Morante, Talavante y Rufo provocan un tsunami (exagerado) de trofeos en Palencia.

Por César Mata.

Está el toreo desbocado. Galopa sin riendas. Pero nadie llega lejos cuándo no se sabe a dónde se quiere ir. El triunfalismo por el triunfalismo es una maravillosa escuela de vulgaridad. Una pérdida de referencias. Y de criterios. Y de cánones. Desde los medios de comunicación especializados en materia taurina se presiona sin piedad a los presidentes. Y muchos sucumben. Ya saben: el presidente roba una oreja a no sé quién… Pues qué raro, sobre todo cuando el usía es policía. De momento, en esos ámbitos, no se conoce un titular al estilo de: A fulanito le regalan una oreja. Que es más habitual.

Así, este martes, en Palencia, a Morante de la Puebla se le premió con dos orejas tras una faena que era de una, incluso conforme los criterios del público de aluvión. Ese espectador ocasional. Si así se pretende confirmar que Morante es el mejor torero de la historia, pues flaco favor. Casi una humillación. Eso sí, nada más agarrar las dos ‘pelúas’ se deshizo rápidamente de una. Recuerdo, no hace demasiado, cuando los toreros con orgullo arrojaban bajo el estribo de la barrera los trofeos que sabían que no le correspondían.

El doble regalo auricular se derivó de la faena al primero bis, ya que el titular no se tenía en pie. El palco se lo pensó, hasta que su acompañante de la izquierda le pasó el pañuelo verde. Colaboración ciudadana.

La tarea del sevillano tuvo un tono menor. Levedad, pero no mediocridad. No confundan, por favor. El animal nuñezcuvillo estaba para pocas exigencias, y Morante le aplicó un protocolo de suavidad a media altura. Los tendidos, así fue toda la tarde, estaban muy receptivos, y tras la estocada, defectuosa, los pañuelos (más bien unos cartones para su uso como abanico) provocaban un efecto de marea espumosa. El presidente, al único que compete (¿) otorgar el segundo apéndice, claudicó. Dos orejas y, claro, un agravio comparativo para lo que quedaba de tarde. Los toros, la biología es la biología, solo tienen dos orejas. Eso sí, también tienen rabo.

Con el colorado ojo de perdiz, lidiado en cuarto lugar, Morante se mostró garboso, con un recibo por chicuelinas. Genuflexo, gustándose, inició la fase (que no faena) de muleta, para sacarlo hasta un terreno entre el tercio y los medios. Embestía dócil el animal, pero no admitía pases de largo trayecto. Así que el de la Puebla, intuitivo, le fue recetando pases de formato reducido, con empaque. Tras la estocada caída, cosechó una cariñosa oreja.

Talavante, muy centrado toda la tarde, se mostró variado y vistoso en sus lances capoteros iniciales al estrecho de sienes, algo avacado, que salió por la puerta de chiqueros como primero de su lote. Un puyazo medido y cambio de tercio. Sin obligarlo en exceso, el pacense lo fue convenciendo para que siguiera con disciplina la muleta. Ni le sobraban fuerzas ni capacidad de humillar al animal, y la faena, sin grandes profundidades, la diseño con una equilibrada y rítmica partitura. Y cuando tuvo que mostrar el torero su dominio, lo hizo ya en la distancia corta. Firme. Con un desplante final, arrojando la muleta tras de sí, que provocó el delirio en los tendidos. La estocada, arriba y fulminante. Dos orejas, sólo dos orejas, que en comparación con las anteriores eran un trato inicuo. Y en realidad un premio no excesivo, ni tampoco cicatero.

Con otro estoconazo finiquitó Talavante al quinto. No fue un toro notable, pero sí de nobleza aristocrática. El epílogo, de arrimón, permitió crear la inercia (que no solo se da en los desplazamientos de los toros) para que revalidara el diestro un nuevo premio por duplicado. La tarde estaba desatada, y los tsunamis de pañuelos y cartones imparables.

Entregado y valiente, Tomás Rufo, que se arrimó y se pasó las astas a milímetros de sus muslos, triunfó con rotundidad. Dos orejas y dos orejas. Ante el excelente (pero no indultable) tercero, ceñido con el capote, inmóvil y enhiesto, embraguetado con la muleta, desarrolló la faena más compacta de la tarde. El palco le perdonó al menos un par de avisos, pero es que el joven coletudo andaba simulando el paripé de si mato o no mato. Templado y con mano baja, y también encajado entre los pitones, Rufo demostró hambre de triunfo. Y una inteligencia emocional de elevado cociente. Mató bajo, pero él sabía que las dos orejas iban a llegar hasta sus manos. Y así fue. Al toro, eso sí, se le premió con la vuelta el ruedo. Lo del indulto mostró que la bravura no está de moda. Ni muchos saben en qué consiste.

Ante el manso sexto, firme y encajado entre los pitones, lo despenó de estocada. Y, ya saben. Otras dos orejas. Igual que la vanidad desarma al receptor del piropo, la prodigalidad de los palcos rebaja la calidad de lo que acontece en los ruedos.

Publicado en El Norte de Castilla


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