Destaca la figura de Morante de la Puebla, auténtico motor sobre el que gira el negocio, convertido en el astro rey alrededor del cual gira el resto compañeros, más o menos aplicados, incluido un desubicado Roca Rey, llamado en otro tiempo a liderar esta generación.
Por Eduardo Osborne.
Por los datos observados de las últimas ferias taurinas, cualquiera diría que estamos ante una nueva edad de oro de la Fiesta. Pongamos el ejemplo de El Puerto de Santa María, plaza de solera. Cuatro corridas de toros, cuatro llenos de no hay billetes, abonos agotados, los bares a reventar, triunfos a diario, todo enmarcado en un ambiente festivo y juvenil como nunca habíamos visto.
Esta nueva eclosión del fenómeno taurino se sustenta sobre varios pilares, entre los que sobresale la creación por un selecto grupo de ganaderos de un toro nobilísimo desde que sale por los portones, generalmente chico, al que casi no se pica, que concede al torero la posibilidad de ponerse delante de él con todas las ventajas, sucediéndose los pases de todos los colores en faenas larguísimas donde prima la plasticidad sobre la emoción. De todos de ellos, destaca la figura de Morante de la Puebla, auténtico motor sobre el que gira el negocio, convertido en el astro rey alrededor del cual gira el resto compañeros, más o menos aplicados, incluido un desubicado Roca Rey, llamado en otro tiempo a liderar esta generación. Por si esto no fuera bastante, este tiempo gozoso para los taurinos cuanta con un invitado inesperado: el respaldo de la Administración. Ni en los tiempos más arrolladores de El Cordobés se ha visto un apoyo mayor de los políticos (con el mismo sesgo derechista, eso sí…), con la vuelta de las retransmisiones televisivas como máximo exponente.
Pero, siendo todo lo anterior magnífico para los que nos consideramos taurinos (no hay que olvidar a quienes, desde su sectarismo, siguen intentando ponernos contra las cuerdas…), permítanme alguna bocina ante tantas campanas. Sólo fui a la última de El Puerto, el pasado domingo, suficiente para confirmar la tendencia clara desde arriba a procurar una sensación triunfalista en todos los sentidos, con muchos trofeos y salidas por la puerta grande, lo que requiere un toro colaborador, una autoridad permisiva y un público agradable, ávido de experiencias, con más pose que criterio. Así, la fiesta se va deslizando desde su perfil clásico más serio, por trágico, hacia un espectáculo amable y colorista apto para la industria del entretenimiento. Y los pocos que nos identificamos más con lo que tenía de movimiento contracultural habremos de resignarnos al nuevo signo de los tiempos.
Publicado en El Diario de Cádiz





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