Ortega y Morante convocan el genio y el tiempo de Goya.

Las corridas de época celebradas en Ronda y en Aranjuez predisponen la plenitud de la tauromaquia más sensible y rotunda.

Por Rubén Amón.

No tenía demasiado sentido que la corrida del Motín de Aranjuez empezara con los honores de la música francesa -la obertura de “Carmen”-pero tampoco era costumbre jalear por bulerías a los toreros coetáneos de Goya. Y eso fue lo que hicieron los aficionados del municipio madrileño para reconocer la plenitud de Morante, la hondura de sus faenas, la tauromaquia sobria e introspectiva.

La contradicción resultaba más hermosa que el purismo. Bizet invadía con su españolismo imaginario una plaza que Carlos IV mandó construir en 1797, mientras las palmas flamencas despedían a un torero vestido de gris perla y negro que acababa de recordar que la tauromaquia posee una memoria anterior a sus reglamentos.

Morante cortó tres orejas a los toros de Núñez del Cuvillo, pero la estadística apenas sirve para reconstruir la conmoción. Importó más la manera en que ralentizó el tiempo. Y cómo recuperó incluso la regiomontana de Eloy Cavazos, como si la arqueología del toreo pudiera practicarse sin vitrinas.

Tiene sentido vestirse de Goya en Aranjuez porque Goya todavía cabe en Aranjuez. La plaza pertenece al paisaje físico y sentimental de la época que se pretende evocar. Allí el disfraz deja de ser disfraz. El Motín de 1808 ocurrió muy cerca, Godoy aún parece susceptible de ser depuesto otra vez y el coso conserva una antigüedad que vuelve verosímil el juego de los anacronismos. Las colchas de época en los balconcillos no decoraban la función. Completaron la dramaturgia.

Sucede algo parecido, y todavía más radical, en Ronda. La Goyesca reviste allí una patente moral. No porque Goya naciera rondeño, naturalmente, sino porque Pedro Romero convirtió Ronda en una de las capitales fundacionales del toreo moderno y porque Antonio Ordóñez comprendió después que aquella herencia podía transformarse en ceremonia.

La primera corrida goyesca se formalizó en 1954, coincidiendo con el bicentenario del nacimiento de Pedro Romero. Antonio Bienvenida, César Girón y Cayetano Ordóñez hicieron el paseíllo. La segunda llegó en 1957 y ya empezó entonces el largo magisterio de Antonio Ordóñez sobre una fiesta que terminó convirtiéndose en el acontecimiento más carismático de la temporada.

Por eso tenía tanta importancia la reapertura de este año. La plaza llevaba dos temporadas cerrada por las obras de consolidación y volvió a llenarse hasta el “no hay billetes”. No se reabría únicamente un edificio. Regresaba una liturgia. Y Juan Ortega pareció haber entendido mejor que nadie la responsabilidad de comparecer en ella.

Su vestido goyesco de terciopelo corinto merecería figurar en la crónica aunque Ortega no hubiera cortado tres orejas. No fue una ocurrencia de sastrería ni una concesión al folclore. El torero había dedicado meses a investigar la obra de Goya y a estudiar piezas originales en el Museo del Traje.

Participaron siete artesanos. Salvador Aguilar trazó el diseño inicial y Santos García lo llevó a la tela. La madroñera recordaba a Pedro Romero. El contraste entre la faja celeste y la chaquetilla corinto remitía a un retrato de José Romero pintado por Goya. Hasta se rechazó el terciopelo sintético porque habría traicionado la seriedad del empeño.

Y luego Ortega toreó como iba vestido. De seda, de terciopelo. No siempre sucede. El peligro de las corridas goyescas consiste precisamente en que la indumentaria suplante al toreo, en que la postal se coma al acontecimiento. Ortega justificó el traje con su actuación, hasta el punto de somatizarlo. Hubo verónicas templadas y un galleo por chicuelinas de una torería antigua. La faena al séptimo acabó de levantar la tarde y de procurar en los tendidos una euforia justificada. Por la inspiración y el temple. Por la inverosímil despaciosidad. La ropa dejó de reclamar atención porque el torero la había convertido en una segunda piel.

Esa es quizá la diferencia entre una goyesca verdadera y las muchas goyescas de franquicia que han proliferado por España. Goya no puede convertirse en un proveedor nacional de disfraces. La estética del XVIII exige una geografía que la sostenga y una plaza que no contradiga el relato. También exige que el torero se tome en serio la ficción histórica. De otro modo aparece el parque temático, con el madroño reglamentario y la utilería de guardarropía.

Daba gusto ver a Manzanares evocar el linaje paterno y ordoñista en Ronda, como tenía sentido aplaudir el magisterio a caballo de Diego Ventura, aunque el juego desigual de los ejemplares de Garcigrande limitaron la brillantez de Morante a los lances de recibo al quinto.

Los repitió con donosura al día siguiente en Aranjuez. Y aprovechó el mejor lote para reivindicar su jerarquía y sus galones en presencia de Juan Ortega y Aguado, resignados ambos a los detalles, pero reconocidos y reconocibles en la cuestión sucesora.

Ronda y Aranjuez se libran de la impostura porque sus plazas recuerdan. La de Aranjuez vio los primeros festejos cuando todavía gobernaba Carlos IV. La de Ronda ha construido alrededor de Pedro Romero y de los Ordóñez una genealogía que pertenece al toreo tanto como su propia arquitectura. Son escenarios donde el pasado no necesita decorado porque ya estaba allí antes de que llegaran los toreros.

Y tal vez por eso las dos corridas de este fin de semana han resultado complementarias. Ronda recuperó la solemnidad del rito con Ortega como exquisito oficiante. Aranjuez encontró a Morante en uno de esos estados de gracia en los que el torero no interpreta la historia, sino que parece recordar algo que nunca vivió. Las bulerías finales fueron una licencia. También una revelación. La tradición permanece viva precisamente porque todavía puede permitirse semejante insolencia.

Publicado en El Confidencial


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