El maestro sevillano regresa a Campo Pequeno una década después y consuma una tarde de entrega y de gloria, llevando al extremo el desgarro y el expresionismo.
Por Rubén Amón. Lisboa.
Una década llevaba Lisboa sin verlo y la espera se liquidó en cuestión de horas, las que tardó Campo Pequeno en colgar el cartel de No hay billetes y recibirlo con la etiqueta de “o regresso do genio”. Los toros se ofician en el templo neomudéjar a las 21,45 para que puedan llegar a la capital las gentes del campo. Y la madrugada le sienta bien al misterio. También al fado, que es la música de las horas insomnes y que anoche ejerció de coartada estética. Morante concedió una velada de entrega y de abandono como si la vecindad de la Mouraria hubiera predispuesto el desgarro y el expresionismo.
Sostener que Lisboa induce esa clase de vértigo no es una frivolidad de cronista. Pessoa escribió que el fado es “el cansancio del alma fuerte”, la mirada de un país al dios que lo abandonó, y José Malhoa lo pintó en una taberna de mala vida, elevando la marginalidad a la categoría de asunto nacional. El abandono forma parte del paisaje. Morante, que es el torero más permeable a los lugares donde comparece, se contagió de la atmósfera hasta torear como se canta en la Alfama, o sea, con la voz rota y sin red.
No lo anunciaba la primera faena. Fue un ejercicio de placidez, un tentadero de luces con un toro mansito de Álvaro Núñez al que trató con la paciencia y el decoro de quien afina el instrumento antes del recital. Hubo oficio y hubo cortesía, hubo chicuelinas ceñidas y cimbreadas, incluso. las series se ligaron a compas, pero el desgarro de la noche sobrevino media hora más tarde.
Morante tomó las banderillas para clavarlas al quiebro, comenzó el trasteo de rodillas y a partir de ahí se dejó ir con una naturalidad que desmentía cualquier cálculo. Las series de derechazos y de naturales se cuajaban en los terrenos del toro, abusando de ellos, comprometiendo las leyes de la física y también las del arte, porque la torería y la inspiración perfumaban una faena de enjundia cuya lectura no admitía una explicación racional.
Daba la impresión de que el animal podía cogerlo en cada embroque de tanto acortar los espacios, pero el estado de trance parecía proporcionar a Morante una suerte de inmunidad. Sonreía Morante mientras se ceñía las embestidas arbitrarias del ejemplar de Álvaro Núñez, con esa sonrisa de los místicos que ya miran desde el otro lado del peligro. Un torero melancólico y “abandonao”, ajeno a la prudencia, instalado en la región del toreo donde la técnica deja de explicar las cosas y la emoción las explica todas.
Daba la impresión de que el animal podía cogerlo en cada embroque, pero el estado de trance parecía proporcionar a Morante una suerte de inmunidad
La objeción del escasísimo trapío quedaría en pie si no fuera porque los toros no se pican en Lisboa. Llegan a la muleta enteros, con las facultades intactas y los resabios sin corregir, de modo que reviste mucho mérito y mucho valor someterlos y anestesiarlos como los somete y los anestesia Morante, fiándolo todo al argumento del temple y a la autoridad.
El asunto tiene su envés litúrgico. La tauromaquia es un rito sacrificial y el espectáculo portugués sacrifica precisamente la eucaristía, pues la ley impide la suerte suprema desde hace casi un siglo y deja la ceremonia sin consagración. Podría pensarse que la misa queda reducida a simulacro. La noche del jueves no lo fue porque Morante remedió el vacío litúrgico jugándose las femorales, que ya conocen el idioma de las cornadas, y ofreciendo su cuerpo donde la ley retira el del toro. Puso la sangre posible en el lugar de la sangre prohibida. No hubo estocada, pero hubo verdad. Y la verdad, en los toros como en el fado, consiste en cantar desde la herida.
Morante remedió el vacío litúrgico jugándose las femorales, que ya conocen las cornadas, y ofreciendo su cuerpo donde la ley retira el del toro
El delirio de los tendidos se tradujo en dos vueltas al ruedo y en una salida en hombros por la Puerta Grande, privilegio que Campo Pequeno administra con avaricia. La afición se marchó toreando de memoria avenida de la República abajo, que es la manera lisboeta de reconocer que la noche había valido una década de ausencia.
Hasta la crónica local amaneció pidiendo una estatua del maestro frente a la plaza, sin reparar en que la posteridad ya le toma las medidas, pues el escultor Martín Lagares acababa de presentarle un bronce monumental el miércoles.
El delirio de los tendidos se tradujo en dos vueltas al ruedo y en una salida en hombros por la Puerta Grande
Queda la sospecha de que la ciudad y el torero estaban predestinados a entenderse. La saudade nombra la nostalgia de lo que ya no está o de lo que todavía no ha llegado, y Lisboa ha tardado diez años en desprenderse de la primera. Anoche, viendo salir a Morante en volandas hacia la madrugada, inauguró la segunda. Y lo hizo respondiendo a la expectativa de los carteles publicitarios: O regresso do genio.
La velada reunió más oficiantes y conviene hacerles justicia. António Ribeiro Telles sostuvo a caballo el clasicismo de su estirpe y Fermín Bohórquez, retirado desde 2015, reapareció con una dignidad que prescindía del alarde. Los forcados de Santarém firmaron dos pegas de mucho mérito, mientras el ganadero Murteira Grave saludaba en el ruedo por la casta de su encierro. Por haber, hubo hasta una despedida sentimental. Tomás Bastos hizo su último paseíllo de novillero ante su gente. Toma la alternativa en Santander la semana que viene y alcanzó a postularse como la gran esperanza de la tauromaquia de Portugal -poderoso con la izquierda, mandón con el capote-, si no fuera porque Morante se ha mistificado con el fado hasta hacerse indistinguibles el uno y el otro, como si la luz y la oscuridad condujeran al camino del éxtasis.
Publicado en El Confidencial





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