Un toro de categoría para un buen Víctor Hernández en Santander.

El madrileño corta una oreja por debajo de sus propias expectativas; Juan Ortega se hace con otra; Morante de la Puebla se arrima como ninguno ante una corrida de El Puerto de seriedad menguante.

Por Zabala de la Serna

Un buen Víctor Hernández entró en Santander con un gran toro. Bien, pero cuando te salta un toro de la categoría de Pescadilla hay que aquilatar el toreo, ajustarse en máximos, como corresponde a quien se mira en el espejo de José Tomás. No vale con el bien que escribo y una oreja cuando se es dueño de una izquierda monumental. El extraordinario toro de La Ventana del Puerto marcó las diferencias de una corrida que se jibarizó en su parte final hasta desaparecer cualquier atisbo de seriedad. Otra oreja, más liviana, fue para la finura de Juan Ortega. Y salió sin ninguna, con un lote muy complicado, Morante de la Puebla. Que se arrimó como si no hubiera mañana.

Habían trabajado a destajo en la noche anterior para arreglar el ruedo, no con la apisonadora, sino con una pala cargadora para retirar arena. A una hora en punto del inicio de la corrida, el ruedo era un tapete liso como esas playas de primera hora de la mañana, recién peinadas por las máquinas de limpieza. La plaza de Cuatro Caminos lucía espléndida, abarrotada hasta sus banderas; el tapiz de arena aguantaba las pisadas del paseíllo con más firmeza. Pero fue arrancar la lidia y…

Morante de la Puebla había estudiado la tarde anterior el piso, y por ese motivo eligió los terrenos casi en las antípodas de la zona más gastada y playera, allí en el “3”. Ya había parado al toro de La Ventana del Puerto a la izquierda del burladero de capotes, con dos verónicas brillantes -las dos por la mano izquierda, frenado y brusco el viaje por la contraria- y una media garbosa. Igualaría el toro su aspereza por las dos manos -esos cabezazos-, una mezcla compleja con la falta de poder: un desarme con el capote y otro con la muleta. Morante expuso y consintió mucho, incluso se anotó pasajes -aquellos naturales o aquella serie de derechazos- con sorda y sobrada valentía. Había poco que rascar para tanta exposición y para todo lo que raspaba el toro. Lo único amable del toro fue la armonía de la cara sobre su apretado cuerpo.

Fue curioso ver cómo en una corrida del Puerto y La Ventana se echaban por delante los de La Ventana -que puede ser-, pero sobre todo los de menor presencia por detrás. O sea, que a partir del cuarto desapareció todo indicio de respetabilidad. La suplía éste con su genio, su nervio berreón, su carácter descompuesto. Vaya lote para el maestro. Morante volvió a mostrarse sobrado de redaños, no sólo para pasárselo de nuevo por donde se los pasa, sino para además torearlo como Dios. El viejo se arrima más que los jóvenes.

La faena atravesó todo el ruedo hasta la puerta de toriles, donde una serie de naturales elevó el toreo de categoría. Viajaba el toro siempre soltando calambres. Un esfuerzo enorme para tragarle. Se puso complicado y escarbador para matarlo. MdlP metió el brazo en una estocada muy trasera. Tardó el toro en echarse, y la pañolada no cuajó. No tanto porque la gente se enfriara, sino porque no se enteraron mucho. Quinto y sexto hacían del anovillado cuarto un torito con su presencia de grandonas vacas viejas. Ortega gastó tiempo y mató por sitio innoble y Hernández quiso muchísimo. Las vacas se movieron, por cierto, como dos mulos.

Muy fina, lavada casi, traía la expresión el segundo. Muy fino también de hechuras, generoso el cuello. Por él bajaba un buen embroque, a falta de otras cosas, un paso más por ejemplo. Juan Ortega también respondió con una faena de fino estilo. Que creció desde una fase previa de toma de contacto, de irse conociendo, de si te falta un paso, yo te doy sitio. Mejor la embestida por la mano derecha a partir de la única serie zurda, más seguida y amontonada. Fue tomando ritmo la labor, que halló su cenit en redondo. Esas dos tandas de derechazos -la segunda abierta con el pase de las flores, la otra con un circular invertido- destilaron la fineza ya citada. Un personalísimo final de arrucinas interpretadas con el giro de la manoletina puso la guinda. Una estocada delantera y baja, no tan pescuecera como la de Pamplona, y una oreja de desbocado entusiasmo.

Saltó Pescadilla -ya en Santander hubo otro toro homónimo de los Fraile también sideral- a definir con su exactitud lo que debería ser el trapío del toro de Santander. Unas hechuras formidables, una seriedad hermosísima y, como corolario, un fondo bravo extraordinario. Lo apuntó en la revolera del quite por saltilleras de Víctor Hernández. Que desde los impertérritos estatuarios atrapó el alma de Cuatro Caminos, pero nunca del todo la del excelente toro. Pronto presentó su proverbial izquierda y trazó buenísimos naturales, a falta de aquilatarlos. Como si la muleta (volandera) y el hocico del toro llevaran diferente compás, y a veces caminos paralelos (sin reunión) con el torero.

La derecha cumplió su papel de sostener el eco del público antes de subir los decibelios otra vez al natural, ya apuntando su final rajadito Pescadilla, con su bascular hacia tablas. Allí Víctor Hache apuró por luquecinas y reapuró por manoletinas, como quien se deja algo dentro. Cobró un volteretón por perder la cara. La espada se hundió baja y necesitó un golpe de descabello. Un aviso, una oreja y petición no clamorosa. La ovación prendió para el gran toro de La Ventana del Puerto. Será que yo espero mucho de Víctor Hache. Cuajar un toro así, por ejemplo.

PLAZA DE CUATRO CAMINOS. Miércoles, 22 de julio de 2026. Quinta de feria. Lleno de “No hay billetes”. Toros de Puerto de San Lorenzo (4º, 5º y 6º) y La Ventana del Puerto (1º, 2º y 3º); tres primeros más aparentes, impresentables los tres últimos; extraordinario por todo el 3º; de buen embroque por el derecho el 2º; complicados el bruto 1º y el geniudo 4º; dos mulos 5º y 6º.

MORANTE DE LA PUEBLA, de azul eléctrico y oro. Pinchazo y estocada (silencio); estocada muy trasera. Aviso (petición y saludos).

JUAN ORTEGA, de rosa palo y oro. Estocada delantera caída (oreja); bajonazo (silencio).

VÍCTOR HERNÁNDEZ, de sangre de toro y oro . Estocada baja y descabello. Aviso (oreja y petición); pinchazo y estocada. Aviso (saludos).

Publicado en EL MUNDO


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