Decía el Papa Negro que los toros con sol y moscas. Esto lo diría pues nunca habría estado en los toros en una tarde tan calurosa como la de ayer. De haber estado, seguro, habría escuchado al arquitecto cubano que le proponía cubrir las plazas y no lo habría echado de su casa de la calle General Mola de Madrid con gesto destemplado. ¡Que calor, dios mío, qué calor!
Volvía a la Maestranza la ganadería del Puerto de San Lorenzo. Era la posibilidad de ver los toros del encaste Atanasio, el principal aliciente de la corrida de ayer. No entendí, no obstante, aunque pertenezcan a la misma casa ganadera, que la corrida se completase con tres toros de la Ventana del Puerto, puro Juan Pedro a través de Aldeanueva, un encaste totalmente distinto al del inolvidable genio de Campocerrado.
Aunque de diferentes encastes la corrida, correcta de presentación, fue pareja en el juego. Abanta de salida, con querencia a chiqueros, mansa y descastada, con una acusada flojedad en el último tercio, con excepción del quinto, quizás el toro más manso y aquerenciado en los primeros tercios que, sin embargo, embistió en la muleta.
Se llenó la plaza. ¡Qué lejos quedan ya aquellos San Miguel con apenas un cuarto de plaza para ver al líder del escalafón y dos toreros muy del gusto de esta plaza! Los tres, sin embargo, muy vistos, no representaban novedad alguna ni, en mi opinión, tenían interés en este momento para el aficionado. Quizás el hecho de que a uno lo apodere el empresario de Madrid, a otro la casa Matilla y al tercero la propia empresa de la Maestranza justifique este cartel, con poco interés para el aficionado, y explique por qué matadores con más de treinta años de alternativa siguen, siguen y siguen.
Manzanares, igual que un empleado va todas las mañanas a su escritorio, volvió a torear en la Maestranza y, como era previsible, no pasó nada. Esta vez, es verdad, no le ayudó en nada el lote que le tocó en suerte, pero uno tiene la sensación de que tampoco hubiese pasado nada con otro lote.
En el primero, un toro de boyante embestida que perdía continuamente las manos, poco pudo hacer más allá de unas elegantes verónicas y, cuando el toro se mantenía en pie, algún templado natural siempre muy despegado. En el toreo, igual que con las mujeres, hay que arrejuntarse. Mató de media estocada. En su segundo, otro toro manso de cortas embestidas, con la muleta atrás, toreando por fuera, aprovechó las cortas embestidas del morlaco, en una faena anodina, que remató con una efectiva estocada al relance que cayó desprendida.
Alejandro Talavante tuvo el mejor lote de la corrida. En el primero, un toro noble pero, como todos los hermanos aquerenciados en tablas, inicia la faena en la segunda raya erguido con un estatuario ligado a un trincherazo para continuar con ayudados por bajo y alto rematados con un molinete ligado a uno de pecho. Continúa con derechazos hondos ajustados a la boyante embestida del toro. Parece que puede haber faena.
Coge la izquierda, la mano que le ha hecho figura, pero el toro se raja y se va a las tablas. Inteligente el matador no lo intenta sacar sino que aprovecha la querencia del toro, sus terrenos, para dar una vibrante serie con la izquierda antes de matar al toro de una estocada al encuentro en la suerte natural. El público pide y la presidencia otorga una oreja, posiblemente merecida, sin más.
Su segundo fue quizás el toro que de salida mostró más querencia a chiqueros y una acusada mansedumbre y, como es habitual en muchos mansos, rompió a embestir en la muleta. Inicia la faena Talavante en el tercio, en los terrenos del toro, con la derecha rodilla en tierra en una serie honda y vibrante para a continuación sacar al toro a la segunda raya y coger la izquierda. Fuera de sus terrenos, el toro se defendió mas no acabando el matador, entre enganchones y dudas, de acoplarse, optando por coger de nuevo la derecha en una serie iniciada con un pase cambiado atropellada y sin reposo. ¡Qué importante es asentar los pies en la arena! Fue jaleado por un público pueblerino para rematar, después de sonar un aviso, con una media lagartijera.
Juan Ortega no tuvo tampoco un lote muy apropiado. Nos deleitó, en el primero que le tocó en suerte, con un galleo por tijerillas colocando al toro en suerte muy templado. Fue lo mejor de la tarde. Poco más. La flojedad de ambos toros, perdiendo continuamente las manos, y la abulia de un torero, en exceso frío, hicieron que las faenas, sin alma, fueran anodinas, pasando sin pena ni gloria un torero que, si quisiera… ¡Ay, si Juan quisiera!
Salí de la plaza de toros acalorado tras una corrida anodina en la que lo más destacable fue el calor. ¡Qué calor, Dios mío, qué calor! No sé el calor que hará el año que viene pero tengo la absoluta seguridad que, haga calor o haga frío, corten o no corten orejas, los tres matadores estarán de nuevo anunciados la próxima primavera. Y así nos va.
Publicado en El Diario de Sevilla





Deja un comentario