Pablo Aguado rememoró aquel viernes de Feria de 2019 también con Jandilla, pero el descabello le impidió cortar la cuarta oreja. Emilio de Justo y Andrés Roca Rey salieron a una oreja por coleta.
Por Luis Carlos Peris.
Seises por bulerías, Sevilla toreando calle de La Mar abajo, las palomas del parque alborozadas y las campanas de la Giralda llenando de compás los cielos de la vieja Híspalis. Todo porque un torero nacido a la sombra de la Torre Fortissima ha dictado en el albero del Baratillo dos lecciones de sevillanía. Una sevillanía sin nada de barroquismo que la contamine, sino con esa pureza que nace de la naturalidad, que es el comportamiento habitual de un creador de arte con capote y muleta ante un animal salvaje.
Sólo el descabello se interpuso para que no se calcase lo ocurrido cierto 10 de mayo de antes de la pandemia. Toros de Jandilla, testificando Andrés Roca Rey y un artífice que se reencontraba con el de aquel día. Era viernes de Feria y sólo faltaba hoy Morante para repetir el cartel de aquel día, pero nos dimos de cara con el mismo torero que desorejaba a los dos toros de su lote por partida doble para darse de cara con el sueño de todo el que se viste de luces, salir en hombros por la puerta que da al Paseo de Colón, la anhelada Puerta del Príncipe.
Estábamos en la segunda cita sanmigueleña y se anunciaba ese ciclón andino que no parte peras con nadie y que sigue arrastrando a las masas rumbo a las taquillas. Abría terna Emilio de Justo, ese buen torero que anda por todas las ferias dando una lección de reciedumbre y autenticidad. Y todo pudo torcerse en el minuto uno, cuando el extremeño andaba en la tarea de fijar a Zaiteku, que así se llamaba el toro primero de la tarde. En esas estaba De Justo cuando el toro hizo hilo y bajo el estribo lo tuvo a su merced. No pasó nada, el torero se recompuso y tras dos pares buenísimos de Antonio Chacón y de brindarle a Aguado, le enjaretó una faena que tenía el cénit en la forma de ligar el natural con el de pecho. Lo mató a ley y le cortó una oreja. Con Zurrador, su segundo, lució en naturales de uno en uno, pero el toro duró poco y hubo de saludar tras la estocada.
Andrés Roca Rey estuvo en Andrés Roca Rey y con eso se aclaran las ideas. Birlador, su primero, sacó bandera blanca demasiado pronto y los deseos del andino se quedaron en eso, sólo deseos. Cuando sale el jabonero Campechano ya tiene Roca en la barriga las dos orejas de Aguado, ¿se me entiende o no? Para colmo, se ha lucido el sevillano en un quite. Afronta la pelea a bayoneta calada Andrés y todo apunta a lío gordo, uno de esos líos con los que el peruano va sembrando las plazas. De rodillas en los medios, el tsunami aparece, pero aunque el toro no colabora, Andrés se monta encima y tras una certera estocada le corta una oreja. Enseguida iba a irse de vacío.
…y Aguado, Pablo Aguado, un suceso. La redondez del toreo según Sevilla tanto con el alado capote como con esa muleta que tanto recuerda a Pepín. La cantidad de veces que habrá visto Pablo Currito de la Cruz con la faena de Pepín a un toro de Bohórquez en Las Ventas. Lo de Pablo con el negro Iniciado y con el castaño Peleador fue la quintaesencia del toreo que nos gusta a los que hemos nacido donde él. Qué trincherazos, cómo interpreta el kikirikí, cómo el cambio de mano y qué pena el descabello en el que cerró plaza, que le impidió igualar la conquista del primero.
Para colmo, hoy, Morante, silencio.
Publicado en Diario de Sevilla





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