publicado en La Razón



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