Por Zabala de la Serna.
Cerca de las nueve de la noche, balanceaban a Diego Urdiales por la moderna puerta grande de La Ribera sobre la estela antigua de su toreo. Urdiales lo inmortalizó con un toro prodigioso de Domingo Hernández. A su rebufo se espoleó Alejandro Talavante con otro notable ejemplar de Concha Hernández. Y allí, en esta tarde memorable, siguiendo la huella del maestro de Arnedo, dejó una senda de esperanza Fabio Jiménez con la importante bravura de La Ventana del Puerto. El campo charro sacó nota y pecho en una corrida concurso que apostaba por las ganaderías de aquella tierra.
Diego Urdiales se abandonó de cuerpo y alma, soltó su izquierda y borró la ausencia de Morante de la Puebla. Acabó con el cuadro [también con el de las luces, sin coña] y provocó un éxtasis extraordinario. Diego había ahondado en la verónica, asombrosamente dibujada en el saludo, hecha escultura en un quite sideral. Ese modo de hundirse en el lance y con el toro, con el lance y en el toro, tan despacio el compás, sublimó la verónica a su verdadera esencia [Vera Icon]. Una locura que anunciaba lo que habría de venir. Ya pregonaba su clase especial y un talento descomunal en todo el toro de Domingo Hernández, una pintura además. Urdiales inmortalizó también su nombre: Gijarrito, número 66, cuarto de la tarde gozosa.

Cuando principió Urdiales la faena, con toda su torería al paso, los focos se fundieron, extendiendo la penumbra. La sauna quedó a oscuras. La luz emanaba de abajo, la luz del toreo, la luz de Diego Urdiales. Relajado, yéndose con la embestida en su derecha, alcanzó los sueños de niño con su izquierda. Así el palillo como si se le fuera a caer -apenas sostenido en la punta de los dedos- y jugaba con su muñeca a traerse la embestida, a fundirse con ella y soltarla por debajo, allí detrás, adquiriendo una profundidad de hombre. Los oles más roncos del mundo y algunos lagrimones rodaban por los tendidos.
Diego miró hacia arriba con esa expresión suya de crío que no se cree lo que acaba de hacer. Las últimas series pararon la rotación de la tierra. Aquella belleza esferoidal merecía un final a la altura, el triunfo rotundo que fue tras la estocada trasera. No se lo pensó el presidente Guzmán, tan rácano el día anterior, y asomó los dos pañuelos. La Ribera lo celebró con una explosión de júbilo que olvidó los tibios albores con toro de Garcigrande, de pobre cara y rico pitón derecho. Por el izquierdo, además de sangrar, se metía por dentro. Urdiales se atascó con la espada (silencio).
La corrida concurso de ganaderías parecía pensada para Salamanca -qué exhibición de bravura y qué desigual presentación- con todos los hierros charros a excepción de Alcurrucén. Cuando devolvieron al zambombo de los Lozano entre estruendosas protestas por su mansedumbre -espero que el presidente no asomara el pañuelo verde por este motivo-, quedó un panorama absolutamente salmantino. Alejandro Talavante corrió turno y se echó el toro de García Jiménez (Matilla) en lugar del sobrero de Domingo Hernández. Talavante, inhibido, parecía contento con la devolución.
Luego, cuando saltó el corpulento toro de Matilla preñado de nervio -lo anunciaba su afilada carita- siguió inhibido, abreviando con un golletazo (leves pitos). Anda que no sabía Alejandro lo que había dentro: el sobrero, un dije, desarrolló un son de categoría especial. Sin el talento del otro de Domingo pero con un ritmo soberbio. Tala, muy espoleado, listo y templado, se recreó. A placer por las dos manos -pero el embroque de Urdiales había envenenado el toreo-, tocó todos los palos. La gente entró tanto que, cuando mató de pinchazo y estocada rinconera, incluso le pidieron las dos orejas. Que no podían ser (oreja y fuerte petición).
Fabio Jiménez despertó ilusiones con un toro de La Ventana, cinqueño pasado, muy serio de trapío y comportamiento, de notable bravura y sobresaliente pitón izquierdo. Fabio tiene el concepto, la idea, pero faltó el rodaje del que carece. Y aun así dibujó no pocos naturales de mucha clase cuando más enganchó la embestida y lo llevó más toreado, para soltarlo donde debía. Tiene cosas muy buenas. Cortó una oreja que le debe servir de acicate. Huracán fue premiado como el toro más completo. A últimas se impuso la discreción con el voluminoso y manejable toro de Carmen Lorenzo (silencio).
Plaza de La Ribera. Martes, 22 de septiembre de 2026. Tercera de feria. Corrida concurso. Tres cuartos de entrada. Toros de diferentes ganaderías: Garcigrande, feo y simplón de cara, de notable pitón derecho; García Jiménez, corpulento y sin cara, geniudo; La Ventana del Puerto, serio y de importante y seria bravura; Domingo Hernández, una pintura, de clase descomunal y talento; y un sobrero también de Domingo Hernández (5º), un dije de categoría; Carmen Lorenzo, voluminoso y manejable.
Diego Urdiales, de verde hoja y oro. Tres pinchazos y estocada (silencio); dos estocada trasera y atravesada (dos orejas). Salió a hombros.
Alejandro Talavante, de rioja y oro. Golletazo (leves pitos); pinchazo y estocada rinconera (oreja y fuerte petición).
Fabio Jiménez, de verde botella y oro. Pinchazo y estocada suelta (oreja); estocada suelta y varios descabellos. Aviso (silencio).




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