Si bien la fiesta brava llegó con la crónica cristiana medieval española, en el seno rural mexicano asumió formas complejas.
La fiesta de toros en nuestro país es un mosaico multiétnico, en el que cada día cobra mayor relevancia la tauromaquia de los pueblos que, tras permanecer en una aparente lejanía de la conversación taurina cotidiana, se revela hoy como un modelo organizacional soportado por la devoción al compromiso asumido en las sucesivas generaciones. Ese compromiso casi sagrado, manifestado en la “promesa”, “manda” o “juramento”, es el motor que la impulsó y sostuvo durante los primeros cinco siglos de presencia en nuestra gran nación.
En México se celebran anualmente casi 4,700 festejos de corte taurino al año, de los cuales más de 2,850 festejos (el 61 %) suceden en poblaciones y comunidades menores a veinticinco mil habitantes, donde la mayor proporción de sus habitantes forman parte de los pueblos originarios.
En estados tan taurinos como Yucatán, Campeche, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla, Estado de México, Jalisco, Querétaro, la gran parte de festejos taurinos se llevan a cabo en poblaciones pequeñas y muy pequeñas con menos de 10 mil habitantes.
El asombroso conjunto de festejos taurinos cívicos y religiosos rememora el crisol cultural donde se forjaron leyendas de ancestrales, guerreros míticos y donde hoy se forjan los toreros. El museo viviente de la fiesta brava original se desarrolla con sus propios recursos naturales: se crían toros bravos, se presentan, vestidos de luces, los hijos de la tierra; van aprendiendo los aficionados devotos que mañana organizarán su fiesta, se amarran tablados y plazas artesanales de componentes naturales, se suceden las procesiones tan expresivas de los pueblos que acompañan sus manifestaciones artesanales, musicales, artísticas y religiosas. Es así como escriben su historia y conforman la memoria; preservando sin interrupción la cultura propia a través de las sucesivas generaciones de pobladores, honrando las tradiciones y enalteciendo el orgullo de la identidad y pertenencia.
Si bien la fiesta brava llegó con la crónica cristiana medieval española, en el seno rural mexicano asumió formas complejas. Como en tiempos prehispánicos, comenzó a rendir culto y ofrenda a la luz y al poder de deidades generosas, para integrarse más tarde al calendario ceremonial de los santos patronos tras una admirable secuencia de observación, apropiación y afirmación de pertenencia.
En tiempos de grandes logros sociales, así como de irreparables pérdidas, resulta urgente abrir una profunda reflexión académica, política y social sobre la tauromaquia de los pueblos, tan arraigada y de carácter mayoritario en nuestro país, la cual no sólo merece sino exige ser conservada como parte esencial de nuestro patrimonio cultural inmaterial.
Por Antonio Rivera Rodríguez.
Publicado en El Heraldo de México





Deja un comentario