El joven salmantino cortó tres orejas, al igual que el peruano Roca Rey.
Por César Mata.
Marco Pérez lo tiene claro. Sabe cuáles son sus bazas, y en qué plazas jugarlas del modo más rentable. Pese a su insolente juventud conoce bien las piezas y el tablero del toreo. Incluso, precozmente, le han sido desvelados algunos misterios que muchos matadores conocen en una avanzada madurez. Misterios y atajos. Siempre legítimos, aunque no siempre vinculados con la esencia del toreo. O de lo que debería ser el toreo. La tentación del efectismo vive demasiado cerca como para no recurrir a ella y no sucumbir ante sus encantos.
Antes o después, igual que algunos toreros, no tan lejanos, como José Miguel Arroyo ‘Joselito’ o Julián López ‘El Juli’ deberá, en la encrucijada, elegir su camino. O abandonar todo aquello que es superfluo respecto de la lidia canónica del toro o abandonarse a los complementos efectistas. Joselito y El Juli, salvo en muy contadas y excepcionales ocasiones, dejaron de banderillear y mostraron su voluntad firme de alcanzar la cima de la tauromaquia (la del escalafón es menos importante, por ser una cuestión tan solo numérica) por la vía de las suertes fundamentales.
El salmantino, que impactó en los tendidos de un modo brutal, mostró, ante todo, un afán de triunfo descomunal. Como un torbellino, en la tarde en la que hacía su presentación en Campos Góticos, se forjó la idea inamovible de salir a hombros. Por lo civil o por lo militar. Su faena al tercero de la tarde fue un constante ejercicio de fogonazos emocionales: recibo (soltando el capote en legítima defensa) a portagayola, largas cambiadas de rodillas, de hinojos también en el comienzo con la muleta.
Llegado el momento del verdadero núcleo, ese nexo que conecta actitud y profundidad en cada pase, algo producía una sutil distorsión. El temple, el sosiego, el pase con los pies asentados, el pasarse el toro cerca… Todo eso no se hacía evidente, al menos no con la intensidad que había provocado con los otros, esos otros argumentos.
Al tercero, digo, cuya lidia remató con un arrimón en el que casi resulta cogido hasta en tres ocasiones, lo mató de estocada atravesada. El palco no se atrevió a intentar parar la riada de pañuelos y cartones (hábilmente repartidos, igual que en otras plazas, con intenciones muy diversas se reparten dípticos verdes…) y el espada vio como estrenaba su historial en el coso palentino con dos trofeos.
En el que cerraba plaza, y abono, curiosamente, tan sólo cosechó un apéndice. Buen toro, con más motor y energía que los anteriores, Pérez lo toreó con menos artificio, con buen sentido del temple y ligazón. Cierto que la estocada no fue perfecta, pero la calidad de su toreo no causó el mismo impacto en los tendidos. Difícil abandonar las tentaciones y los atajos. Aunque hay plazas donde no se admiten las periferias.
El contraste entre el peruano Roca Rey y Marco Pérez permite obtener conclusiones diversas. Didácticas. El limeño no fue tan niño prodigio como el de la Sierra de Francia, pero existe un catálogo de recursos al que ambos están suscritos. Renunciar a ellos quizá supone abandonar su verdadera personalidad, así que no tienen por qué hacerlo y seguramente su cuenta corriente se resistirá. Además, como las cláusulas abusivas de las hipotecas, permiten, en la concesión de trofeos, un redondeo al alza.
Las dos orejas que cortó Roca Rey al segundo de la tarde se le adjudicaron, ya como medida cautelar, cuando después de unas tandas de muletazos de mérito, curvos y templados, que fueron recibidos con indiferencia por los tendidos, el peruano, en un desplante postrero soló la muleta y dejó su anatomía, estática, frente a la testuz de su oponente. Llegó el delirio. Saquen ustedes mismos las conclusiones.
Ante el quinto, que no tenía mala condición pero que exhibía una debilidad clamorosa, hizo un alarde, desproporcionado, de poder y valor en un arrimón reincidente. El animal ya se sentía derrotado, y no resultaba necesario desmerecer su lánguida condición. El palco, en un alarde temerario, concedió una única oreja. El usía mostraba su dedo índice de la mano derecha al alguacilillo. Quien, igual que las cuadrillas, no salía de su asombro. Alguien les había soplado que desde ese palco era tradición concederlas de dos en dos.
Manzanares, con el peor lote, se mostró sobrio y digno. Ni efectismos ni abandonar la propia personalidad.
Publicado en El Norte de Castilla





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