El Tendido 7 y sus cachorros, la ‘mafia’ que secuestra la voluntad de Las Ventas.

Por Borja Sánchez Trillo.

Lo que sucedió durante la Corrida del Día de la Hispanidad ni es nuevo ni nada que no se viera venir. Que un sector de la Monumental de Las Ventas fuera a reventar el regreso de Morante de la Puebla se sabía de lejos. No hace falta un escándalo mayúsculo. Bastan un pitido, un silbato, un vozarrón a destiempo, el raca-raca de fondo. La acción viaja con doble sentido, descentrar al torero y sacar al público de la corrida, enfriarlo. Tácticas profesionales, consignas predeterminadas. La Plaza de Toros de Madrid había vivido 24 horas antes una tarde apoteósica, en las antípodas, «apasionada y libre», titulé. Puse el acento en la libertad de creación y, también, de expresión: el público vibró a su antojo.

«El mano a mano entre Antonio Ferrera y Román levantó el telón con una ovación por su regreso con los adolfos como triunfadores de San Isidro, y esta fue la señal de la plaza estaba con los poros abiertos a las emociones, muy libre. No siempre es así», decía con temor profético. Ferrera planteó en sus dos faenas lo que requerían sus dos toros, para ir haciéndolos, el cite al hilo o a la pala , en sus líneas naturales, y nadie gritó «¡estás fuera!». Permitieron y alentaron la libertad del creador, un maestro. Fue ponerse Morante, que es el toreo mismo puesto en pie, y… «¡piiii!». Gozaron los enganchones, callaron los naturales inmortales, incluso un berrido a la hora de matar tentó a la suerte. Deseaban el fracaso.

Madrid vive su récord de abonados, un esplendor de afluencia de público y la peor educación taurina de la historia. El contrapeso de la vieja afición de sombra ha desaparecido. Así que los ultras gobiernan a sus anchas con sus métodos de extorsión. Ellos deciden lo que está bien y lo que está mal, y lo deciden por ti. A ellos les gusta mandar en Madrid, y la empresa Plaza 1 suele atender sus gustos. Más que fácil, que también, resulta muy barato. Tienen gustos muy malos. Ganaderías montaraces, toreros honestos y esforzados. Militan en el torismo, ese movimiento que tan cerca se pasa al animalismo porque deshumaniza la figura el torero.

Gastan un paladar rústico por una bravura antigua, antes de que se iniciase la evolución de 120 años que emprendió el poderoso Joselito el Gallo con la mirada fija en el toro que servía al concepto de Belmonte, aquel que emocionaba a los públicos. José tenía clara la hoja de ruta y mandaba en el campo bravo.

Gustan los radicales del toro decimonónico, pero exigen el toreo del siglo XXI. La suerte de varas es su bandera. Sus mentes viven abotargadas de tópicos. Un torero que se vaya al pitón contrario, así a pasitos laterales, les pone mil veces más cachondos que el torero que se queda en el sitio, el toreo ligado. No han leído las tesis de Pepe Alameda sobre el toreo cambiado o de expulsión.

Muyahidines de la integridad

Madrid y sus huestes siempre han preferido sacar toreros ganapanes -como decían los revisteros antiguos- para primero tirárselos a la cara a las figuras y, después, cuando ya no les sirven para su propósito, devorarlos. Si repasan el palmarés de triunfadores [toreros tapados] de la feria de San Isidro, sentirán escalofríos. La ganadería elegida también influye para que los reventadores decidan cargar las escopetas o guardarlas. Según donde sean recibidos a mantel puesto, cuenta. Los encastes minoritarios, y no digamos los hierros cárdenos, desembarcan con el riñón cubierto. Puedelidiar Adolfo Martín una rata con cara como el primero del otro día o un toro sacudido de carnes como el excelente sexto, que el novillo será el de Núñez del Cuvillo. Suelen también los muyahidines de la integridad presionar a presidentes -los hubo siempre teledirigidos- y equipos veterinarios.

Convirtieron las novilladas en corridas de toros, un despeñadero de chavales. Y si las novilladas son corridas de toros, ¿cómo debe ser el toro?: estratosférico. Y, a poder ser, feo. Cuanto más fealdad acumule, más puntos sube. Florito les agradeció su homenaje de despedida más o menos así: «Todo lo que he hecho, lo he hecho por vosotros».

La ‘kale borroka’

La voluntad de Las Ventas hace demasiados años que vive secuestrada por una pequeña mafia que decide cuándo reventar una corrida. Resultan muy predecibles. El sabotaje a Morante de la Puebla no es menos grave que el sufrido por Marco Pérez. Existe la premeditación y la alevosía, a falta de la nocturnidad. La crueldad exhibida con Marco en su confirmación de alternativa el pasado 3 de octubre no superó al escarnio de su encerrona en solitario del 30 de mayo de 2025. El foco de esta acritud se coloca en el Tendido 7, en el viejo núcleo del Rosco -ese labriego que dice que Morante no sabe torear con el capote- y cía., pero se ha visto superado por las nuevas camadas de cachorros de la kale borroka por los altos del «7» y también del «6», una zona preñada de saña y violencia verbal capaz de pegar a un abuelo. Había chavales aquella tarde de la encerrona de Marco, que con su misma edad chillaban con una ira asustante cuando se postraba una y otra vez a porta gayola. No importaba nada, ni las tremendas volteretas cobradas. La cuestión consistía en machacarlo. Como si fuera una figura.

Históricamente todas las grandes figuras del toreo han sido vilipendiadas por la Plaza de Toros de Madrid, donde gusta un tieso más que a un tonto una tiza. A Marco Pérez no le han dicho nada que antes no le hayan dicho al maestro Pedro Gutiérrez Moya, «El Niño de la Capea», a quien recuerdo a bote pronto por el mismo origen salmantino. Aquellas campañas que emprendía la Andanada del 8, germen del Tendido 7, orquestadas por Alfonso Navalón. El hostigamiento venteño lo conocieron a fondo, en tiempos modernos, José María Manzanares padre, Juan Antonio Ruiz «Espartaco», Paco Ojeda, Enrique Ponce, Julián López «El Juli», Roca Rey… Todos figurones. Si observan con detenimiento, la inquina antimorantista nace cuando pisa recientemente el terreno del poder. Y ahí habita ahora Morante de la Puebla, uno de los toreros más grandes de la historia, si no el más grande. Ese al que chillaban «¡novillero!».

Publicado en El Mundo


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