Los toros gloriosos de Garcigrande y Núñez del Cuvillo caen en manos de un espléndido Aarón Palacio, que se atascó con la espada, y de Héctor Gutiérrez, que simplemente se atascó; a la postre, el maestro levantó monumentos al natural.
Por Zabala de la Serna.
El esperado regreso de Morante de la Puebla al abismo de Madrid acabó con la estela de una decepción cierta para regocijo de los reventadores. La mala suerte tiene algo de animal furtivo, y se alió con las voces agrias que enfriaron la tarde. El infortunio no hace ruido al llegar, pero deja huellas por todas partes. Y el infortunio de Morante fue la suerte de los otros. Los toros gloriosos de Garcigrande y Núñez del Cuvillo cayeron en las manos de Aarón Palacio y Héctor Gutiérrez: el descomunal Veraniego y el luminoso Lamparito, respectivamente. Palacio, espléndidamente resuelto, se atascó con la espada y Gutiérrez, simplemente, se atascó. Total que, a la postre, fue el maestro de la Puebla quien, asentado y responsable, con un toro medio, levantó monumentos al toreo sin final feliz. La felicidad fue para los saboteadores.
Morante de la Puebla había ocupado la misma habitación 219 del hotel Wellington donde, hace justo un año, a sus puertas, unos flamencos tocaban fandangos que sonaban como saetas. Dentro se oficiaba una ceremonia extraña de gentes que no sabían si reír o llorar, si felicitar al maestro o darle el pésame. El final de aquella histórica jornada del 12 de octubre de 2025 había acabado con la Puerta Grande más triste del mundo, el toreo huérfano, una retirada inesperada. Apenas fuimos “viudas de Morante” tres meses, afortunadamente. Algunos de quienes sintieron aquello como una estafa emocional todavía aguardaban emboscados este lunes su regreso a Madrid con un cierto rencor. Fueron minoritarias las voces disconformes, pero constantes, entre el clamor mayoritario de brazos abiertos para el hijo pródigo.
Trescientos sesenta y cinco días después, MdlP salía vestido de la 219 con un traje de estreno, un verde otoño y oro. Una joya crepuscular. Y así pisaba el temible escenario de la Monumental de Las Ventas. Una de las rayas del ruedo se había pintado de color negro; la otra, blanca, como homenaje a nuestra Ceuta invadida y abandonada. La megafonía anunció el homenaje de la Corrida de la Hispanidad a la ciudad ceutí, “a beneficio”, dijo la voz exactamente. Sonaron los himnos de Ceuta, de España, y varios recordatorios a Pedro Sánchez. Demasiada carga política, todo junto, para el toreo.
El raca-raca de los disconformes, siempre como runrún de fondo, enfrió la plaza como una sordina. Lo contrario de la jornada anterior, cuando sopló el aliento a favor de todo. Pero el juego a la contra no solo funcionó con Morante de la Puebla, aunque especialmente con él. Cobró fuerza el ruido de moscas cojoneras cuando a las 18.42 saltó al ruedo Rosito, de Núñez del Cuvillo, de expresión lavada, bien armado y conformado, pero no rematado. Lo que dieron en llamar anovillado. De tal modo que a Morante le gritaron “¡novillero!”. A Morante. El maestro se sobrepuso, asentado, muy centrado y responsable con aquella embestida que iniciaba bien pero no terminaba tan bien. Apostó en serio, ya con el cartucho de pólvora mojada gastado de Garcigrande —manso, acobardado y sin estilo su representante—, y se fue a los medios con el pistoletazo de salida de unos esculturales ayudados por alto. La torería al paso.
Solía topar el cuvillo por su pitón derecho, dándose mejor por el izquierdo. Los naturales brotaron inmensos, a cámara lenta, entrecortados por la falta de continuidad y ritmo del toro. Incluso a los rebeldes les costaba dinamitar aquella grandeza, opacados por el bramido de la gente normal. Pero hallaron la veta en los repetidos tropezones de la faena, pues el toro, ya digo, iniciaba mejor que terminaba. Qué matracón dieron festejando los enganchones, callando ante los naturales inalcanzables. La celebración del metisaca adquirió tintes canallas. Morante saludaría, finalmente, una ovación de reconocimiento.
A las 18:00 horas en punto, las mulillas arrastraban entre ovaciones a Veraniego, el toro de categoría excepcional de Garcigrande con el que Aarón Palacio había confirmado alternativa. Aarón también aplaudía viendo cómo con él se iba la gloria, perdida por la espada. Veraniego venía hecho de serias armonías —cortas las manos, generoso el cuello, perfecta la cara—, definidísimo desde el capote, desde las verónicas calmas de Palacio. Allá abajo colocaba la embestida. Traía la nueva bravura, esa que se coloca y gatea, pero que pide enganchar mucho. AP estuvo resuelto y sensacional en casi todo, especialmente por la mano derecha y no tanto por la más costosa izquierda, cuando, empeñado en la media distancia, no enganchaba del modo en que exigía el toro. La majestuosidad de los pases de pecho elevaba todas las series, provocando entusiasmos que se desbordaron en unos doblones superlativos, cuando Veraniego viajaba hasta el infinito por las dos manos… Aarón quiso aún otro cierre, con hermosas trincherillas, en lugar de encarar ya la espada con la plaza incendiada. Atacó el volapié yendo con todo al mismo tiempo, estoque y muleta. Y agarró hueso una y otra vez. Una pena. Veraniego fue arrastrado con toda su gloria dentro.
Pasado el turno aciago de Morante con el manso garcigrande, apareció Lamparito, de Cuvillo. No precisamente hermoso, pero se fue haciendo guapo conforme arrancó a embestir bien. El mexicano Héctor Gutiérrez principió llamativamente torero. Tanto, que advertí a compañeros de localidad que, como el resto de la plaza, no le hacían ni puñetero caso. Aquella serie de naturales merecía atención. Dicho esto, Gutiérrez se puso a piñón fijo en un tono plano, como despegado y aburrido —incluso pensé que se aburría el toro—. Quedé regular, siendo veraz la frialdad de una plaza que luego, cuando concluyó Morante, desconectó por completo. Héctor ya no levantó la losa con un basto quinto de Garcigrande y Aarón tampoco estuvo mal con un cinqueño —el único de los seis— de Cuvillo. Su aire pajuno lo interpretó Palacio como para haber obtenido más eco. Veinticuatro horas antes le hubieran escrito odas. Cosas de Madrid.
A las 20:35 Morante se desprendía de su vestido verde otoño y oro en la habitación 219 con su grandeza y su prestigio intactos.
MONUMENTAL DE LAS VENTAS. Lunes, 12 de octubre de 2026. Corrida de la Hispanidad. Lleno de “No hay billetes”. Toros de Garcigrande (1º, 2º y 5º) y Núñez del Cuvillo (3º, 4º y 6º, el único cinqueño); de diferentes hechuras y remates, serios por delante; extraordinario el 1º; notable el 3º; de mejor inicio que final el 4º; acobardado el 2º; deslucido el 5º; pajuno el 6º.
MORANTE DE LA PUEBLAS, DE VERDE OTOÑO Y ORO. Estocada habilidosa (silencio); metisaca y media estocada. Aviso (saludos).
HÉCTOR GUTIÉRREZ, DE BLANCO Y PLATA. Estocada delantera (leve petición y saludos); estocada rinconera (silencio).
AARÓN PALACIO, DE BLANCO Y ORO. Tres pinchazos y estocada. Aviso (saludos); estocada deprendida. Aviso (silencio).
Publicado en El Mundo
Foto: Arjona.





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